Mi rock & roll se escribe con M

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Duele escribir sobre lo que duele. Preferiría tocarlo después de un par de porros, un malboro en el clavijero de una Epiphone y la distorsión de un Crunchy a tope, pero sentí que tenía que escribirlo y aquí está.

Mi rock & roll se escribe con M de Mingo.

Mi rock & roll se escribe con M porque la persona que me acompañó a comprarme mi primera guitarra se llamaba Miguelín. De él aprendí los primeros rifs de blues, también aprendí que tocar la guitarra requería de dos cosas: tiempo y paciencia. Y como yo no tenía ninguna de las dos, para mí hicieron falta cuatro: tiempo, paciencia, buscar tiempo y aprender a ser paciente. Y lo conseguí. Y un día nublado de un mes que no recuerdo me sorprendí tocando Cocaine en un local que se caía a cachos. Una lata de tropical decoró el amplificador y el resto del mundo hibernó en el olvido durante unos tres minutos. Me pareció increíble, mágico, aún recuerdo lo que sentí allí, en medio de trastos, sonrisas, cables rotos, pilas gastadas y tiendas cerradas. Lo sentí allí y después también en mi cuarto, con mi ampli de diez vatios y mi Samick emulación de Strato de quince mil pesetas. Sí, la misma que probó Miguelín en la tienda, y que yo miraba desesperado para que diera el visto bueno y saliéramos disparados a tocar.

Mi rock & roll se escribe con M porque el único grupo en el que he tocado se llamaba Memphis y el alma de Memphis era Mingo. Él y yo eramos amigos desde la infancia, vivíamos en el mismo barrio, a menos de cien metros, pero la música creó entre nosotros un mundo nuevo. Cuando tocas con alguien durante tanto tiempo, te acostumbras a compartir un trozo del alma, y no te das cuenta hasta que ya no puedes hacerlo. Recuerdo oírle confesarme una de sus ilusiones. Guille, te llama Mingo, dijo mi madre aquella tarde. Cuando salí, él esperaba sentado en la acera, con una Fender Telecaster negra. Vamos, tío, tienes que oírla. Unos años antes, cuando compré mi primer vinilo (el Born to Run de Bruce Springsteen) jamás pensé que un día, unos años después (no tantos), un amigo me esperaría con una Telecaster para ir a ensayar con mi propia banda. Era como un sueño pero además era real.

Mingo nos dejó y Memphis se quedó sin alma. Fue entonces cuando aprendí que una banda sin alma puede sonar bien, muy bien, pero no sirve de nada, porque el arte sin alma es vacío, y el vacío no se siente, tampoco emociona.

Una de sus canciones preferidas es Stairway to Heaven de Led Zepellin. Siempre que la escucho, miro al techo y me quedo en silencio unos segundos, siempre con la esperanza de poder recordar el sonido de la Epiphone y el amplificador Lab Series L3. Ese mismo amplificador que pesaba un quintal y que sobrevivió a una caída desde una Toyota Hilux en movimiento, en medio del autopista, y que yo esquivé como pude desde mi Renault 5 porque iba justo detrás, pero esa es otra historia. Allá donde esté, estará sonriendo recordando el día en que dejó de funcionar para siempre el Reverb del amplificador. Resulta irónico que solo se estropeara lo que él nunca usaba en su Lab Series L3.

Guille_

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