La viejita de Farfán

Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Otras movidas de Farfán.

A las otras sufridoras del jaco.

«La viejita, Dani, la viejita«, esas palabras pronunciadas con una voz sin volumen, me acompañaron durante el viaje de vuelta. Había estado hablando con mi tutor de tesis y volvía agotado. Era demasiado tarde para cumplir con la promesa de ir a ver a su madre.

Al día siguiente, después de llamar al hospital, me dirigí a la residencia de mayores. Al entrar, pensé en lo incomprensible que sigue pareciéndome la percepción del tiempo. Sí, lo sé, el tiempo es el tiempo. No se detiene. Sigue al mismo ritmo, sin excepciones, como una locomotora fantasma, un tren condenado a vagar eternamente por raíles oxidados. Cuando estaba en primaria, no recuerdo el curso, un maestro nos dijo que el tiempo pasaba volando. Que casi sin darnos cuenta estaríamos en el instituto, y luego iríamos a la universidad o a trabajar. También nos dijo que algunos de nosotros seríamos maestros, como él. En aquel momento, sus palabras me parecieron absurdas. Solo que las pronunciara un maestro, evitó que toda la clase riera a carcajadas. Ahora ya no está con nosotros, al menos en cuerpo. Su recuerdo está con su familia y también con muchos niños, que como yo, empezábamos a descubrir el mundo de las palabras y los números, los números y las palabras. Cuánta razón tenía. Qué difícil es creer en algo antes de vivirlo.

—Usted es la madre de Gabriel.

—¿Le pasa algo? ¿Cómo está mi niño? Dígame, por favor…

—Tranquila, su hijo está bien.

—¿Está bien, doña Consuelo? —dijo el asistente que la había ayudado a salir —. ¿Quiere volver a su habitación?

—No, mi niño. Déjame un ratito, para coger un rayito de sol.

—Está bien, pero deber estar tranquilita.

El asistente sonrió y me dijo que le avisara cuando terminara de hablar con ella.

—Su hijo no va a poder venir, pero está bien.

—¡Viejiiiitaaaaa! —dijo Farfán desde la calle.

—Hola, Gabriel, mi niño.

—¡Qué pasa, campeón!

Me agarró el brazo y se agachó para darle un abrazo a su madre. La cogió por las axilas y la levantó de la silla de ruedas.

—¡Déjame, demonio, déjame que me vas a tirar al piso! —dijo doña Consuelo riéndose a carcajadas.

Di dos pasos atrás, pero Farfán volvió a agarrarme del brazo para que me acercara.

—Mira, vieja, ¿sabe quién es este sinvergüenza? —dijo pasándome el brazo por encima —Es el hijo de Maruca, la de la tienda.

Consuelo dejó de sonreír y se quedó mirándome unos segundos.

—Tienes lo ojos de tu madre, que es paz descanse. Qué buena era. Bien que me ayudó a salir adelante cuando se me murió Gabriel.

—Deje al viejo en la gloria, madre, que seguro que estará de puta madre. Una buena cuadrilla de roneros tiene por allí para pasar el rato. Las zangas y los envites lo tendrán tieso. Borracho no valía ni un duro para echar una baraja. Y alegre esa cara, que le traigo una sorpresa.

—Te tengo dicho que me lo tienen condenado.

—Al carajo con el médico, viejita. Un cachito no le hace daño a nadie. Que le den un poco más de insulina y listo. Ahora hablo con Juan y lo arregla.

Farfán le puso una tableta de chocolate Tirma en el bolsillo de la rebeca y le dio dos besos. Consuelo sonrió cerrando los ojos. Y de almendras, susurró su hijo, la volvió a levantar de la silla y le estampó otros dos besos, aún más sonoros que los anteriores.

Los dos estaban saboreando la dulzura de la felicidad. Tener una vida dura, y me constaba que su familia la había tenido, enseña a ser conscientes y a valorar los buenos momentos. Ellos lo estaban haciendo y yo tuve la suerte de compartirlo.

Yo sabía que Consuelo, como otras muchas madres, había compartido el sufrimiento de la adicción de Farfán. En esa época, los padres también lo sufrían, pero de otra forma, como en la distancia. Su marido nunca supo que su hijo cogía dinero prestado del bote de lata que estaba al lado de la panera. Tampoco sabía que el dinero nunca era suficiente, y que le llegaban las quejas de las vecinas y los rumores del resto del pueblo. A Consuelo le rompía el corazón pensar que su hijo estaba robando, pero en el fondo lo sabía. Nadie conocía mejor a Gabriel que ella. Ya no sonreía ni le brillaban los ojos. Tampoco bromeaba en el desayuno ni la abrazaba cuando llegaba del trabajo que había perdido. Ni siquiera se terminaba el rehogado de lentejas que adoraba hasta el punto de repetir o “tripitir”, como decía él. Aquellos años fueron los peores de sus vidas y de muchas otras.

—Él nunca me castigó, y mira que lo pasó mal cuando no teníamos perras —dijo llorando y abrazándome —Los pobres perdían la cabeza con el maldito mono ese.

