Psicología con P – Capítulo III

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La nota de Pe.

Con la puntualidad que le caracteriza, Pe recogió a Ray en su casa a las siete menos veinte de la tarde. Habían quedado a las seis para ir juntos a la presentación del libro “Las vidas de Jota”. Se celebraba en una famosa librería del centro de la ciudad. El día que vio el cartel anunciando el acto, Pe compró el libro y lo leyó de una sentada. Al día siguiente, casi sin dormir, lo lanzó sobre la mesa de Ray. Estaba enfadada por verse reflejada en una de las historias. Desde ese mismo día, consultaba la página de facebook de la librería donde se celebraba la presentación. A Ray le decía que lo hacía porque temía que cancelaran el acto. Ray sabía que no era eso lo que buscaba en facebook: “A mí no me engañas, princesa, tú lo que quieres es ver fotos de tu príncipe”. Estaba prevista una rueda de prensa. Al finalizar, el escritor firmaría libros a todos los asistentes.

—No sé qué diablos hacemos aquí —dijo Pe.

—Espera. ¿Estás temblando? —dijo Ray.

—Entra tú, te espero aquí.

—A ver, guapa. ¿Cómo tengo que decírtelo para que te enteres? Nos esperaremos hasta el final del final de todos los finales. Llevarás ese culito bonito que tienes hasta aquella mesa horrorosamente decorada. Pintarás la mejor sonrisa de tu vida. El príncipe, tu príncipe escritor, te firmará el libro y pondrá su número de teléfono junto a la firma. Si no lo hace, lo harás tú. Le pondrás tu número o el mío, arrancarás la hoja y se la meterás en el bolsillo de su chaqueta. Luego esperarás tres o cuatro… no, mejor una semana y le llamarás. Quedarán para cenar, descubrirán que son almas gemelas, serán felices y comerán perdices, por muy vegetariana que seas —dijo Ray cogiendo del brazo a Pe y arrastrándola dentro de la librería.

—Ni se te[1]  ocurra, Ray, que te conozco —dijo Pe.

—Ven aquí —dijo Ray esquivando a varias estanterías y asistentes —. Mira, ahí le tienes.

Desde donde estaban, podían ver la mesa en la que estaban dando la rueda de prensa. Frente a una mesa alargada, se habían sentado tres personas. El escritor estaba en el centro. Se mantenía cabizbajo, jugando con un bolígrafo y un vaso vacío que había sobre la[2]  mesa. Dirigía la mirada hacia los que le acompañaban cuando le citaban en su discurso. Un concejal, sentado a su izquierda, sonreía y hablaba sin que nadie le prestara atención. Cuando los asistentes empezaban a resoplar de forma evidente, terminó su intervención leyendo un párrafo personalizado para la ocasión. Agradeció que se presentara un libro tan exitoso en “su ciudad”. Animó a todos los asistentes a conocerla en profundidad. “Igual puede servir como escenario para una novela”, dijo sonriendo.

—Es super-tímido, me encanta —dijo Ray —Y sí… está bueno.

—Sí, eso parece… Es tímido —dijo Pe.

El concejal terminó su intervención y dio paso al señor Márquez, director de la editorial. Estaba sentado a la derecha del escritor. Éste habló de la noche en que leyó por primera vez los borradores de sus relatos. “Me atrapó desde el primer momento”, dijo. “Su[3]  ritmo, su estilo, su profundidad, es, es, increíble… No pude parar hasta terminar de leerlos todos”.

—En cuanto le vi, conectamos. Supe que estaba ante un gran escritor… Supe también que tendría que contribuir a que su mensaje llegara al resto del mundo. A pesar de lo difícil que es hoy en día comercializar una novela, sabía que tenía que asumir el riesgo.

—¡Mentira cochina! —dijo Ray.

—Joder, Ray. Calla, que te van a oír —dijo Pe.

—Mentiroso.

El director señaló a la propietaria de la librería y le hizo el gesto de que se levantara. “Gracias por ofrecernos un lugar tan especial para la presentación”, dijo. La propietaria, asintió con la humildad de la que carecía el director y se volvió a sentar.

—Un lugar especial para presentar el primer libro de un escritor muy especial. Señoras y señores, les presento a Jon[4]  S.; Jon, cuando quieras.

Todos dudaron en empezar a aplaudir. El director aplaudió de forma exagerada y el resto le siguieron. Jon se levantó sin llegar a hacerlo completamente y esbozó una sonrisa que pareció inquietar al director. El concejal mantenía la misma sonrisa desde el final de su intervención. Cesaron los aplausos, Jon se sentó y todos se callaron. Todos menos Ray.

—A este chico le pasa algo —dijo Ray.

—Buenas… Buenas noches —dijo Jon con voz quebrada y labios temblorosos.

—Está aterrado, pobrecito mío —dijo Ray.

—Ray, joder —dijo Pe.

Se giró hacia el director y le susurró algo al oído. El director se levantó y salió de la librería empujando a cuantos se le ponían al paso. Jon también se levantó. Miró en todas las direcciones, parecía despistado, desorientado, como si estuviera buscando a alguien.

—¿Qué le pasa?—dijo Pe.

Los asistentes empezaron a murmurar. El concejal, que ya no sonreía,[5]  trató de calmar a Jon. Le ayudó a volver a su asiento. Llamó a alguien, que se acercó y salió de la librería en la misma dirección que lo había hecho el director de la editorial. Volvió abriendo paso al director, que llevaba un vaso de plástico blanco. Jon se tomó lo que quiera que había en su interior. Lo hizo de un trago.

—¡Tranquilos! Jon estará con nosotros en unos instantes —dijo el concejal.

