La novatada del Arcángel

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Esas alas de plástico servían para volar, o al menos eso le habían asegurado al pobre querubín. Rápido, ayudadme a ponérmelas, dijo mirando hacia el abismo.

Como yo en mi primer día, estaba ansioso por surcar El Cielo. Era tal su confianza, que tuvo que caer hasta La Tierra para darse cuenta de su ingenuidad. Era solo una broma, dijo el arcángel riendo. El querubín aprendió que pasarían siglos antes de que le crecieran las alas.

—Más abajo caerás tú —dijo Dios —Esta vez te has pasado, Lucifer.

— ¡Jódete, Lu! —dije recordando mi caída.

—Nada de tacos, Simikiel —dijo Dios sonriendo —. Por muy veterano que seas.

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