Vivir para escribir

Buscando mi voz (con relatos breves y microrrelatos)

Mi primer día de clase
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Nunca he visto a nadie especial. Todos somos diferentes, solo eso, diferentes.

El día que empezaban las clases, mientras todos lloraban por tener que volver, yo le suplicaba a mis padres que me dejaran ir. Seguir leyendo…

El primer gran amor
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

El día que volvíamos de las vacaciones en París, le oí decir a mi padre que habíamos llegado demasiado temprano al aeropuerto.

—Quédate con la niña —dijo mi madre —, tengo que ir a buscar algo para la abuela. Seguir leyendo…

El soldado y el capitán
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

El ingeniero que diseñó aquel acorazado dijo que era indestructible. Una obra de arte destinada a ser el orgullo de una nación y el terror del enemigo. Grabó sus palabras junto a su nombre en una placa de cobre y la soldó en la entrada del puente de mando. Pero casi sin que la tripulación se diera cuenta, y sin haber disparado ni un solo proyectil, un torpedo G7e lo envió para siempre a las profundidades del océano pacífico. Seguir leyendo…

El banco de Burt y Deborah
Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Por primera vez desde que se conocían, ella llegó primero. Miró de reojo hacia el banco que tenía enfrente y se sentó. Abrió un libro e intentó concentrarse en las primeras líneas. Después de unos segundos, lo cerró y cogió una cajetilla de malboro. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Miró hacia la entrada del parque y lo apagó cuando vio que él se acercaba.

—¿Por qué aquí? —dijo ella antes de que él se sentara. Seguir leyendo…

Mi patria
Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Mi patria es una maceta en medio del jardín. Mi bandera es una hoja de laurel que espera por el rocío de la mañana. Y mi himno es un popurrí de canciones de rock sobre la libertad. Soy de la izquierda de Messi, de la derecha de Iniesta y del centro de la armónica de Dylan.

Y sí, yo canté la maleta con Taller Canario. Y en los noventa sentí cómo se me inflaba el pecho al ver las siete estrellas verdes sobre la bandera tricolor. Casi sin darme cuenta, cambié el color favorito que tenía desde niño, y el azul flojo sustituyó al rojo. Seguir leyendo…

La jubilación del comisario
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

La primera de polis. Me temo que no será la última.

En su último día de servicio, el comisario Manzano entró en su despacho con una sonrisa que dejó boquiabierto a la mitad de la comisaría. A media mañana golpeó el teléfono contra la mesa y lo lanzó contra la estantería.

—¡Me cago en todo lo que se menea! —dijo mientras se levantaba.

Le dio una patada a la cajonera y abrió la puerta.

—¡Montálvez, venga aquí! Seguir leyendo…

Un mártir para la cripta
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Lucas dejó caer la bicicleta, se sacó los pantalones de los calcetines y sacudió la gravilla de los zapatos. Entró por la puerta lateral. Cuando pasó junto al sagrario, se detuvo un instante para persignarse. Luego miró de reojo la escalera de la cripta y se dirigió al confesionario. En la sacristía, el padre Simón despachaba a un enviado del obispo. Como cada día, tenía que informarle sobre la desaparición del padre Elías.

—Ya son siete días. El obispo quiere cerrar este tema lo antes posible.

—Corre el rumor de que ha huido con una joven —dijo el padre Simón.

—No lo dice muy convencido. ¿Y usted qué cree?

—Me temo algo peor, hijo, mucho peor que eso. Seguir leyendo…

El entierro de Benito – Cogotazo al cura
Tiempo aprox. de lectura: 7 min

Relato no recomendado para menores de 12 años.

Aquel día fue uno de los más tristes de mi vida. Enterrábamos a un amigo, y a pesar de que lo hacíamos entre sonrisas por el recuerdo, teníamos los corazones destrozados por su ausencia.

Todo iba “bien”, todo lo bien que puede ir teniendo en cuenta las circunstancias, hasta que el nuevo cura, un joven pavo real de cola esbelta y sotana ajustada, que atraía “solteronas” de la misma forma que la mierda atrae a las moscas, empezó con su sermón de despedida.

—¿Saben qué?

Comenzó el desgraciado, con una sonrisa angelical que nunca olvidaré. Las “solteronas” de la primera fila, asintieron y sonrieron como palomitas oyendo el arrullo del palomo buchón. Y hasta ellas se encogieron de hombros y se miraron unas a otras cuando el cura dijo:

—Me alegro de que Benito haya muerto. Seguir leyendo…

El niño y el faro
Tiempo aprox. de lectura: 9 min

Toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma (Charles Dickens)

Hasta bien cumplidos los diez años, yo vivía en una aldea sin nombre separada del mar por un cerro al que llamaban “Cerro de la muerte”. Por donde quiera que miraras, la costa era algo parecido a un infierno de aguas cortadas por rocas negras. Fueron tantos los barcos que tocaron aquellos fondos abismales, que los aldeanos, aún sin tener nada para llevarse a la boca, juntaron cuanto tenían y construyeron un faro sobre el peñasco más alto de los que emergían del fondo del mar.

Contaban los viejos que en él vivía el farero, y que una noche en la que la luna lloraba sangre, unos piratas berberiscos se acercaron en busca de agua y víveres. Para evitar que pudieran verlo, el pobre farero, asustado, apagó la linterna del faro y esperó a que el barco se alejara. Pero la tozudez del capitán hizo que se empecinara en seguir navegando en medio de la oscuridad hasta que encalló y hundió su nave. Los mejores nadadores lograron llegar a la peña del faro y decapitaron al farero. Desde entonces, dicen, su cabeza vigila que la linterna no se apague. Esa es la leyenda que cuentan los viejos, pero que yo nunca creí. Seguir leyendo…

3718 metros – Vino, queso y bizcocho
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Tres mil setecientos dieciocho metros de altitud, metro arriba, metro abajo.

Hace tiempo que tenía metido en la cabeza subir al Teide (Tenerife) y me enteré de que allí habían señalizado una ruta a la que llaman 0-4-0. La quería hacer caminando, sin prisa, porque la montaña me habla solo así, cuando no tengo prisa. La ruta comienza junto al mar y llega a lo más alto del pico. Y la hice. Y cuando llegué a la cima, pensé que no sería mala idea repetirlo en cada una de las islas, siempre de costa a punto más alto. Y luego, esperando por el barco que me llevaba de vuelta, con más oxígeno en el cerebro y el murmullo de las primeras agujetas, pensé que podría escribir algo sobre estas experiencias.

No tengo la intención de escribir entradas del tipo: empecé a tal hora en tal sitio, me dolía esto y luego lo otro. Y cuando llegué a la cima, era tal hora, la duración total fue tanto y estaba a una altitud de cuanto. No, la verdad es que, aunque pueda sonar un poco mal, a mí no me apetece. Mi idea era dejar que pasara unos días después de cada experiencia, y escribir sobre lo que se me ha quedado rondando por la cabeza. Seguir leyendo…