Los zapatos de mi abuela

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Para las abuelas que malcrían nietos, desesperación de padres y felicidad de hijos.

La diabetes que padecía mi abuela se ensañó con sus pies. Tal y como le había indicado el médico, ella seguía la dieta y había aprendido a inyectarse insulina. Para mejorar la circulación, ejercitaba sus piernas con el pedal de una vieja máquina de coser. Un modelo de singer de los años sesenta.

A pesar de los esfuerzos, sus pies empeoraban cada día. Debido a que pasaba mucho tiempo acostada, le habían salido úlceras en los talones. Cada día venían a hacerle las curas. Herejías, esta niña viene a hacerme herejías, le decía a la enfermera, conteniendo la respiración y forzando la sonrisa. Pero las heridas no terminaban de curar. Todos sabíamos que le dolía, y mucho, pero no se quejaba. Se las miraba y asentía con resignación. Creo que para ella se convirtieron en una especie de reloj de la vida. Sabía que llegaría un momento en que no podrían crecer más. Su única preocupación era valerse por sí misma para no necesitar de los demás; ese se convirtió en el reto del último tramo de su camino.

Hace un mes y medio, mientras paseaba por el mercado, vi unos zapatos y supe que eran perfectos para ella. Cerrados, abrigaditos, pero con el talón descubierto.

—¡Son preciosos! —dije —. Me los llevo.

Compré dos pares y los envolví en papel de regalo. Para no olvidarme, coloqué la bolsa con los zapatos junto a la puerta de mi casa. Se los llevaré el domingo, pensé. Me emocioné imaginando lo feliz que se pondría cuando se los viera puestos.

Pero el domingo no pude ir porque había prometido a mis hijos ir al parque de atracciones. Ya es demasiado tarde para ir a casa de abuela, pensé al volver, estará acostada. Lo haré la próxima semana. Pero tampoco lo hice.

Pasaron las semanas y siempre había algo que me impedía ir a visitarla. Cuando no era el trabajo, eran los niños. Otras veces, el cansancio, las clases de yoga o las cenas con las amigas. Imposible, hoy estoy agotada, pensaba cuando no encontraba ninguna excusa. Eso sí, siempre que salía de casa, miraba la bolsa y pensaba en lo feliz que haría a mi abuela. Mañana, iré mañana, me decía a mí misma, una y otra vez.

Había pasado un mes y medio cuando recibí una llamada de la policía.

—¿Paula Sánchez?

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

—¿Es usted la nieta de Dolores García?

—Sí, ¿qué le pasa? ¿Está bien?

—Por favor, mantenga la calma. ¿Podría venir a su casa ahora?

Mientras conducía pensaba en las razones por las que no había ido antes. El camino se me hizo eterno.

—El piso estaba mojado y resbaló cuando salía del plato de ducha —dijo Aurelia, su vecina —. Mira que le tengo dicho que espere por la chica, pero no me hace caso, mi niña. Fue ver la bolsa del pan en la puerta y pensé: A Dolores le pasado algo.

—¡Abuela!

—¡Estoy bien, mi niña! Tranquila.

Solo tenía magulladuras en los codos y las rodillas, pero nunca la había visto tan asustada. La niña que llevo dentro lloró como si la muerte, con guadaña y calavera de resignación, le hubiera devuelto a su abuela robada. Mientras la abrazaba, me acordé de los zapatos, los había dejado en casa. Le pedí a Aurelia que cuidara de ella hasta que volviera. Tardé un poco más de media hora en ir a casa, coger los zapatos y volver.

—Aquí tiene, abuela.

—¡Ay, Dios! ¡Pero si son preciosos!

Se los puse con cuidado y sonrió. Y brillaron los ojos más bonitos del mundo. Me escondí para que volviera a llorar la niña, pero esta vez de alegría.

Se paró el péndulo del reloj de pared… No he vuelto a darle cuerda.

FIN

GRR_

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