Vivir para escribir

Buscando mi voz (con relatos breves y microrrelatos)

El miedo de Josefa
Tiempo aprox. de lectura: 10 min

A los pies de la tristeza, junto a la dedicación en la que algunos solo ven sacrificio, se encuentra el amor verdadero.

El miedo de Josefa nació unos minutos después que su hijo, el pequeño Eduardo. La partera, empapada en sudor y con los brazos cubiertos de sangre hasta los codos, le dijo que algo había ido mal y que necesitaba ir a buscar a un médico. Manuel, el marido de Josefa, estaba tan borracho en aquel momento, que no se enteró de nada hasta el día siguiente. Josefa rezó para que si hubiera un dios, se la llevara a ella y dejara vivir a su hijo. Esperó por el médico con el niño pegado al pecho, azul, hinchado, cubierto de gelatina. Con mucho cuidado, colocó sus dedos sobre el pecho y le susurró que siguiera latiendo, por lo que más quieras, no te pares. Seguir leyendo…

Antes de conocerte
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Antes de conocerte, mi vida era gris, simple, sencilla. Todos los días empezaban con un crepúsculo y terminaban con otro; yo los contemplaba desde mi ventana, con un vaso de vino, tinto, siempre de la misma marca, siempre comprado en la misma tienda, siempre mirando al suelo, ignorando la misma sonrisa, siempre del mismo dependiente. Seguir leyendo…

Mi rock & roll se escribe con M
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Duele escribir sobre lo que duele. Preferiría tocarlo después de un par de porros, un malboro en el clavijero de una Epiphone y la distorsión de un Crunchy a tope, pero sentí que tenía que escribirlo y aquí está.

Mi rock & roll se escribe con M de Mingo. Seguir leyendo…

El color del jersey rojo
Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Hay historias de amor de acaban por el principio y empiezan por el final.

Hay historias de amor que duran toda una vida. Una pocas, muy pocas, son capaces de sortear a la mismísima muerte y perduran una vida y pico; a veces, pocas, menos aún, el pico es largo y burlan tristeza de ausencia, añoranza de presencia, barrigas implosionantes de dolor, burlan todo eso y más, y perduran casi dos vidas y mueren con el último latido del último corazón amado. En cambio esta historia, la mía, la de la mujer del jersey, duró un instante, es probable que fuera el más largo de mi vida, duró algo más que una mirada, algo menos que una sonrisa asesinada por la cobardía y la resignación. Seguir leyendo…

Los ojos de Said
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Los jueces no devuelven el tiempo ni las vidas robadas de las otras víctimas, de los acusados injustamente, de los sentenciados a una cadena perpetua social por algo que no han hecho. Con humildad, dedico este relato a todos los que (como Said) han sido envenenados por el prejuicio (racial o de cualquier otro tipo), con el deseo de que el antídoto del amor elimine el veneno de sus venas y de las de sus familias.

El relato breve «Los ojos de Said» lo escribí como relato de fin de curso del Curso de Técnicas Narrativas de Néstor Belda. Gracias, Ness. Gracias también a Txaro Cárdenas, de Moon Magazine.

Enlace al relato: http://bit.ly/2RmNX02

 

La gallina Molina
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

La gallina Molina intentó volar desde muy pequeña. Cada mañana, desde que el gallo Rayo la despertaba con su canto, Molina revoloteaba por el corral con la certidumbre —y sé que así era porque ella misma nos los decía a todas—, de que al final del día volaría junto al aguililla Polilla, que sonreía desde lo alto premiando el entusiasmo y la obstinación de Molina. Las otras gallinas del corral ya se habían cansado de decirle que las gallinas no vuelan, que la evolución, a veces cruel, más cruel de lo que le gustaría a las gallinas, las había dejado sin volar por alguna razón que ellas no entendían; que la había, sí, la razón existiría, de eso estaban todas seguras, pero no estaban preparadas, aún no, para saber qué macabra razón podría tener la evolución para ponerle alas a las gallinas y privarlas del don del vuelo. Molina las escuchaba, lloraba a escondidas, luego suspiraba y volvía a intentarlo. Seguir leyendo…

El abismo de dos metros
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

—Joder, sí —gritó.

Se subió a la barandilla, levantó los brazos y cerró los ojos. Igual él, cuando negó con la cabeza y dibujó una de esas sonrisas condescendientes, no sabía lo que ella sentía, pero yo sí, y tanto que yo lo sabía. Ella sentía el viento del norte. Lo supe porque remojó los labios y sus ojos brillaron al mirar el abismo que caía allá abajo, a lo lejos, a unos dos metros de sus allstar. Lo hizo hasta que llegó él y convirtió el suspiro de libertad en resignación, la rebeldía, esa que le hacía apretar los dientes, correr, gritar, llorar, esa rebeldía la convirtió también en una resignación que le permitió por fin ser feliz. Seguir leyendo…

El día del beso
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

El día del beso, Maika llegó algo más tarde que su familia a la exposición; el trabajo, siempre el trabajo. Tú y el curro, decía Alejandro, organizador del evento, un certamen de pintura rápida. Maika cogió el brazo de su marido y dijo:

—Tengo que ir baño.

—¿Quieres que te acompañe, cariño?

—No te preocupes, ahora vuelvo.

Alejandro estaba a unos veinte metros, junto a los baños químicos, una zona oscura y maloliente que él mismo había decidido ubicar allí cuando organizó el evento.

—Lo que me faltaba —dijo Maika al verle. Seguir leyendo…

La rosa del peregrino
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Solo una luna de globo que colgaba del cielo y que jugaba a esconderse detrás de las nubes; solo ella estaba presente cuando el peregrino entró en la Praza do Obradoiro. No había sonido de gaitas, turistas ni otros peregrinos. Algún trasnochado con paso de firmeza cuestionable y mirada perdida. La mirada del peregrino también estaba perdida, traía la pierna derecha a remolque y una barba desaliñada que ocultaba una piel quemada por el sol, un sol de una primavera que alternaba noches frías y días calurosos. En la mano derecha llevaba una rosa con lo que le quedaba de tallo dentro de una botella de plástico.

Un fantasma miró la rosa con desprecio y dijo:

—¿Desde dónde? Seguir leyendo…

La cruz de Maruca
Tiempo aprox. de lectura: 11 min

¿Cuántas perdices has sido decapitadas por los finales felices? Miles. Millones. Vaya usted a saber. Si hay alguna perdiz por ahí, que se esté tranquila, porque en esta historia no corre ningún peligro, ni ella ni nadie de su especie, porque me consta, que a diferencia de los seres humanos, las perdices no disfrutan con la desgracia de sus semejantes. Y dicho ésto, vamos a lo que vamos, la historia.

Dolores abrió la tienda a eso de las nueve de la mañana. Corrió la tranca de la puerta y la arrastró a la vez que ignoraba el chirrido que salía del roce con el suelo. Seguir leyendo…