Más allá de la cortina

Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Ella lo odiaba casi todo. Odiaba las visitas de los conocidos, la frialdad de los médicos, la condescendencia de los enfermeros y la compasión de los extraños. El odio y la rabia se repartían su tiempo. Quería estar sola para escuchar el silencio… Y silenciarlo con músicas ensordecedoras cuando el dolor se le hacía insoportable. Solo tenía un deseo: morir para matar su dolor. Un dolor que solo conseguía calmar viajando a otros mundos, siempre a lomos del caballo, cada vez más salvaje, cada vez más intenso, cada vez más peligroso. Sus familiares se empeñaban en decirle que la estrella sobre la que orbitaba, además de permitirle girar a su alrededor, la quería con locura, y que lo que había pasado había sido algo puntual, insignificante, una gota de agua en medio del océano de amor que la estrella sentía por ella, su planeta preferido. Pero ella, aún joven pero experta en esferas luminosas de plasma, quería morir cuanto antes para que el dolor dejara paso al vacío, a la nada, a un hueco del tamaño del infinito. Porque ella, práctica del dolor, sabía que la nada, al igual que el vacío, no duele.

Él, un desconocido al otro lado de la cortina, cuando despertó vio un par de botas que sobresalían de una cama, y que se movían al ritmo de una música muda. Delante, la cortina. Más allá de la cortina, un planeta errante, fuera de órbita, radiante de odio, en busca de un agujero negro. Hijo de puta, se oía una y otra vez. Luego desaparecían las botas a la vez que chirriaban los hierros de la cama 301, galaxia de un planeta al borde del caos. En cambio él, experto en el arte de negociar con la muerte, catedrático de los problemas sin solución, comenzó a sentir rabia. Rabia por no poder traspasar aquella cortina que separaba sus mundos. Rabia por no poder explicarle que la vida es lo único que se tiene con seguridad, que ella tenía razón, que la muerte no duele, pero que siempre llega y que, mientras tanto, solo se tiene la existencia, y que si ésta es digna, la lucha merece la pena, y que el resto, por imposible que pueda parecer, se busca, se encuentra o simplemente no importa.

Una mañana, alguien arrastró la cortina y el caos de pliegues, controlado solo en parte por los raíles del techo, permitió que sus mundos, aún sin tocarse, se unieran. Mientras ella lloraba, él se giraba y miraba por la ventana. Buscaba qué decirle pero no lo encontraba. Mientras él sufría el tormento de sus miedos y el azote de los fantasmas del pasado y el futuro, ella se giraba hacia la pared e imaginaba bestias mitológicas que la despedazaban y la convertían en materia oscura. Así estuvieron dos días, hasta que cruzaron la mirada. Una mirada de tres segundos sin pausa de parpadeo. Una eternidad. Ella vio algo parecido a una sonrisa contenida; él, un fundido de odio a tristeza con microscópicos destellos de esperanza. Los dos pensaron que un paseo por los pasillos de un hospital podría ser un buen final, pero era demasiado tarde para él, muy pronto para ella.

FIN

GRR_

Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.