Los ojitos de Tomás

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Ninguno de los niños que había en el arcón era Tomás. Mis padres trataron de engañarme, pero yo sabía que no estaba allí. Tomás era diferente, me buscaba con sus ojitos blancos y no se asustaba. Cuando lo soltaba en el cuarto de juegos, tropezaba con todo y me hacía reír. Con cuidado de no aplastarlo, lo cogía por la cinturita y lo zarandeaba; él movía sus bracitos de una forma muy graciosa.

Anoche, mientras intentaba dormirme, escuché a mis padres hablar de él.

—¿Qué has hecho con el juguete?

—Lo he devuelto a la aldea.

—Mejor —dijo mi madre —. No es bueno para un gigante encariñarse con humanos.

FIN

GRR_

Ilustración: Navina Mercedes Müller

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