Peter y Little Susie

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Peter era un ser de piedra que comía pinos. Los cogía por el tronco como si fueran palillos de diente, los arrancaba de raíz y se los tragaba enteros. Era el último de su especie. Esa mañana se despertó más temprano de los habitual. Con mucho esfuerzo, se arrastró con sus cuatro brazos hasta el lugar donde habitaba el último pino. Vivía en la cima de una montaña de tierra oscura y piedras muertas. En aquel lugar, el viento soplaba con tanta fuerza, que había hecho que el pino creciera torcido. Apenas había tenido tiempo para crecer. Cuando Peter levantó una de sus manos para arrancarlo, oyó que lloraba.
—Los pinos no lloran —dijo con voz de ser de piedra, grave y que hacía temblar todo lo que había alrededor.

—Y los seres de piedra no hablan —dijo el pino con una voz suave —. Además, yo no soy un pino. Aunque mis padres y mis abuelos lo eran, yo no lo soy. Me llamo Little Susie y soy un hada del bosque.
—Las hadas no existen, y ya no queda ningún bosque. Conozco bien los pinos y tú eres uno de ellos. Te tengo que comer.

—¿Por qué?

—Porque es lo que hacen los seres de piedra. Lo hicieron mis padres y también mis abuelos. Lo han hecho todos los seres de piedra desde tiempos remotos. Si no te como, moriré.

—Morirás de todas formas. Ya no quedan más pinos.

Peter se quedó pensando en lo que le había dicho Little Susie. Los seres de piedra son inteligentes, pero piensan muy despacio.

—¿Estás llorando? —dijo Little Susie.

—No quiero comerte, pero tampoco quiero morir.

—Soy un hada del bosque. Mi magia puede hacer que no mueras.

—Está bien, esperaré hasta mañana —dijo Peter desconfiado.

Peter pasó la noche mirando a Little Susie y pensando en lo que habían hablado. El viento soplaba fuerte y hacía que sus “ramitas” se torcieran y arrastraran el “tronquito” hacia el suelo. Ya casi no le quedaban hojas. Con cuidado para no despertarla, se arrastró y se colocó para protegerla del viento. Cuando Little Susie dejó de sentir el aire, despertó y miró a Peter. Sonrió y volvió a dormirse.

La mañana siguiente, Peter despertó sin hambre de pinos. Esperó un día más y luego otro. Little Susie empezó a crecer con mas fuerza y sus ramas empezaron a ponerse verdes. Su tronco se fue girando para crecer hacia el cielo. Peter la contemplaba todo el tiempo y se enorgullecía de lo que había conseguido tan solo dando unos pasos hacia el norte.

Pasaron los años antiguos y Little Susie se convirtió en un pino adulto. De sus ramas cayeron piñas y de las piñas nacieron nuevos pinos. Siguieron pasando los años. Peter estaba feliz viendo cómo la montaña se empezaba a llenar de pinos de todos los tamaños. Little Susie seguía envejeciendo. Lo hacía sintiéndose feliz y orgullosa de la familia que había formado con la ayuda de Peter. Cuando Little Susie no tenía más fuerzas llamó a Peter y le dijo que tenía que irse al cielo de los pinos. Peter y el bosque entero lloraron toda la noche. Cuando las lágrimas de Peter llegaron al lugar donde yacían muertas las raíces de Little Susie, una mariposa levantó el vuelo y se acercó a Peter.

—Hola Peter.

—¡Déjame! Las mariposas no hablan.

—No soy una mariposa. Soy el hada de este bosque.

—¿Little Susie?

—Sí, soy yo. ¿Por qué lloras, Peter?

—Porque ya no estás conmigo.

—Sí que lo estoy, y lo estaremos para siempre.

—Pero yo no soy un hada, soy un ser de piedra.

—Peter, no eres lo que eran tus padres ni tus abuelos. Eres lo que haces.

“Eres lo que haces”, pensó Peter durante días hasta que una mañana soleada vino Little Susie a visitarlo.

—Ya no lloras —dijo Little Susie.

—Es que ya no soy un ser de piedra. Ahora soy un protector de pinos, y los protectores de pinos no lloran.

—Eres lo que haces, Peter. —dijo Little Susie posándose sobre los ojos de Peter y dándole un beso de mariposa en sus pestañas.

Y el hada del bosque y el protector de pinos fueron felices para siempre.


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