—Disculpen la interrupción —dijo el director —¿Jon? ¿Mejor?

—Sí.

—Cuando quieras.

—Buenas noches. Soy Jon… Bueno… Eso ya lo saben —dijo sonriendo. Parecía costarle levantar la mirada, como si temiera encontrarse con todos los que estaban allí. Miraba como si tuviera una de esas gafas de cerca, pero no las tenía. Lo que sí tenía, era unos ojos verdes que destacaban en un rostro de piel oscura. No era timidez, Jon tenía miedo, se reflejaba en su mirada. Algo o alguien le perturbaba. El director había vuelto con otro vaso y lo había colocado sobre la mesa.

—Pecado. Me acabo de enamorar de la flor prohibida —dijo Ray empujando con el hombro a Pe —¿Quieres un babero, princesa? —añadió al verle la cara.

—Cuando empecé a escribir esto —dijo señalando el ejemplar del libro que sostenía con su mano derecha —, lo hice porque un amigo… —Levantó por primera vez la mirada y sonrió levantando la mano —Porque un amigo me dijo que me ayudaría.

—Jon es enigmático en sí mismo, no solo su narrativa. ¡Me encanta! —dijo el director interrumpiéndole. Nadie le prestó atención. Jon miraba a alguien que sonreía en primera fila.

—Su amigo se llama Alejandro. Saluda, Alejandro —dijo el director.

—Ale, gracias —dijo Jon y añadió: —Gracias a todos por venir. Es un día muy importante para mí… Gracias.

—¡Gracias, Jon! Cinco minutitos y empezamos firmar libros —dijo el director levantándose.

—¿Ya está? ¿Tanto rollo para esto?[6]  ¿Y qué me dices de su amiguito? —dijo Ray —¿Será de los míos?

Jon se levantó, se acercó a Alejandro y se abrazaron. Alejandro le dijo que estaba orgulloso de lo[7]  que había hecho. Lo que has conseguido solo es una consecuencia. También que todo iba a salir bien y que acabaría controlando su vida. Jon dijo que estaba vivo gracias a él y que necesitaba un whisky.

—¿Sabes, Ale? No me gusta esta mierda.

—Lo sé, pero es necesario. Ya lo hemos hablado.

—Sí, escribir sí, pero ¿firmar libros? ¿Aguantar a Márquez? ¿Has oído al concejal, joder?

—Lo sé, pero dura poco. Éstos se irán a casa y no pensarán en ti hasta que presentes otro libro. Y tú tendrás tiempo para escribir y dinero para viajar y sobrevivir. Es lo[8]  que quieres ¿no?

—¡Venga! Que no tengo toda la noche, hay que vender libros. O ya te has olvidado —dijo el director.

En lugar de los “cinco minutitos” de Márquez (el director), fuero[9] n quince, pero Jon volvió para firmar sus libros. Pe y Ray esperaban al final de la fila. Pe miraba a Jon como si el resto del universo hubiera desaparecido. Jon bebió el último trago de whisky justo antes de sentarse. El concejal se había ido disculpándose por su apretada agenda de inauguraciones y actos varios. “Ya tenemos las elecciones ahí mismo, y hay que dar el callo”, dijo antes de salir. Le faltó el “más que nunca” para ser políticamente correcto, pero fue sincero. Alejandro, el amigo de Jon, se sentó en la silla del alcalde.

Los lectores fueron desfilando. Se sentaban y sonreían. Algunos recitaban la dedicatoria que querían junto a la firma. Jon escuchaba, firmaba, sonreía y respiraba hondo. Salvo por la presencia del director, el resto del ritual le gustaba. Le gustaba sentir que su libro emocionaba y oír lo mucho que había ayudado a personas que lo habían leído.

—¿Estás bien, Jon? —dijo Alejandro.

—No sé, creo que sí. ¿Su nombre?

—Penélope, pero me gustaría que lo dedicara a Pe —dijo Pe.

Ray se sentó junto a Pe, cruzó brazos y piernas, ladeó ligeramente la cabeza y miró como[10]  abría Jon el ejemplar de su libro.

—¿Aquí? —dijo Jon.

—Sí, ahí está bien.

—¡No! En la siguiente —interrumpió Ray.

Jon pasó la página. Había un trozo de papel con las palabras “Para Jon” manuscritas en color negro. Pe miró a Ray con los ojos bien abiertos, un segundo con cara de sorpresa y otro de asesina. Intentó coger el papel. Ray se lo impidió. Jon contemplaba la escena con el ceño fruncido, Alejandro sonreía. El papel estuvo un instante bajo el control de Pe, pero la mano de Ray en su muñeca, hizo que sus dedos se separaran unos milímetros. Lo justo para que la nota, siguiendo los designios del azar, decidiera dirigirse al regazo de Jon. No llegó porque la atrapó a tiempo (Jon). Aunque por un instante pensó en intentarlo, no pudo evitar leer lo que había escrito. Esas palabras cambiaron las miradas entre Jon y Pe. Ray se levantó. Pe, sin dejar de mirar a Jon, le agarró el brazo a Ray y le pellizcó con toda la fuerza que tenía en ese momento.

—¡Ay! ¡Suelta! ¡Loca! —dijo Ray.

—Te voy a matar —susurró Pe sin dejar de mirar a Jon.

—Eres la psicóloga, la amiga de Rocío —dijo Jon.

—¿Psicóloga? —dijo Alejandro.

—¿Sí o no? —dijo Ray señalando la nota y mirando a Jon.

—Sí —dijo Jon.

—No —dijo Pe levantándose y saliendo sola, sin libro ni firma.

(Continuará…)

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