La lotería

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Lo que no compra el dinero es lo más valioso.

—¡Don Antonio, abra la puerta, que creo que se ha sacado la primitiva!

Cuando sentí que golpeaban la puerta con tanta fuerza, pensé que era para ejecutar la orden de desahucio que me habían notificado la semana anterior. Llevaba meses sin poder pagar la hipoteca. Sabía que el banco no tardaría en llamar a la puerta. Lo decía el director de la sucursal negándome el saludo y la joven de la ventanilla con una sonrisa compasiva. La pensión no me llegaba y no tenía ayudas.

Aquella mañana había salido a pasear al parque del pueblo. Más que un parque, es una arboleda desordenada y descuidada con bancos, farolas y viejos solitarios castigados por el tiempo. Muy pocas veces había comprado lotería en mi vida. Sin embargo, a la vuelta del paseo, cuando el sol apenas calentaba y empezaba a despedirse, me encontré con Jaime “el lotero”.

—¡Señoras, señores! hacerse rico cuesta un euro, ¡UN E-U-RO! —dijo dirigiéndose al único viejo que quedaba en el parque.

—Pero, Jaime, ya sabes que no tengo nada.

—Es que tengo una corazonada, don Antonio. Hágame caso.

—Ay, Jaime, tú y tus corazonadas, ¿no será la misma que tenías ayer con la señora de la panadería?

—Sí, pero esta es diferente. Algo me lo dice en mi interior —dijo sacudiendo el comprobante de la apuesta.

—¿Y por qué no te quedas con ella?

—No funciona así. La apuesta es ganadora solo si es usted quien la compra.

—Pues debe decirle a ese “algo”, que debe haberse equivocado, porque no llevo un duro encima.

—No se lo tome a cachondeo. Si le parece bien, podemos hacer un trato: usted se lleva la apuesta, es doble, solo son dos euros, y me la paga mañana cuando vuelva al parque.

—Me imagino que su “algo” no admite una apuesta de un euro.

—No, señor, no funciona así.

Sin más excusas que poner, cuando me di cuenta, ya tenía la apuesta en mi mano. «Dos euros tirados a la basura», pensé mientras volvía a casa.

Solo habían pasado dos horas y allí estaba Jaime, aporreando la puerta.

—¡Qué golpes son esos! ¿Qué pasa, Jaime?

—Por favor señor, déjeme comprobar su apuesta… Ve usted, Lo sabía, tiene los seis números. ¡Son más de cinco millones! ¡Cinco millones! —dijo con voz temblorosa y ojos brillantes —Guarde bien el comprobante y cóbrelo en cuanto pueda, y no olvide que me debe dos euros.

Entré en casa sin saber qué hacer y llamé a mis hijos. Hacía tanto tiempo que no hablaba con ellos, que casi no recordaba sus voces. Los dos estarían muy ocupados. Javier, el mayor, con alumnos, tutorías, exámenes y correcciones. Laura con sus analíticas, turnos de urgencia y cursos de reciclaje.

—Javier, he intentado llamar a tu hermana pero no lo coge. Me he sacado…

—El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

—¿Javier? ¿Javier?

«Ya me llamarán cuando puedan», pensé. Esa noche cerré la puerta con llave. Creo que fue la primera vez desde que me había mudado a este pueblo. Metí el comprobante de la apuesta en el segundo cajón de la cómoda, debajo de unas camisas. Estuve dando vueltas al salón. Pensaba en qué haría al día siguiente. Me fui al dormitorio pasadas las diez. Puse mi bastón junto a la cama. Dejé las luces encendidas y pensé en volver a llamar a mis hijos. Lo hice, pero ninguno respondió. También por primera vez, me olvidé de tomar la medicación. “¿Te has tomado las pastillas?”, decía Amparo, mi mujer. Todas las noches sigo escuchando su voz antes de apagar la luz. Todas menos esa, la noche de la lotería. Me desperté durante la madrugada oyendo cómo forzaban la cerradura de la puerta. Me levanté asustado, intenté llegar al teléfono. Pisé el bastón y me caí. Perdí el conocimiento.

—¡Despierte, don Antonio! ¿Está bien? —dijo Jaime “el lotero” —No se mueva.

Y volví a perder el conocimiento.

—¿Me escucha, señor? Tranquilo, no se asuste.

—¿Dónde estoy?

—En el hospital, pero está bien. Ha sufrido una subida de tensión y se ha caído.

—¿Y mis hijos?

—Tranquilo —dijo Jaime —. Aquí tiene su comprobante. Pensé que estaría más tranquilo llevándolo encima

—¿Cómo lo encontraste?

—Otra corazonada, don Antonio.

Un tiempo después, Jaime me contó que le extrañó no saber nada de mí dos días después de sacarme la lotería. La policía le preguntó si me había ido del pueblo. “Conociéndolo como lo conozco, no creo que se haya ido, no creo”, le dijo Jaime. Intentaron hablar con mis hijos pero no lo lograron. Luego estuvieron preguntando por el pueblo si me habían visto. Como nadie sabía nada, Jaime vino a mi casa y estuvo durante más de una hora tocando en puertas y ventanas. Cuando se cansó, llamó a un cerrajero y le pagó el servicio. Entró y me encontró tumbado en el suelo, en medio de un charco de sangre. “Casi me muero del susto”, decía Jaime mientras me lo contaba. Parece ser que cuando oí la cerradura, me intenté levantar y me caí junto a la cama. Me abrí una brecha en el codo y otra en la ceja. Cuando entró Jaime, la sangre aún estaba fresca. Me llevaron al hospital. Estuve un día sin conocimiento y otros dos en observación.

—Vaya susto me ha dado, don Antonio —dijo Jaime.

—Muchas gracias, Jaime. Si no fuera por usted… Le debo la vida.

—La vida y dos euros, que no me olvido —dijo Jaime sonriendo.

—La vida de un viejo no vale mucho, pero me gustaría agradecérselo.

—No, don Antonio, que ya sé dónde quiere ir a parar.

—Cállese y déjeme hablar, por favor.

—Pero…

—¿Cuánto era? ¿Cinco millones? —le pregunté.

—Sí, un poco más, pero hay que quitar la parte de hacienda.

—Está bien. Le dejaré un millón a cada uno de mis hijos. A usted le daré otro millón y no me podrá decir que no.

—Don Antonio, tengo que decirle algo.

—Dígame, pero ese millón tiene que cogerlo.

—Cuando estábamos buscándole, fui a la policía. Intentamos llamar a sus hijos.

—¿Cómo están? Me imagino que ocupados, como siempre. Laura no para de trabajar. Es enfermera. Coge todos los turnos que puede. Quiere pagar el piso cuanto antes. Dicen que es muy cariñosa con los pacientes. Yo siempre le dije que si no, tenía que cambiar de trabajo o meterse en una oficina. Y Javier… Javier tiene los ojos de su madre. Tiene que conocerlo. Es maestro en un colegio de Madrid, ¿sabe usted? Todos los niños lo quieren con locura.

—Don Antonio, no sé cómo decirle esto… Sus hijos están muertos. Fallecieron hace dos años, en el mismo accidente que su mujer.

—Eso les digo yo, que para qué trabajan tanto. Si cuando te vas al otro lado, te vas con lo puesto.

FIN

GRR_

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