La resurrección de Benito

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¿Recuerdan a Benito “el cojo”? Sí, el mismo, el de la parroquia endemoniada.

La noche de su resurrección fue mucho antes. A diferencia de la de Lázaro, el de Betania, la resurrección de Benito no requirió de la intervención de Jesús. Fue Belinda, la viuda del peletero, la que obró el milagro en el que ya habíamos perdido la esperanza.

Por ese entonces, Benito vivía solo. Amalia, su esposa, su única mujer, el candil que iluminaba su vida desde los trece años, había fallecido de una enfermedad “zorrúa”. La muerte, con su guadaña y una sonrisa en la calavera, entró una tarde en su casa y se la llevó en silencio. Dejó un vacío en la barriga de Benito que no lograba llenar con nada.

La vida de Amalia y Benito es un ejemplo de para qué sirven los planes de futuro cuando el futuro tiene su propio plan. Juntos planearon tener tres hijos y juntos aceptaron que no llegaría ninguno. Juntos también planearon todo lo que harían con el tiempo libre de jubilados. Y juntos, en silencio, aceptaron que solo cumplirían la última parte de su plan: estar juntos hasta el final.

Desde el mismo día del entierro, Benito veía a su mujer en cada rincón de su casa. Escuchaba su voz antes de dormirse y sentía su calor cuando se despertaba. Estuve más de un mes soñando todas las noches que se había curado, nos contó en varias ocasiones. Luego se despertaba y recordaba que no, que solo había sido un sueño, que su mujer no estaba, y que despertar lo devolvía a la pesadilla en la que se había convertido su vida.

Ya habían pasado más de cinco años y nuestro hombre seguía sin levantar cabeza. Hasta la cojera, que nunca le supuso ningún problema, más allá de no poder correr después de alguna de nuestras fechorías, iba a peor. Cuando llegaba al Bar El Comandante, en adelante El Comandante, valga la ritma interna, todos intentábamos animarle. Benito entraba sin decir nada, iba a su esquina, se sentaba, bebía y se quedaba dormido. Luego se despertaba de malhumor, insultaba a los presentes y se recogía. Nosotros nos turnábamos para seguirlo y asegurarnos de que llegaba bien a su casa. Nos esperábamos en la puerta. Encendía la luz del salón, luego el baño y al final el dormitorio. Cuando se apagaba, como si de un sereno se tratara, el emisario volvía al Comandante y daba tres golpes sobre la barra. Benito está bien, decía. Y todos respirábamos tranquilos.

Quiso el azar que aquella noche me tocara el turno. Por más que esperé, la luz del salón no se apagó. Se nos ha ido Benito, pensé mientras abría la puerta. Mira que lo vi mal cuando despertó en su esquina, pensé, tenía que haberme fijado más. Cuando entré en el zaguán, yo estaba temblando y temiendo lo peor. Dejé la puerta de la calle abierta y recorrí el pasillo que me llevaba al salón. Miré al suelo y me extrañó ver una botella de vino sobre la mesa. ¿Vino blanco? ¿Benito? Pensé, aquí pasa algo.

—¡Benito! –dije asustado cuando lo vi tumbado en la alfombra —. Aguanta un poco, no te mueras.

Cogí el teléfono y marqué el 112.

—¿Oiga?

—Uno-uno-dos emergencias, dígame.

—Cuelga eso, Daniel —dijo Benito incorporándose —. Y sal de aquí, anda.

A su lado, debajo de una manta había un bulto, un bulto con una silueta que recordaba a un cuerpo humano. Nunca dos copas vacías me habían hecho tan feliz. Volví por donde había venido y entré en El Comandante.

—¿Sin novedad? —dijo Rogelio cuando volví al bar.

—Si novedad —dije.

No lo había visto tan bien desde que se le fue doña Amalia. Por fin descansará en paz, pensé al dar los tres golpes con el vaso.

—Benito está bien —dije para cumplir con el protocolo.

Al día siguiente, Benito parecía veinte años más joven. El sol brillaba en sus ojos hasta cuando estaba a la sombra. Su cojera había vuelto a ser la de antaño.

—¡Coño, Benito! ¡Qué bien te veo! —dijo Álvaro. Gerente, camarero y futuro párroco de El Comandante.

—Dicen que doña Belinda se ha echado novio —dijo Rogelio.

—Las malas lenguas, Roge, las malas lenguas —dije.

Benito sonrió desde su esquina, apuró el trago y golpeó la mesa con el vaso vacío.

—¿Otra, Benito?

—No, Álvaro, hoy me recojo antes. Y no manden escolta, que dicen las malas lenguas que el cojo se ha echado novia.

FIN

GRR_

*Ilustración: Navina M. Müller


 

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