Montaña y poesía

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Terminé la ascensión antes de la hora prevista. Subí en compañía de mis fantasmas, acometiendo la cara más temida por los alpinistas, la ruta que todos me desaconsejaron. Me postré sobre la explanada rocosa de la cima. Era todo piedra apagada por el tiempo y erosionada por el viento. Pequeñas valientes salían de las grietas y florecían, se mostraban delicadas y ocultaban un espíritu obstinado. A lo lejos, un manto verde respiraba en silencio y abrigaba vida. Más allá, un horizonte forjado por un océano embustero mostraba sosiego, escondía furia, y cortaba verde sin piedad. Una cúpula celeste lo cubría todo. Morí y nací. La cúpula había sido apagada y decorada por estrellas huérfanas de luna. Cerré los ojos, inspiré un aire carente de oxígeno, disfruté de mi reinado y espiré a la vez que expiraba mi reinado. Suavizado y algo distorsionado por la tela de la mochila, escuché uno de los sonidos más familiares y temidos de los últimos años: el teléfono móvil. Sonido largo y estridente que simulaba el clásico timbre de teléfono de baquelita. Llamada de mi jefe, el que me permitía sobrevivir como ingeniero mientras vivía para el alpinismo.

—¿Dónde coño está?

—Buenas noches, don Luis. Estoy de vacaciones desde el lunes. Le entregué el parte a recursos humanos hace dos meses.

—Ha llamado un no sé quién, de no sé qué empresa. Dice que si no le envía el proyecto antes del viernes, cancelará el contrato y no pagará ni un duro. Le espero mañana a primera hora en mi despacho. Si no viene, está despe… —Corté la llamada y apagué el móvil. Ahora sí. Ahora mi vida es montaña. Montaña y poesía. Mañana no sé lo que será, pero mañana no existe, y lo que no existe no me preocupa.

GRR_


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