Farfán había ido a hablar con el asistente para que vigilara el azúcar hasta que su madre acabara con el chocolate.

Doña Consuelo me hizo llorar con ella. Me enseñó que el amor también brota en cenizas de sufrimiento, y que cuando lo hace es verdadero e incondicional. Si no, se marchitaría.

—Todo lo que me hizo —dijo —No es nada comparado con lo que me está dando ahora. Verlo bien lo paga todo, mi niño. Sé que aún no está curado, pero con la metadona está mejor.

—Me ha gustado mucho hablar con usted, doña Consuelo.

—Gracias por ser su amigo, Gabriel. Todos le han dado la espalda. No entienden que es una enfermedad como otra cualquiera. Y él es más bueno que el pan. Siempre lo ha sido.

—Sí que lo es. Cuando era pequeño, siempre me defendía del Martín el serrucho —dije sonriendo.

—Ay, Martín… Qué recuerdos me traes, Daniel. Bien que sufrió también la pobre Joaquina. Ese chiquillo era un demonio, mira que tenía la mano ligera. Hasta una vez le abrió la cabeza a Gabriel de una pedrada. Pero en el fondo tenía buen corazón, como su madre. Siempre lo tuvo, el pobre.

Consuelo se secó las lágrimas. Su hijo volvió y la abrazó.

—Todo arreglado. Cómase el chocolate tranquila. Mañana no puedo venir, pero el viernes le traigo otra sorpresa. La abrazó desde la parte trasera de la silla de ruedas. Y le dio besos en las mejillas.

—Mira que eres sobejo. Sal para allá, muchacho —dijo Consuelo sonriendo.

Solo había pasado un día desde que le vi sin color en suelo del salcai. Nunca he sabido cómo le dieron el alta del hospital tan pronto, pero creo que se escapó para ver a su madre. No confiaba en que yo viniera. Como decía su madre, todos le habían dado la espalda. No debe ser fácil confiar en alguien al que le has robado un radiocasete, pensé. Sin embargo, a pesar de que él no lo sabía, yo era diferente.

—Me jode ver a la vieja en la residencia —dijo mientras caminábamos hacia el parque.

—Pero allí está bien. Son muy cariñosos.

—Sí, campeón, pero no está con su familia, coño. Pero es que yo no puedo…

—Estaba feliz y se alegró un montón cuando llegaste.

Farfán miró al suelo y cogió una piedra. Se la puso en la palma de la mano. Al verse las muñecas, la lanzó y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Quiero pedirte algo, Dani —dijo mirándome —Pero si no quieres, dímelo sin problema. En confianza, ¿oíste? En confianza.

Asentí intuyendo lo que me iba a pedir.

—Si me pasa algo… Podrías ser tú quién se lo diga. Mi madre… Te miraba con cariño, ¿sabes? como a un hermano.

—Lo haré, te lo prometo…. Pero te saldrá caro.

—Pues de perras estoy jodido.

—Solo dos condiciones.

Farfán arrugó la frente y me miró a los ojos. Sacó las manos de los bolsillos y se rascó la nuca. Al ver pasar a una pareja de policías locales, agachó la cabeza para esquivar la mirada. Uno de ellos había estudiado conmigo en el colegio. Me miró extrañado. Lo saludé y me volví hacia Farfán. Le agarré el hombro y dije:

—Primera condición: Quiero escribir un libro con tus movidas. No tiene que aparecer tu nombre ni los de nadie. Los cambiaremos todos.

—¿Y a quién coño le interesa eso?

—De momento, a mí y a mi tutor de la universidad. Mi tesis de fin de carrera será sobre tus experiencias. Él está de acuerdo y hasta me ha conseguido una beca. Los dos creemos que puede ayudar a mucha gente.

—¿Una beca? ¿Por mí? La hostia, compadre, qué movida, ¿no?

—Y ahí está la segunda condición: El dinero de la beca será para que lo dejes.

Farfán volvió a mirar al suelo. Luego sacó las manos de los bolsillos, se remangó, se miró los antebrazos y me los mostró. Cogió la misma piedra y la puso en la palma de la mano. Rompió a llorar. Yo también. Nos abrazamos.

—¿Trato hecho?

Asintió y siguió llorando. Le apreté el hombro y me levanté.

—Gracias, campeón —dijo sollozando.

Le miré y me encontré con los ojos Gabriel, el niño de la cabeza que recibió la pedrada que iba para la mía. El que, para defender a un niño flacucho y miedoso, se encaró a Martín el serrucho. Sin embargo, por mucha puntería que tuviera el serrucho con la “tiraera”, la batalla que le esperaba ahora a Farfán era aún más dura. Pero la ganó. Y yo estaba con él para levantar el estandarte de la libertad, de su libertad. ¡Qué se joda el caballo!, dijo aquel día.

FIN (de la movida)

Nota del narrador (no del autor)
Lo sé, en el relato anterior había adelantado que incluiría la experiencia de mi primer porro. Aquello no tuvo nada que ver con Farfán, de hecho me llevé una buena bronca cuando se lo conté. Incluiré la experiencia en la siguiente movida. Esa la dejaré fuera de mi tesis.

GRR_

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.