Mi padre de seis años

Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Frío. Cuando entré en la tienda aquella mañana de octubre sentí frío. Momentos antes, en el Paseo de Recoletos, las hojas de los castaños de indias surcaban un aire gélido y seco. Parecían haber perdido el color. Aquella mañana no había luz, no había color, no había rojos ni naranjas, ni mil amarillos con los que jugar a definir como más rojo o más naranja.

Entré en la tienda, colgué el abrigo en el perchero y me dirigí al mostrador. Sin quitarme la bufanda, encendí el infiernillo sobre el que esperaba la cafetera atómica de mi abuelo, una auténtica sorrentina. Coloqué las manos sobre el fogón y esperé por el ruido que augura la salida del primer café del día, el mejor. Mientras me lo tomaba, paseé la mirada por la tienda. Sin apenas moverme, desde el mostrador podía verlo todo. Los objetos estaban ordenados según estilo, antigüedad y tipología. Sí, había artículos que rompían el orden, pero en todos los casos lo hacían de forma justificada. Me gustaba de forma especial un reloj de pared de finales del siglo XIX. Lo tuvimos en casa durante mi niñez. Solía concentrarme en el sonido y el movimiento del péndulo para dormirme. Mi madre me hablaba del brillo de los ojos de mi padre cuando llegó a casa con aquel reloj destrozado. Estuvo semanas restaurándolo. Cuando empezó a moverse el péndulo, lo vio llorar por primera vez en su vida. Dos semanas después, dejó de respirar. Mi madre se abrazó a su ausencia el resto de su vida. Por aquel entonces, yo no era más que una semilla ignorada a punto de germinar.

¡Españoles! A cuantos sentís el santo nombre de España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la patria, a cuantos jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su defensa”

Cuando escuché la voz de Franco pensé que aquel día se cumplía el aniversario del alzamiento  y del comienzo de la pesadilla de varias generaciones de españoles. «Vaya forma de empezar el día», pensé antes de darme cuenta de que el sonido salía de una Freshman Masterpiece de los años 20. Sabía que mi abuelo la había comprado a un militar inglés, y que mi padre nunca había conseguido reponer la batería de 90V. Sorprendido, desconcertado y sin tiempo para asustarme, salí del mostrador y me acerqué a la radio. La batería estaba en su sitio y funcionaba. Intenté girar el potenciómetro para bajar el volumen y escuché una voz que venía del mostrador.

—Señor, le agradecería que no tocara nada, hay piezas muy delicadas. —La voz me resultó familiar pero no fui capaz responder. La tienda había cambiado, la luz entraba por la ventana, esquivaba objetos y proyectaba las sombras de todo lo que encontraba a su paso. No había rejillas oxidadas en las ventanas ni en la puerta. Las paredes lucían un papel estampado y del techo colgaba la lámpara que había vendido hacía diez años a un turista francés —¿Le gusta la radio? Es una Freshman de los años 20, funciona perfectamente. ¿Quiere saber el precio? —dijo el señor, levantando el trozo de mostrador y acercándose. Reconocí la sonrisa, nunca había vuelto a ver ninguna parecida.

—Eres… ¿Abuelo? —dije. Di dos pasos atrás con los brazos abiertos y me llevé conmigo una silla. Se oyó un portazo y un niño entró corriendo.

—¡Mamá dice que no te olvides del pan!

—Mario, te tengo dicho que saludes cuando entres en la tienda.

—¡Hola, Señor! —dijo el niño mientras me miraba con timidez.

—Hola…eres… ¿Mario Luque? —dije mientras intentaba devolver a su sitio la silla que nunca había visto en la tienda.

—Sí, señor. Me llamo Mario Luque Navarro tengo seis años vivo en la calle de Zorrilla número catorce segundo piso —dijo de un tirón con los ojos cerrados.

—Hola —dije sonriendo. Me arrodillé y abracé a mi padre por primera vez. Cerré los ojos,   deseé que no fuera un sueño y que el tiempo se detuviera para siempre. Cuando los abrí, había vuelto la oscuridad y el frío. La luz se había escapado de mis brazos junto al calor de mi padre.

Los siguientes días, cuando entraba en la tienda, miraba la Freshman de los años 20, y cerraba los ojos con la ilusión de poder volver a ver la sonrisa de mi abuelo. Con esa misma sonrisa, pero con una mirada pulida por lo años, siempre decía que las antigüedades son como cajones donde se guardan recuerdos de las personas que ya no están. Me acercaba al reloj del siglo XIX, tocaba la madera viva y sentía el calor de mi padre de seis años.

Unos meses después, una mañana calurosa, un turista entró en la tienda y preguntó por el precio del reloj. Le dije que no estaba en venta. Me dijo que su abuelo había vendido uno igual a un joven español hacía muchos años. “Mi abuelo lloraba cuando volvió a casa después de la venta”, dijo sonriendo. Sentí que debía regalárselo. “No tengo hueco en mi casa para un trasto tan grande”, dijo. Lloré de alegría por primera vez desde aquella fría mañana de octubre.


Safe Creative #1812199373150


Deja un comentario

Your email address will not be published. Please mark all required fields.