Psicología con P – Capítulo II

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Soy un desastre, un fracasado, un amargado, un niñato, una víctima, un perdedor, un capullo… y la lista podría continuar. Ya son más de dos años de relación con Rocío y es muy creativa en lo que respecta a los insultos. Según ella, lo hace para que espabile, para ayudarme a crecer, a madurar y a superarme. Ah, se me olvidaba, y porque me quiere. Y tiene razón, soy todo eso, pero quiero dejar de serlo, y eso ella no lo cree. Cuando volví de la consulta de la psicóloga, estaba hundido. Además de ser un idiota, soy un ingenuo y pensé que dar “el paso”, como le llamaba Rocío, me ayudaría. No tengo remedio. Rocío me lo ha dicho casi a diario desde hace tiempo: “No tienes remedio”. No lo tengo, lo reconozco, pero no he dejado de intentarlo.

—¿Qué tal te fue con Pe? —dijo Rocío después de apagar el televisor. Cuando Rocío apaga el televisor es porque se avecina un frente tormentoso.

—Bien —mentí de la única forma que sé hacerlo: mal.

—¿Cuándo vuelves?

—No volveré. Ya no me hace falta. Me siento mejor.

—¿Y qué te dijo?

—Nada. Se quedó mirando atontada. Para mí, que esa chica también necesita un psicólogo.

—Pero si es buenísima. Igual te viene mejor un psiquiatra.

—Ya tengo un montón de pastillas en el cajón. De momento, voy bien de stock.

—Las primeras sesiones son más bien de tanteo. Inténtalo una segunda vez.

—Rocío, por favor, déjalo ya.

—¿Que lo deje? ¿Sabes lo difícil que es vivir con alguien como tú? Joder, Jon, te pasaste tres horas llorando con La vida es bella. No creo que te lo diga ningún psicólogo, pero te lo digo yo: ¡Eres un llorón! ¡Espabila! ¡Madura! Ya está bien de ir de víctima. —Llorón, esa no la tenía, otra para la lista.

—Necesito tiempo —dije.

—Te he esperado durante más de dos años. Estoy harta.

—Cambiaré.

—Lo sé. Lo harás cuando me haya ido.

Y se fue. No pregunté dónde porque lo sabía. Rocío tenía un plan B llamado Quique desde hacía más de un año. Aunque no era capaz de imaginarme una vida sin ella, no hice nada para que se quedara. En el fondo, sabía que la había perdido hacía mucho tiempo, incluso antes del plan B. Se fue dejándome un regalito sobre la mesa. Una inscripción a un retiro detox que organizaba una de sus mejores amigas. Quién me iba a decir a mí, que ir a ese retiro me libraría para siempre de Consuelo. Consuelo sentía repulsión y desprecio hacia mí desde que nos conocimos en su boda. ¿Qué razón tendría para aceptarme en el retiro? Un amor incondicional a su mejor amiga, no podía ser otra cosa. Me consta que Rocío había estado a su lado durante su divorcio y que lo pasó muy mal. Mi sentimiento hacia Consuelo era recíproco en cuanto a la repulsión. Sin embargo, yo no sentía ni desprecio.

Sin saber muy bien por qué, me planté un viernes por la tarde en una casa rural para experimentar mi primer retiro.

—¡Bienvenidos! Estos cinco diitas cambiarán vuestras vidas —dijo Consuelo en la presentación. Sonreía y nos miraba fijamente. Para ser más exacto, miraba a todos menos a mí.

Los retirados éramos doce, como los doce apóstoles, llegó a decir Consuelo bromeando. Al principio todo fue bien. Empezamos con un curso de relajación. Para sorpresa de todos y mía propia, lo hice tan bien, que Consuelo tuvo que felicitarme. Nos despertábamos a las cinco de la mañana, salíamos a una terraza arbolada y meditábamos durante una hora. Luego nos tomábamos unos zumos detox y hacíamos terapia de abrazos o risas. Después del almuerzo, paseábamos por le campo. Luego otra hora de meditación en el interior de la casa y a dormir. Al tercer día comenzamos con el programa de ayuno. Cuando llevábamos diez o doce horas sin comer, llegó el momento volver a meditar, esta vez durante cinco horas. Estuve veinte minutos sin dejar de pensar en lo que comería cuando saliera de allí: solomillo a la brasa, cochinillo, flan de huevo… Poco a poco, mi meditación se fue convirtiendo en un ejercicio de visualización de comidas. Cuando ya no podía más, me levanté y dije que me sentía mal. Lo siento, Consuelo, pero soy diabético. No tenía ni idea de que Rocío había entregado mi historial médico detallado y actualizado junto a la inscripción.

