La parroquia endemoniada

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El «Comandante» era un bar tan pequeño que casi no existía. Una puerta de madera de muy mal envejecer lo separaba del mundo por el día. Nunca tuvo espacio para mesas ni sillas y el paso del tiempo, rítmico y despiadado, había convertido la cocina en un recoveco sin luz ni provecho. Había tan poca ventilación, que el aire peleaba con los clientes por el espacio. Los más viejos decían que aún podían percibir el aroma del ron con el que se brindó el día de la inauguración. La barra era una mole de roble que lo atravesaba de lado a lado. Estaba tallada con delicadeza y precisión por el maestro Gallardo, un ebanista muy respetado en el pueblo. En el centro de la talla destacaba el rostro de Che Guevara. El roce de codos y caderas de varias generaciones de bebedores, había conseguido darle a la madera un aspecto que invitaba a acercarse y pedir una copa. En una de las esquinas del bar había un espacio reservado, el rincón de Benito «el cojo». Benito era uno de los clientes más fieles y veteranos. Su pierna izquierda le susurraba cada día que debía traer una banqueta para sentarse y así lo hacía; nunca se le olvidaba devolverla al cuarto de baño de su casa. En la última noche del «Comandante», Benito, como de costumbre, se había dormido en su rincón. En uno de los pocos silencios que se colaron aquella velada, se despertó agitado, se levantó de un salto, se arrastró hasta la barra y balbuceó:

—¡Párroco, parroquianos, me voy a la puta calle! —y salió del bar tambaleándose. Las borracheras, más que disimular su cojera, la realzaba. Recordaba un velero escorado por viento racheado de estribor. Cuando llegaba a la puerta, levantaba el brazo para despedirse y desequilibraba aún más si cabía su centro de gravedad. Todos observábamos la maniobra, e intentábamos descubrir el misterio que le permitía mantenerse en pie.

El bar era conocido como la «parroquia». A los que la visitábamos cada noche, nos conocían como «parroquianos». Álvaro, además de propietario, era el «párroco». Hijo y nieto de comunistas, la única forma que encontramos de que aceptara el «cargo», fue con una apuesta. Todos recordábamos aquella noche, pero la memoria de Benito «el cojo» retenía una visión muy distinta de los hechos.

—¡Que no me llamen párroco, coño! —dijo Álvaro una noche más.

—Pero, Álvaro, si estamos en la «parroquia» y somos «parroquianos», tu, tras esa barra solemne de Gallardo, subido a ese púlpito de palés cedidos por la ferretería de Juanjo, tienes que ser el «párroco», coño. ¡Acéptalo de una vez, hombre!

—¡Que no! —decía sonriendo.

Rogelio, el más joven de los «parroquianos», miró el reloj y dijo:

—¡Estoy hasta los cojones de la misma historia! Hacemos una apuesta. Álvaro, si un cura de verdad viene y bendice el bar, ¿aceptarías por fin ser el «párroco»?

—¿Un cura en el «Comandante»? —dijo girándose hacia la cafetera. Se quedó pensando unos segundos y dijo: —Y si gano yo, ningún cabrón volverá a llamarme párroco, y por fin mi padre y mi abuelo descansarán en paz, y no tendrán que oír desde el más allá que llaman párroco al más rojo de la estirpe. Y además me invitarán a una copa al final de cada noche, y lo harán durante un año.

—¿El más allá, Álvaro? —dijo Rogelio frunciendo el ceño, y después de un silencio sin respuesta, continuó: —¡Trato hecho! —miró el reloj y dijo: —voy a por el cura, que nadie se mueva. Flaco, vente conmigo —me dijo, ya desde la puerta.

