Mi patria

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Mi patria es una maceta en medio del jardín. Mi bandera es una hoja de laurel que espera por el rocío de la mañana. Y mi himno es un popurrí de canciones de rock sobre la libertad. Soy de la izquierda de Messi, de la derecha de Iniesta y del centro de la armónica de Dylan.

Y sí, yo canté la maleta con Taller Canario. Y en los noventa sentí cómo se me inflaba el pecho al ver las siete estrellas verdes sobre la bandera tricolor. Casi sin darme cuenta, cambié el color favorito que tenía desde niño, y el azul flojo sustituyó al rojo.

Ruego que no se me malinterprete. No hablo de la independencia que tan de moda está. Mucho menos de política. La primera no la necesito, porque independiente ya lo soy, a mi manera, pero lo soy. En cuanto a la segunda, la política, me prometí no escribir nada sobre “eso” que no saliera de la boca de un personaje. Y yo no lo soy, aunque el autor se empeñe en llevarme la contraria. Además, de los “-ismos” políticos, aunque sé que está mal, ando un poco cansado.

Ni política, ni independencia. Hablo de identidad. Del pasado misterioso de un pueblo. De los libros que hablaban de trogloditas y saltaban a 1492 (sin pasar por 1483); de maestros que se sentían culpables de dedicar tiempo a enseñar cosas que tampoco venían en sus libros.

Érase una vez en un barranco de Gran Canaria. Un grupo de amigos pasábamos el rato en un asadero. Y entre acordes de Pink Floyd ignorados por todo menos por el que tocaba, y rondas de “chupitos” exigidas por almas con más valentía que resistencia, alguien me dijo:

—Pero, mírate, tío, si eres más europeo que la puta reina de Inglaterra.

Sí, ya arreglábamos el mundo en esa época. Por el nivel de exaltación del lenguaje, calculo que en ese momento estaríamos colocando las bovedillas del techo del Universo (o encalando la vía láctea). Y como casi siempre que habían chuletas congeladas de cuello por medio, la mayoría teníamos algunas copas de más. Y me callé, porque en el fondo creí que tenía razón. Al fin y al cabo, qué sé yo lo que hicieron aquí aquellos antiguos castellanos.

Aquella noche, cuando llegué a casa, con la mirada turbia por los güisquis, me miré en el espejo y pensé: “Igual tiene razón, este jodido”. Igual mis “tatarata…tataraabuelos” eran dos campesinos que vinieron de Cádiz para buscar una vida mejor. O igual eran portugueses o milaneses, que se apuntaron a la “gira” después de ver un cartel que anunciaba las recién conquistadas Islas Afortunadas. ¿Qué se yo?

Al día siguiente, con el aliento de un “tragafuegos”, pero la mente algo más centrada, me encontré a mi amigo sentado en la acera de su casa. Aún resoplaba ron en estado gaseoso. Barajaba las cartas y esperaba por otros tres para echar una zanga. Él ni se acordaba de lo que había dicho la noche anterior; pero yo, que le había dado unas vueltas al asunto, le dije:

—¿Sabes, tío? Anoche tenías razón.

Él me miró extrañado. Debió hacer un esfuerzo inmenso para repasar todo lo que habíamos hablado durante la noche. Recuerdo que perdió el color (el poco que tenía) y cuando lo vi perdido en la nebulosa de Orión, le dije:

—Tranqui, no te pusiste faltón.

—Coño, qué susto, compadre —dijo —Es que no me acuerdo de nada.

Y es que la amnesia era muy habitual después de nuestras celebraciones. La memoria colectiva de los presentes era la única forma que teníamos de ir reconstruyendo la realidad. Y había veces (muchas) que no poníamos demasiado empeño, básicamente por el  miedo a que el recuerdo nos trajera problemas y/o vergüenza.

Después de recordarle el comentario en el que me relacionaba con la familia real inglesa, dijo:

—¿Quién sabe, tío? ¿Quién sabe?

Asentí y luego me repetí su pregunta dos o tres veces. “Ahí está”, pensé, “esa es la clave”: No había encontrado una respuesta porque lo que debía haber buscado era una pregunta.

No importa que por mis venas corra la sangre de la mismísima de Isabel II, que aunque no tengo nada contra tan distinguida persona, espero que no. Lo que me duele es que no me enseñaran quienes fueron los que pisaron la tierra sobre la que jugué. Porque, aunque sea más europeo que la reina de Inglaterra, yo trepé por los mismos riscos que treparon “ellos”. Y cuando estaba cansado me remojé el cogote con el agua de los mismos nacientes.

Y llegado a este punto, tengo un deseo, y como desear no cuesta nada ni hace daño: Deseo que cuando los niños (sean de donde sean) hablen de sus antepasados, tengan o no la misma sangre, hablen de “ellos” en primera persona, porque a mí no me sale. Me imagino que porque no me lo enseñaron.

Por favor, que nadie se moleste ni se sienta ofendido. No creo que esto sea política. Yo lo veo como un derecho al conocimiento de un pasado, de una cultura que enriquece, que nos enriquece a todos; también a los que lo ven como una ofensa.

Porque nos guste o no, las fronteras y las banderas son un invento del Hombre. Y esta Tierra, aunque cueste admitirlo, no entiende ni entenderá nunca de lineas imaginarias ni de telas pintadas. Y si tengo que elegir entre Hombre y Tierra, me quedaría con la serie de Felix Rodríguez de la Fuente, que en paz descanse.

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