—Abramos los ojos lentamente —dijo Consuelo mientras se levantaba —. Muy despacio. Inspiramos… Espiramos… ¿Bien? —Todos asintieron y continuó:

—Jon nos miente… Jon miente, pero lo queremos. ¿Lo queremos?

—Sí —dijo la mujer que estaba a mi derecha. Me miró y sonrió inclinando la cabeza. Algo en mi interior empezó a germinar. Consuelo continuó:

—Nos levantamos muy despacio… Abracemos a Jon. De uno en uno. Vamos a darle todo nuestro amor como respuesta a su mentira.

—Te doy mi amor —dijo una mujer abrazándome y besándome en la mejilla.

—Te doy mi amor —dijo otra tocándome el pelo.

—Te doy mi amor —dijo un señor con voz de ultratumba y una prensa en lugar de mano.

Lo que había germinado empezó a expandirse en mi interior.

Cuando terminó el desfile de participantes, abrazos, besos y caricias, volvimos a nuestras esterillas y continuamos con la sesión. Ese día lo hacíamos en el interior de la casa porque llovía fuera. En aquel lugar olía a vainilla. Me encanta el aroma a vainilla, me recuerda las natillas de mi abuela. Me senté en el suelo. Mejor que el frío de la terraza, pensé. Lo que crecía en mi interior se quedó sin espacio y tuvo que abrirse camino por el único lugar que encontró. El puto brócoli de los zumos, pensé regañado e intentando cerrarle el camino. El silencio era absoluto. Consuelo ya no daba instrucciones. Lo de dentro seguía expandiéndose. Recogí el abdomen intentando devolverlo al lugar del que venía. Por un momento creí tener controlada la situación, pero volvió a la carga. Cuando no pude más, pensé en darle salida poco a poco. Si lo consigo, el aroma a vainilla me habrá salvado. Tengo cinco horas para ir dosificando la liberación. Tenía una solución y empecé a ejecutarla. Todo iba bien, una primera dosis silenciosa. Huele a vainilla. Bien. Abrí los ojos, el resto los tenía cerrados, incluida Consuelo. Esperé unos minutos y una segunda emisión exitosa. Olor a vainilla, bien. Así estuve casi una hora. Empecé a sudar porque noté que el ritmo no era suficiente. Cuando no podía más, pensé en pedir permiso para ir al baño pero no lo hice. Temía que Consuelo pensara que lo hacía para interrumpir su sesión. Cerré los ojos. Ahora…

—Jon, tienes que respirar con el abdomen —dijo Consuelo tocándome la espalda, justo en el momento de la apertura. Me asusté y perdí el control. Salió sin resistencia y se extendió por toda la sala. Ya no olía a vainilla.

—¡Lo siento! Es que estoy mal del estómago —dije.

—¡Lo sabía, joder! Y mira que se lo dije a Rocío —dijo Consuelo mientras se levantaba. —¡Eres un capullo! ¡Has venido a joderme!

—Lo siento, Consuelo. Me voy.

—No, espera. Tengo que decirte unas cositas.

—Me voy —Insistí e intenté salir de la sala.

—¡Que esperes, coño! —dijo Consuelo.

—No me lo puedo creer. Esto es una locura —dije.

—¿Una locura? Sabía que venías a joderme el retiro —Consuelo se acercó y me arreó un guantazo. Dio unos pasos a atrás, cerró los ojos y empezó a respirar profundamente. —Uno, dos… tres… —Sal de aquí —dijo. Salí sin mirar atrás —. Hazle un favor al mundo y muérete —Fue lo último que oí.

Llegué a casa mareado y sin apetito. Miré el teléfono móvil, no había recibido ninguna llamada ni mensaje. Un lunes que llovía dejé de ir al trabajo. Pasaba los días de la cama al sofá y del sofá a la cama. Me levantaba, comía algo y volvía al sofá. Y luego a la cama. No sé cuánto tiempo estuve así, quizás tres o cuatro semanas, quizás más. Al principio no distinguía los fines de semana de los días laborales. Al final, tampoco la noche del día. Hazle un favor al mundo y muérete. Hasta que un día, creo que por la mañana, me levanté y fui a la cocina. Me senté a la mesa y saqué tres cajas de pastillas que me habían recetado diferentes psiquiatras. Las rojas estaban caducadas. Que sea rápido y limpio, pensé.

—¡Serás hijo de puta! ¿Qué coño se supone que vas a hacer? —decía Jaime cuando empecé a sacar las pastillas y a agruparlas sobre la mesa.

—¡Esto es la hostia! me encanta. Primero las rojas, Jon —dijo Jairo riendo.

—Calla, Jaime. Por favor, Jon, piensa en lo que nos estás haciendo —dijo Javier.

