La trampa de la Muerte

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Una se lleva la fama y otro el provecho.

El Tiempo y la Muerte siempre se evitaban. Cuando el Tiempo trabajaba, la Muerte se escondía y esperaba a que acabara con su labor. Pero una noche, debido a un malentendido, la Muerte llegó antes de lo que debía y encontró al Tiempo sentado junto al lecho de muerte de un joven aventurero.

—Tiene gracia —decía la Muerte mientras se acercaba—, este pobre, toda una vida de riesgo, y va y me encuentra en la plaza del pueblo.

El Tiempo le hizo hueco a la Muerte en el banco y dijo:

—Aún es pronto.

La Muerte lo miró de reojo y no respondió. Se sentó al otro lado del joven.

—Un infarto —afirmó el Tiempo.

La Muerte asintió, colocó la guadaña en el suelo y se quitó la capucha.

—Aún es… —dijo El Tiempo.

—Lo sé —interrumpió la Muerte —, ¿acaso crees que estoy sorda?

—No —dijo el tiempo —, pero tu silencio confunde.

—¿Y tú? —dijo la Muerte.

Se levantó y se puso frente al Tiempo.

—Precisamente tú, Tiempo, que consumes cuerpos, que apagas mentes, que asesinas con sigilo, que arrugas cuellos, frentes y manos, que secas vida y las conviertes en polvo. Tú, Tiempo, vienes y me dices que mi silencio te confunde.

El Tiempo sonrió y dijo:

—¿Podrías sentarte? Si vas a montar un numerito, me lo dices desde ya, ¿vale?

—Además de cruel, eres cínico… Implacable.

—¿Implacable? Eso es nuevo —dijo El Tiempo —. Mira eso. Se nos resiste.

El joven movió el brazo. La Muerte miró el reloj y el Tiempo dijo:

—Dos minutos y te dejo trabajar.

—¿Trabajar? ¿Es eso lo que crees que hago? ¿Trabajar?

—Si no nos conociéramos desde siempre, diría que hoy tienes un mal día, ¿demasiado trabajo, quizás?

La Muerte se levantó, se sentó en otro banco, cruzó los brazos y dijo:

—¡Avísame cuando termines, vale?

El Tiempo la siguió y se sentó a su lado.

—No te pongas así. Lo siento. Sé que lo que haces no es fácil.

—Estoy harta de pagar tus platos rotos. Harta de que me vean como la que viene de las tinieblas para llevarse las almas; esa malvada cadavérica que sesga vidas con una guadaña, responsable de amores perdidos, cariños robados, lágrimas que no sacian, gritos enmudecidos, desfiles fúnebres, oscuridad, tristeza, melancolía, nostalgia. Estoy harta de todo eso.

—No te me pongas poética. Eres la Muerte, guapa, solo eso, la Muerte.

—¡Y tú un capullo insensible! —dijo la Muerte—. Pero, mírate, joder, unos te ven como un reloj, con su tic-tac suave y rítmico. Otros ni siquiera te ven. Ni se enteran que les robas la vida, que les traes a mí, a ellos y a todo lo que tienen. Eres falso, tramposo, ladino, vil, malvado.

—¿Es que no te vas a cansar de insultarme? Me resbala, guapa, ya sabes que me importa un pepino lo que me digan. Soy el Tiempo, ¿sabes? El Tiempo.

—¿Ese que engaña pero al que nadie puede engañar?

—Sí, por fin lo has entendido.

—¡Tiene pulso! —dijo una enfermera desde el otro banco.

—No puede ser —dijo el Tiempo.

—De ésta vas a salir, chaval —dijo el chófer de la ambulancia—, ahora toca cuidarse un poco.

Cerró la puerta de la ambulancia y se dirigió al hospital más cercano. La Muerte se levantó y caminó en la dirección contraria. El Tiempo se puso las manos en la cabeza y dijo:

—¡No me lo puedo creer! ¡Maldita mentirosa! !Te odio!

—Pues ponte a la cola, gu-a-po —dijo la Muerte. Sonrió, y cuando el Tiempo ya no podía escucharla susurró—: Ahí te quedas, capullo presuntuoso.

FIN

Imagen: Lassaffa

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