Vivir para escribir

Buscando mi voz (con relatos breves y microrrelatos)

En el Viaducto de Segovia
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Rafael, don Rafael para los vecinos, era un hombre solitario, de sonrisa fácil y poca palabra, un enamorado del silencio, un noctámbulo que arrastraba su silueta quijotesca por los parques de Madrid. Unos decían que buscaba recuerdos en los rincones, otros, que desde la muerte de su esposa, Rafael andaba buscando su fantasma en los bancos donde se solían sentar juntos. El paseo diario siempre acababa junto a la barandilla del Viaducto de Segovia, también conocido como Puente de los Suicidas por el macabro servicio que prestaba a la ciudad, además del de prolongar la calle Bailén, salvando el desnivel con la calle Segovia. Allí rezaba el viejo cada noche por el alma de su esposa, también lo hizo en la última noche de su vida, una noche en la que, de vuelta a casa, se sentó en un banco del Parque de Atenas para coger aire y sintió que por fin era hora de volver con su Manuela.

Esa misma noche, una joven se subió a la barandilla del viaducto y dijo: Seguir leyendo…

La lista
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Todos decían que Mai y Pablo se querían con locura.

—¿Pero qué coño estás diciendo? —preguntó Pablo—. No me jodas, Mai, ¿pero tú te crees que es tan fácil como eso?

—Vete —repitió Mai—, o llamo a la policía.

—Déjame explicártelo. Yo no quería hacerlo.

—¡Que te vayas, joder! —interrumpió Mai—. ¡Vete de aquí de una puta vez!

Luego miró por la ventana y trató de respirar. Seguir leyendo…

Los sonajeros del rey
Tiempo aprox. de lectura: < 1 min

Hay ciertas cosas para las que se necesita una edad. O eso, o es que me estoy haciendo viejo.

¡Venga, a seguir viendo la tele! Y con elecciones de propina, otra vez, con lo que me gusta ver a estos cuatro insultándose todo el tiempo. A ver si se le ocurre al rey, con lo alto, guapo y listo que es, Seguir leyendo…

El olor de mi ropa
Tiempo aprox. de lectura: < 1 min

Hoy tampoco encontré trabajo. Y mira que el puesto era perfecto. Y anoche incluso pude entrar al centro de acogida y dormir bien. Y hasta ducharme. Pero no había tiempo para lavar la ropa, no se habría secado antes de la entrevista. No sé, pero creo que fue precisamente eso: el olor de mi ropa, y no mi currículum, lo que hizo que el funcionario cambiara la X de casilla. La próxima vez dejaré claro donde vivo.

Más allá de la cortina
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Ella lo odiaba casi todo. Odiaba las visitas de los conocidos, la frialdad de los médicos, la condescendencia de los enfermeros y la compasión de los extraños. El odio y la rabia se repartían su tiempo. Quería estar sola para escuchar el silencio… Y silenciarlo con músicas ensordecedoras cuando el dolor se le hacía insoportable. Solo tenía un deseo: morir para matar su dolor. Un dolor que solo conseguía calmar viajando a otros mundos, siempre a lomos del caballo, cada vez más salvaje, cada vez más intenso, cada vez más peligroso. Seguir leyendo…

El boliche mágico
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Con el boliche en el bolsillo volví con mi gente. Allí apestaba a una mezcla de maquillaje, tabaco, farlopa y bazuco, así que decidí subir a la terraza y comenzar con el ritual que aquel tipo me había enseñado. Después del acto final, me subí al muro que daba a la calle y me dejé caer. Seguir leyendo…

La cicatriz de tu ausencia
Tiempo aprox. de lectura: < 1 min

Quiero que sepas que estoy aquí, allí, sí, aquí donde nos vimos por última vez. Aunque la madrugada y todo lo que nos metimos aquella noche esturbiaron el recuerdo, lo recuerdo, sí, aún lo recuerdo. Yo lloraba. Creía que me moría. Tú me consolabas como a un niño, me besaste en la mejilla y te alejaste en silencio sin darme la espalda, sonriendo, mirando, negando. Seguir leyendo…

Purpurina invisible
Tiempo aprox. de lectura: < 1 min

No podía dejar de llorar purpurina invisible. No lo hagas, créeme, todo va a salir bien, estamos juntos y eso es lo que importa. Seguir leyendo…

El cochinero y la caja de puros
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

Mi abuelo nunca supo explicar su desaparición. Rogelio, el panadero del pueblo, le contó a la Guardia Civil que lo vio bajar por El Ejido, de madrugada, y que llevaba la burra cargada de lechones. Lo acompañé hasta la orilla del barranco, le dijo al sargento, pero del otro lado venía una fila de cuarenta o cincuenta candiles. Yo sabía que eran almas en pena, sargento, así que me di media vuelta. Venga, coño, no seas miedoso, se empeñó Paco, eso será un rancho de ánimas o alguna celebración. Pero mi abuelo, no sé si por valiente, cabezudo o las dos cosas, le dio una nalgada a la burra y siguió su camino ladera abajo. Seguir leyendo…

La riñonera
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

La riñonera de mi cuñado seguía colgada en el balcón. Mi hermana, con el sigilo de un alma en pena, pero aún colgada de un hilo de vida, pasó diez días metiéndose caballo a todas horas. Cada mañana me pedía que le liara un porro, y con cuidado de no acercarse demasiado a la riñonera, salía al balcón, se sentaba en el suelo y perdía la mirada. Así pasaba horas, en una especie de estado meditativo, como si aquel balcón fuera el templo de un dios, y como si él, mi cuñado, reencarnado en su riñonera, escuchara sus plegarias y se paseara por el más allá encendiendo candiles y mostrando el camino que debíamos seguir después de su muerte. Seguir leyendo…