Polvo de urna

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Los padres de Carlos insistían en recuperar sus cenizas. Después de once años de rechazo y otros diez de desprecio, aún les quedaba un día de insultos, y el que debía ser uno de los días más felices de nuestras vidas, se convirtió en una pesadilla.

—Hay que ser un imbécil para dejarlo todo por un hombre —dijo su padre irrumpiendo en la celebración.

—No puedo respirar —dijo Carlos —. Necesito aire.

Me miró y salió tambaleándose. Una hora después estaba envuelto en acero. Sintió el aroma de las primeras lluvias sobre el asfalto y dejó de respirar.

Ahora sus padres esperan en el portal. Suspiran por tenerle sobre la repisa del salón. Normal, ellos aún no saben que su hijo sobrevivió a aquel accidente. Y no seré yo, no, quien le recuerde a mi marido que sus padres solo le quieren como polvo de urna.

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