—¿Nos? Soy Jon, no hay nadie más. Estoy enfermo, eso es todo.

—El llorón ha recaído… —dijo Jesús —Mucho ha tardado.

—Primero las rojas… ahora las blancas…

—¡Serás hijo de puta, venga, vomita! —dijo Jaime.

—Necesito más agua, y las verdes… ¡Jódanse, todos! Nos vamos al infierno. Acostado y con un libro. Quiero que sea acostado y con un libro. Rápido y limpio. Tengo que llegar a la cama. Intenté levantarme pero no tenía fuerzas. Me pesaban los brazos. Apoyé la cabeza sobre la mesa y cerré los ojos. Los volví a abrir. Los cerré. Los intenté abrir pero ya no tenía fuerzas para levantar los párpados. Solo veía negro, nada, negro.

***

—¡Enfermera! Venga aquí, se ha movido. Ha abierto los ojos.

—Espere aquí, señora. Si se intenta levantar, no le deje. Voy a buscar al doctor.

—Jon, mi niño, ¿Me escuchas? ¿Por qué has hecho una cosa así?

—¿Jon? Escúcheme, no se preocupe, está en buenas manos.

—La luz. Apaga esa luz.

—Tranquilo, no se mueva, debe descansar.

—¿Dónde estoy?

—Descanse, ya hablaremos de eso más tarde.

Me desperté dos días después. El médico me dijo que no entendía cómo podía seguir vivo. Le debía la vida a una combinación de vómitos, diarreas y el remordimiento de Consuelo. Había llamado arrepentida a Rocío para contarle lo del retiro. Vinieron juntas a pedirme disculpas y me encontraron en el suelo, junto a la cama. Tenía un rollo de papel higiénico en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha. Sobre la cama había un trozo de papel con las palabras: “Esto sí que es el fondo”.

Estuve otros dos días en el hospital. Cuando tuve fuerzas suficientes para levantarme, fui al baño y me senté sobre la tapa. Escribí:

Las vidas de Jota

(Primer borrador -sin revisión-)

Esto sí que es el fondo. Esas fueron las palabras que escribí antes de quitarme la vida. No era mi primer intento, pero sí era el único que no había preparado, ni siquiera previsto. En el último momento pensé que tendría éxito, precisamente por eso, pensé que una vida marcada por el caos y la improvisación, acabaría con un final caótico e improvisado. Pero no, mi propensión al vómito y una diarrea inesperada impidieron que acabara con mi vida de una forma digna, rápida y limpia.

Tema aparte pero relacionado, aunque está feo que lo diga, la primera vez que vi a Paula pensé que no tenía muchas luces.

—Eres Jon, ¿verdad? —dijo mirando su agenda.

—Sí. Me he adelantado un poco. Tengo cita para la una y media.

—Pasa y siéntate, por favor —dijo mirándome.

Esperé unos segundos por la primera pregunta. Me imaginaba que las sesiones de un psicólogo suelen empezar con preguntas, como la de los psiquiatras. La primera pregunta no llegó y dije:

—Me llamo Jon. Me conocen como Jota. Seguro que me habrá visto en la tele. Padezco el trastorno de identidad disociativo, TID. Soy uno de los pocos casos, si no el único, del país. Mire, estos son los últimos informes de los psiquiatras.

Cuando contaba esta parte de mi historia, los psiquiatras cambiaban de actitud y postura. Si estaban recostados se ponían rectos. Si tomaban notas, soltaban el bolígrafo y me miraban. Algunos incluso llamaban a algún compañero para que me conociera. Paula no hizo nada de eso. Seguía con la misma mirada, la boca abierta y las palmas de las manos sobre la mesa. Estuve unos minutos más contando cosas sobre mí. Le hablé de los informes y de las peculiaridades de mi caso. Hice hincapié en que viajar y vivir nuevas experiencias me liberaba del resto de personalidades, y que recaía en cuanto me asentaba y creaba una rutina. Como vi que no reaccionaba, me despedí y salí de su despacho. Esta mujer no está bien, pensé. Me puse el abrigo y salí a la calle.

(Continuar en escena: En casa con Rita)

Tiré de la cadena, conté hasta diez y volví a la cama. Mi abuela no había dejado de venir al hospital desde el día que me ingresaron.

—¿Has ido bien al baño?

—Sí, abuela.

—¿Dónde vas?

—Que la jodan, ¡señora!

—¡Enfermera, no le deje salir!

—Hola guapa, suéltame el brazo o te cojo el culo.

—¡Jon! Espera, por favor.

—Soy Jaime, señora. Jon está de vacaciones hasta nuevo aviso.

—¡Jon, no salgas así! ¡Te vas a resfriar!

(Continuará…)

GRR_


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