Cuando salimos de la «parroquia» resonaban las últimas cuatro de las ocho campanadas que anunciaban que la misa había acabado. Salimos del bar sintiendo en las mejillas una lluvia fría que no mojaba, una cortina de agujas que flotaban bajo la luz amarilla de los faroles, y ondeaban a merced de un viento caprichoso, tornado a violento por momentos. Hilos de agua trenzados al azar recorrían los adoquines que nos llevaba a la iglesia, hilos de agua que nos avisaba del carácter embustero de aquella lluvia. Entramos en la iglesia por la puerta lateral. Un escalón de piedra lisa desgastada nos hizo descender hasta la planta cruciforme de la iglesia. Para secarnos las suelas de las botas pisoteamos sin piedad un felpudo que pedía misericordia. —Menudo peluche deforme que tienen aquí, voy a regalarles un felpudo con un Pac-Man —fue lo primero que dijo Rogelio cuando entramos en la iglesia. Empecé a arrepentirme de haber aceptado acompañarle. Esperamos unos diez minutos en la salida de la sacristía. Estuvimos en silencio unos segundos hasta que Rogelio no pudo resistir la tentación de contar uno de sus chistes.

—Flaco,  ¿en qué se parece un cura a un elefante? —dijo sin preocuparse de no ser escuchado por los feligreses que desfilaban frente al altar. Agaché la cabeza todo lo que pude y deseé haber crecido menos durante la adolescencia. Seguí con mi arrepentimiento en silencio. Antes de que Rogelio tuviera tiempo para sacarme de dudas sobre el parecido del sacerdote y el paquidermo, salió el sacristán. Unos instantes después le siguió el cura.

—Señor cura, debe acompañarme al bar de Álvaro, es urgente —dijo Rogelio cerrándole el paso de una forma que sorprendió a cura y sacristán.

—¿Qué pasa, hijo? ¿No me digas que es para una extremaunción? Ya sería la cuarta esta semana —dijo el cura.

—No padre, —Rogelio se acercó y le susurró al oído: —creo que ese lugar está maldito, como poseído por algo maligno. —El cura, joven y recién destinado al pueblo, se despidió del sacristán y dijo:

—Espérenme en el bar, tardaré sólo unos minutos.

Salimos de la iglesia por la única puerta que quedaba abierta; el sacristán había cerrado el resto y miraba con recelo a los fieles rezagados. Iban desfilando de forma ordenada y con una pachorra que hacía florecer el capullo del carácter malhumorado del sacristán. Cuando pasamos junto a él, nos examinó con una mirada que mezclaba curiosidad y desconfianza.

—Don Joaquín, dígale al cura que no empiece la misa mañana sin mí. Me gustaría probar de monaguillo —dijo Rogelio serio y sin mirar al sacristán mientras recibía su última mirada acusadora.

—¡Joder, Roge! —miré al suelo y caminé lo más rápido que pude. Para esperar a Rogelio, me apoyé en la esquina de la bocacalle que engullía los fieles que escupía la iglesia.

—Vamos Flaco, tengo que pasar por casa —me dijo sin pararse.

—¿Te acompaño?

—No, vete al bar. Son dos minutos, llegaré antes que el cura.

Cuando llegué al bar, los «parroquianos» parecían haber olvidado la apuesta. Álvaro, desde el otro lado de la barra, la daba por ganada. Me preguntó con ironía por el cura y por Rogelio.

—Ahí viene —dije desde la puerta.

—¡Prepárense para la ceremonia! El cura está de camino —dijo Rogelio entrando en el bar.

Cuando llegó el sacerdote, todos esperábamos en la barra, todos excepto Benito «el cojo» que dormía en su rincón. El bullicio se transformó en murmullo.

—Álvaro, hoy invito yo —dijo Rogelio sacando una botella de la bolsa de cartón que traía bajo el brazo.

—Joder, Rogelio, te has vuelto loco, esto es… —dijo Álvaro mirando la etiqueta.

—Ya lo sé, es bueno, pero la ocasión lo merece. Trae los vasos, que lo sirvo yo mismo.

—Necesito hablar con el propietario, a solas. —dijo el cura, serio y ceremonioso. Deambulaba erguido por el local, esquivando o apartando a los presentes y mirando desconfiado en todas las direcciones.

—¡Brindemos por el nuevo cura! —dijo Rogelio.

—¿Es una broma, no? —dijo el cura sorprendido.

