Los clavos de Cristo

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Recibo con espacio, controlo y me giro. Levanto la cabeza y miro a la izquierda. Opción de pase con expectativas. Avanzo unos metros. Siento el aire en la cara y calculo la velocidad del viento, sopla suave, no debería suponer un problema. Ahora lo más complicado: la imprevisibilidad del humano. Miro, estudio, analizo su rostro. Intento ver indicios de cansancio, lo hay, y mucho, demasiado, no llegará. Solo hay opción de pase, ¿se la pongo? No, ya no hay expectativas. Busco opciones en la derecha, no hay. Se me acaba el tiempo. Pase a banda izquierda o disparo yo. Dos piernas me cierran el paso. No veo caras, solo dos piernas (de dos rivales) y la única opción de avanzar es el salto. El balón pasa bajo la cruz de piernas y veo portería cerca, muy cerca, ya casi estoy. Salto y caigo en dos tiempos y, en el primero, oigo un crac. Estoy en el suelo y me intento levantar. El pie izquierdo me lo impide, pero no hay dolor. Algo sobresale de la media, es mi tibia. Fractura de tibia y peroné. Ahora sí que hay dolor, dolor y frío. Fin de semana de hospital y miedos. Lunes de quirófano y ferretería, escalpelo, tornillos, clavos y placas. Muletas. Dos meses de reposo y unos más de rehabilitación. Del dolor a la molestia, de la molestia al miedo, del miedo al dolor.

Cristóbal, se acabó el fútbol para ti, dice un trauma(tólogo). A tu edad es mejor hacer otras cosas, dice el otro. No es la edad, Cristo, tampoco son tus clavos, tu problema es el miedo, dice un amigo. Adiós, Fútbol, adiós.

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