La riñonera

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La riñonera de mi cuñado seguía colgada en el balcón. Mi hermana, con el sigilo de un alma en pena, pero aún colgada de un hilo de vida, pasó diez días metiéndose caballo a todas horas. Cada mañana me pedía que le liara un porro, y con cuidado de no acercarse demasiado a la riñonera, salía al balcón, se sentaba en el suelo y perdía la mirada. Así pasaba horas, en una especie de estado meditativo, como si aquel balcón fuera el templo de un dios, y como si él, mi cuñado, reencarnado en su riñonera, escuchara sus plegarias y se paseara por el más allá encendiendo candiles y mostrando el camino que debíamos seguir después de su muerte.

Cuando no pude aguantar más, le di treinta euros y la mandé a comprar hachís. Yo sabía que iría a por caballo y eso me daba más tiempo, así que abrí la riñonera y entre las cosas de mi cuñado, encontré un bolígrafo y una nota manuscrita, casi ilegible.

Mi amor, empezaba, quiero que sepas que la palmo feliz. Siempre te lo dije, ¿no? Un buen chute no es mal final para una vida de mierda. En eso tenía razón. Luego se ponía “romanticón” y continuaba con un: Si pudieras ver lo bonito que se ve el barrio desde aquí arriba. El trazo se perdía antes de la “a” final, y sin puntuación que mediara, continuaba: No me hagas caso, es el pase que tengo. Después había un espacio vacío, como para dos líneas, y terminaba con la firma.

Le quité la tapa al bolígrafo y escribí: Cariño, lo único que te pido es que dejes el caballo y continúes con tu vida. El “Te quiero” final, a pesar de mis dudas, lo escribí cuando vi a mi hermana entrar en el edificio, unos instantes antes de abrazarla y leerle la nota que le habían escrito las dos personas que más la han querido.

FIN

GRR_

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