Preguntas sin respuesta

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Tres golpes seguidos en la puerta. Otro más. Debe ser mi madre.

—Madre, ya voy.

—No te asustes, papá —dice una chica —, soy yo, ¡y no te levantes!

Me pregunto de quién diablos será ese bastón. ¿Por qué me costará tanto levantarme?

—Espera, papá… Joder, ¿cuántas veces te he dicho que no te levantes solo?

¿Papá? ¿Y quién será esta chica, tú?

—¿Qué quiere, señorita?

—Dame dos besos, papá. Soy Amalia, tu hija, la mayor, ¿te acuerdas?

—¿Mi hija? ¿Sí? Ah, sí, claro, Amalia, mi cabeza, ¿quieres un café?

—No puedo, te dejo las albóndigas en el muro. Aún están calientes. Ya le dije a Fátima que sancochara papas. Tengo que volver al trabajo, ¿vale? Esta noche te traigo a los nietos, así te dan la lata un rato y me dejan respirar. ¡Fátima! ¡Fátima!

¿Fátima? ¿Quién será esa Fátima? ¿A quién le estará gritando esta chica?

—¿Y Fátima? ¿Dónde está Fátima, papá?

—¿Qué Fátima?

—Nada, no pasa nada, tranquilo. Joder, llego tarde al trabajo, ¿dónde coño estará Fátima? Ahora la llamo. Adiós, papá, no te levantes.

—Está bien, está bien. Adiós.

Amalia. ¿Quién diablos será Amalia? Y va y dice que me gustan las albóndigas, y que va a traer nietos. ¿Nietos? Y algo de una lata. ¿No será muy joven este chica para tener nietos? No sé yo si será muy joven para eso. Ella sabrá… ¿Quién será esa Fátima del diablo?

Alguien está intentando abrir la puerta. Otra chica.

—Hola, señor, ya estoy de vuelta. Aquí tiene lo suyo. Me llamó su hija. Levántese, así, con cuidadito, que los años no perdonan.

—¡Mi espada!

—¿Qué espada, señor?

—Tráigame mi espada, coño. La espada.

—Ah, su bastón, tome. Le ayudo, agárrese aquí.

—¡Qué grande eres! Yo también seré mayor algún día. ¿No será usted esa Fátima de la que hablaba la chica?

—Sí, don Juan, soy Fátima. Ella era Amalia, su hija, la mayor.

—Hay que ver, qué grande, por Dios.

—Si le oye mi novio…

—¿Él también es grande?

—¿Joaquín? ¿Grande? No me haga reír, don Juan, no me haga reír, que nos caemos los dos.

¿Joaquín? Yo solo conozco a un Joaquín, el padre de mi amigo Marcial, ¿pero no se murió el mes pasado? Amalia es mi hija, ¿eso ha dicho la chica, no? ¿Qué chica lo dijo, ésta o la otra? Me falta saber por qué me han traído las dichosas almóndigas. Con lo poco que me gustan las malditas almóndigas.

—Mire, don Juan, hoy comemos albóndigas, con lo que le gusta las albóndigas. Voy a pelar las papas.

¿Me gustan las almóndigas? ¿A mí? No entiendo nada.

FIN

GRR_

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