Mi última noche con Chapi

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¿Loco? No, Chapi no estaba loco, Chapi era un loco. Pero no un loco de esos catalogados por patología y porcentajes de esto y lo otro, no, de esos no, él era más bien un tipo libre que decía y hacía lo que le apetecía en cada momento. Disfrutaba de una libertad construida a base de rebeldía; y quizás fue esta última la que le empezó a traer problemas; problemas que se le fueron colgando del culo, algo así como las latas que cuelgan del parachoques de un coche de recién casados en las películas de Hollywood, pero más pesadas y escandalosas, sobre todo más pesadas. Ahora que lo pienso, ¿qué extrañas tradiciones, las de los yanquis?

Yo fui el último que lo vio con vida. Lo dejé en su casa sobre las tres de la madrugada, quizás algo más tarde, tres y cuarto o así. Cuando nos despedimos en el portal, los dos estábamos hasta el culo de tripi y hachís, pero controlábamos lo suficiente para tener una conversación con cierto sentido, una última conversación, nuestra última conversación. La recuerdo. Franqui, no sé si te volveré a ver, así que… Te quiero un huevo. Me abrazó. Yo no supe responder. Jamás había oído una cosa así saliendo de sus pulmones. Él tenía otras formas de decirte las cosas. Como el día en que le conté que estaba jodido de perras y me vino dos horas después con un fajo de billetes de diez mil pesetas. El colgante es para la viejita, dijo, el tío. Cuídala, cuando la pierdes te das cuenta de lo que la quieres, cuídala. Metió los billetes en el bolsillo trasero de mi pantalón y el colgante en el de la chaqueta. Luego cruzó el dedo índice sobre los labios, se dio media vuelta y no volví a verle hasta que todos se olvidaron de la sucursal que habían atracado en la ciudad. Lo más curioso es que nadie sospechó ni preguntó por su ausencia, quizás porque pensaron que se lo habían cargado, o quizás había tenido que salir huyendo para que no se lo cargaran los del cártel de los gallos, de ellos ya tenía varias latas colgando del culo, esas eran las más pesadas, y lo peor es que no hacían ruido. En el fondo, todos pensaban que no llegaría a los treinta, y se equivocaron. Mi última noche con Chapi cumplió treinta y tres. Te cogí, Cristo, ya puedo palmarla tranquilo, dijo apagando el mechero que encendí después de balbucear un cumpleaños feliz. Recuerdo ese momento como uno de los más felices de mi vida. Un cuarto de tripi y dos o tres porros nos dejó en un estado en el que no habíamos estado nunca. Un paseo por las calles desoladas de la ciudad, a media noche, un frío humeante, aquello se convirtió en un momento inolvidable de mi vida, y me atrevería a decir que también de la suya. Sabes, Franqui, la felicidad está sobrevalorada, es como un chute de caballo, subes al cielo y luego te hundes en la mierda, y te revuelcas buscando el siguiente. El sexo es algo parecido, pero con menos mierda al final, ¿o no? Ya ni lo recuerdo, tío. Sin embargo esto… Esto, tío… Esto es lo que la gente busca, el puto equilibrio, cuerpo y mente, ahí, alineados, desfilando tiesos como unos putos legionarios, el universo entero se expande y nosotros con él, ¿no lo notas? Sí que lo notaba, pero no respondí. Yo ya había empezado a desequilibrarme.

Los informes de la policía hablaron del mal estado de la instalación eléctrica, de que un supuesto cortocircuito habría desencadenado el incendio. Los vecinos escucharon gritos entre las tres y las cuatro de la madrugada. Nadie supo precisar la hora exacta. Todos dijeron que no llamaron a emergencias porque pensaron que se trataba de un grupo de jóvenes armando escándalo. Jóvenes divirtiéndose. Los gritos de una persona que se quema viva deben parecerse bastante a los de unos jóvenes divirtiéndose… El cuerpo apareció calcinado, irreconocible, sobre la cama, una pistola sobre en el pecho y dos disparos, uno de ellos le reventó el corazón y salió por la espalda, el otro se quedó sin fuerza y decidió pararse en el esternón. Estaba colocado. Una jeringuilla junto a la cama, en el suelo. ¿Chapi metiéndose caballo? Pensé cuando me lo dijo el comisario. Según decía un agente, no se enteró hasta que ya era muy tarde para poder levantarse. Se pegó dos tiros en el pecho. Accidente y suicidio. Una investigación digna de unos borregos con un iluminado al frente. No entendí nada, pero cerraron el caso.

A mí me tocó identificar el cuerpo. No es él, pensé. Es él, dije. ¿Seguro? Preguntó el comisario. Seguro.

Tres días después de su muerte, encontré una nota manuscrita en mi buzón:

De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos (Corintios 15:21)

No te preocupes, nadie lo echa de menos, el mundo está mejor sin él.

Era su letra. Además de libre y rebelde, Chapi era un tipo inteligente.

 

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