—No, padre. Ya que nos hace la visita, podría tomarse con nosotros un trago. He pasado por mi casa para traer este ron. Lo envió mi abuelo de cuba hace más de cuarenta años. Es la primera vez que nos visita un sacerdote, y he pensado que…

—No nos haga el feo, padre. —dijo Juanjo «el ferretero» cordial y cercano. Tanto insistieron, que el cura aceptó y se tomó el ron con el resto de los presentes, sólo se quedó sin copa el durmiente Benito. No tardamos sentirnos más ligeros, tan ligeros que algunos  mirábamos al suelo y veíamos cómo se alejaba, estábamos levitando. Juanjo se acercó a Rogelio y le susurró:

—Roge, ¿Qué diablos le has echado?

—¡Padre!, mire, en la esquina, ¿no le parece maligno? —dijo Rogelio, apartándose de nosotros, y poniendo el brazo por encima del cura. Todos miramos al rincón de Benito.

—¡Qué dices! Pero si soy yo —dijo Benito mientras se desperezaba.

—¡Tiene cuernos, padre! —dijo Rogelio.

—¡Serán los cuernos de tu puta madre! Con perdón, señor cura —dijo Benito al ver la sotana y el alzacuello.

—¡Cállate, maligno! Saque el agua bendita, padre, y rocíe todo el bar.

—No tengo agua bendita, hijo. Pensé que se trataba de una broma, pero ya veo que…

—Pon agua al señor cura, Álvaro —dijo Rogelio.

El camarero, atónito, en una postura forzada por creer estar levitando, estiró los brazos para llegar al refrigerador y sacó una botella de agua con gas. Se la dio al cura, que cerró los ojos y empezó a rezar. Todos nos colocamos detrás, como si aquella botella nos protegiera. Cuando acabó con los rezos, se acercó a Benito y empezó a rociarlo con el agua bendita.

—¡Me cago en Dios! —dijo Benito al sentir el agua fría en la calva.

—¡Vete de aquí, maligno! —dijo el cura.

Benito se levantó de su esquina y salió del bar.

—¡Cabrones, esta vez sí que se han pasado! Y usted, padre, si es cura de verdad, tiene que hacérselo mirar. No creo que al obispo le guste que ande por ahí siguiéndole las bromas a desgraciados como estos —dijo Benito sonriendo desde la puerta.

—¡Vete, vete, vete, y no vuelvas más! —gritamos con el cura al frente.

Cuando aún se oían la carcajadas de Benito alejándose, el cura se desplomó y quedó sentado en el suelo con la espalda apoyada en la barra. La botella de agua cayó al suelo y se rompió.

—Padre, aproveche para bendecir el bar —dijo Rogelio.

Y aquella tarde gris de octubre, el «Comandante» fue bendecido y tuvo por fin su  «párroco». El sacerdote salió corriendo en dirección a la iglesia y estuvo rezando toda la noche. Al día siguiente solicitó al obispado su traslado. Rogelio nunca me dijo lo que le había añadido al ron, sólo que era una especie de hongo, pero que era natural y ecológico. Según él, había cumplido con la única regla de la “parroquia”, nada de drogas.

Unos meses después, el «Comandante» cerró su única puerta para siempre. Los policías que ejecutaron la orden de precinto, lo hicieron sin poder reprimir las lágrimas. El local fue vendido a una cadena regional de carnicerías y los «parroquianos» nos quedamos sin «parroquia». Con la intención de encontrarme con los fantasmas de mi memoria, voy con frecuencia con la excusa de comprar pan. Cuando busco la barra tallada de Gallardo, me encuentro con un muro frío de aluminio decorado por animales descuartizados y adornados con pimientos y perejil. Cuando busco al bueno de Benito en su esquina, me encuentro con la estantería del pan. Cuando paso por caja y me quedo sin razón para permanecer en el pasado, siento no haber sido más consciente de la levedad del tiempo. Y cuando me dirijo a la puerta, sonrío con tristeza recordando la silueta, con cuernos y banqueta, del ser maligno más noble y bondadoso que he conocido.

—Benito, dónde quieras que estés, va por ti.


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