La tregua de Clara

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Clara enfermó el año de su jubilación. Todos hablaban de que había que luchar contra «la enfermedad», contra un ejército de células rebeldes, unas pequeñas asesinas que habían decidido saltarse todas las reglas. Ella no sentía que tuviera que librar ninguna batalla, sentía que necesitaba reconciliarse con su cuerpo. Habían pasado cuatro años y necesitaba una tregua.

Llegaron al hospital diez minutos antes de la cita. Cuando escuchó su nombre, cogió la mano de Andrés y dijo:

—Hoy quiero entrar sola, ¿te parece bien?

—Está bien, cariño. Te espero aquí.

Veinte minutos después salió de la consulta. En esta ocasión no llevaba resultados de pruebas ni documentos para solicitar la siguiente cita. Sonreía cuando preguntó al doctor si dejaba la puerta abierta o la cerraba.

—¿Cómo se lo ha tomado? —preguntó Andrés cuando se dirigían a la cafetería.

—Bien, me entiende y respeta mi decisión —dijo Clara. Buscó algo de qué hablar para cambiar de conversación. Andrés entendió el silencio y no hubo más preguntas.

Llegaron a casa y prepararon juntos el café. Después de tomarlo con un trozo de chocolate, Clara se despidió y se fue a descansar al dormitorio. Ya estaba dormida cuando llegó Dani.

—Hola, papá, pensé que iban a llegar más tarde, ¿dónde está mamá?

—Está dentro, descansando. Ya sabes como le afecta los días de hospital. Siéntate, por favor, tengo que hablar contigo.

—¿Ya le dieron los resultados?

—Tu madre ha decidido dejar el tratamiento.

—¡Pero si está  funcionando! Lo dijo el doctor, y sólo hace dos semanas.

—Sí, pero está cansada y ha decidido dejarlo. ¡Mírame, hijo! Sé que te duele, y que no lo entiendes, pero tenemos que respetarla.

—¿Qué es lo que tenemos que respetar, su cobardía?

—¿Tu madre cobarde? ¡Escúchame bien, Daniel! Tu madre es la persona más valiente que conozco. No tienes ni idea de lo que ha tenido que sufrir, de lo que ha tenido que pasar, ¿me oyes?, ni idea.

—Papá, tenemos que convencerla, tiene que seguir luchando.

—Está cansada de médicos, de tratamientos, de pruebas, de malas noticias, de dolores, y aunque no lo diga, sé que también está cansada de vernos sufrir por ella. Encarar el dolor y la muerte con una sonrisa, en silencio, aceptar irse antes, intentando acabar con el sufrimiento de su familia, eso es valentía. No lo olvides, Daniel. Aunque aún no seas capaz de verlo en este momento, tu madre nos está dando una lección.

—Tengo que hablar con ella.

—Ven un poco más tarde y recuerda que sólo pide una cosa. Después de una vida dándolo todo por nosotros, sólo nos pide una cosa: serenidad.

—¿Serenidad? ¡Y una mierda! —dijo Dani levantándose. Cuando llegó a la entrada, contuvo las ganas de dar un portazo. Nunca había estado tan cerca de hacerlo. Salió de la casa y entró en el coche —¡Serenidad! ¿Cómo coño puedes ver morir a tu madre con serenidad? —Arrancó el motor y se dirigió al hospital. Esperó impaciente en la puerta de la consulta y se coló cuando vio que salía el paciente que estaba atendiendo.

—Hola, Daniel, ya veo que has hablado con tu madre.

—Siento haber entrado así, doctor, pero no podía esperar, necesito…

—Lo sé, no te preocupes. Tengo una tarde tranquila y sé por lo que estás pasando.

—¿Qué más podemos hacer? Sé que hay ensayos y otros tratamientos.

—Aún tenemos muchos tratamientos para ofrecer a tu madre, pero ese no es el caso.

—¿Y cuál es el problema?

—No hay ningún problema, tu madre ha decidido parar y debemos respetarla. Esta mañana la vi bien, animada y segura de su decisión. No le falles, Daniel. Tienes que seguir junto a ella, ahora más que nunca.

—Pero…

—Lo sé. Cuando mi padre decidió dejar los tratamientos, imagínate cómo me lo tomé. Yo, médico, el primero de mi familia, pura vocación desde niño. Toda mi vida estudiando para ayudar a los demás, y mi propio padre me robaba la posibilidad de ayudarle. ¿Te imaginas cómo me sentí? Ahora, después de dos años, recuerdo los últimos meses con él como los mejores de mi vida. Compartimos muchos momentos. Paseábamos y me contaba historias de su juventud. Todos los sábados íbamos a ver los partidos de mi hijo. Los viernes salíamos a comer y nos tomábamos unos vinos de más. Creo que nos emborrachamos juntos por primera vez uno de esos viernes. Traté de retener en mi memoria cada instante, cada conversación. Sus manos agrietadas, su sonrisa, sus miradas… Aunque te parezca increíble, nos olvidamos de la enfermedad. Nos centramos en vivir, en disfrutar de lo que teníamos, sin preocuparnos de cuándo ni cómo acabaría. Fue nuestro regalo de despedida.

—Pero yo no puedo. No soy así, no sé rendirme.

—Sí que puedes, habla con tu madre.

—¿Cuánto le queda?

—Eso es difícil de saber. Unas semanas, quizás unos meses, cada caso es diferente.

—Unas semanas… —dijo Dani, mientras se levantaba y salía de la consulta.

Salió del hospital y se dirigió a casa de sus padres.

—¿Está despierta? —le dijo a su padre atravesando el salón sin mirarle.

—No, pero entra. Se alegrará de verte.

Entró en el dormitorio en silencio, y se quedó unos segundos mirando como dormía. Con mucho cuidado, se acostó a su derecha y la abrazó. Se deslizó hacia abajo, hasta que pudo apoyar su cabeza en el pecho. Cerró los ojos. —Ahí está, no dejes de latir nunca —dijo con cuidado para no despertarla. Su olor le transportó a la niñez, a las noches en las que buscaba refugio en la cama de sus padres. Vampiros, muertos vivientes y hombres lobo, esos eran sus miedos de entonces. «Los cambio por los de ahora», pensó.

—Hola, Dani —dijo su madre al despertar, sin moverse. —Ya veo que tu padre ha estado hablando contigo. ¿Qué te parece?

—Necesito tiempo para hacerme a la idea.

—Lo sé. Cuando llegue el momento, sabrás cómo seguir adelante. Todos nos vamos, hijo. Unos antes y otros después, pero todos nos vamos.

—Mamá, te quiero.

—Yo también, mi niño —dijo su madre acariciando el pelo rizado de Dani —. Cada vez te pareces más a tu abuelo. ¿Has ido al hospital?

—Sí, pero no te preocupes, no voy a seguir insistiendo. Hagas lo que hagas, estaré a tu lado, siempre.

—Hazme el favor de pedir una cita. El doctor me habló de un ensayo de esos, me dijo que le ha ido bien a María, una señora del barrio.

—Vale —dijo Dani recuperando el brillo de sus ojos. Se incorporó, se puso de rodillas en el pie de la cama, miró a su madre y le dijo:

—¿Qué te parece si nos vamos a Asturias?

—Siempre he querido ir a Asturias.

—¿La semana que viene?

—¡A mí me parece perfecto!  —dijo su padre desde el salón.

—Asturias —dijo Clara, en voz baja, sonriendo—. Me voy a Asturias.


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