Psicología con P – Capítulo I

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Pe salió temblando de su despacho. Recorrió el pasillo y abrió la puerta de la consulta de Ray sin llamar. Ray estaba de pie junto a la mesa, se despedía de un paciente. Se sobresaltaron al ver la cara de Pe en la puerta. El paciente salió cabizbajo sin decir nada y mirando de reojo. Ray intentó seguirlo por el pasillo para darle la nota con la siguiente cita pero no pudo alcanzarlo. ¿Pero qué diablos te pasa? Parece que has visto un fantasma, dijo mientras volvía. Pe empezó a contarle lo que le había ocurrido con el último paciente. Le contó que había sentido algo extraño al verle entrar. Que nunca le había pasado una cosa así y que no era capaz de quitárselo de la cabeza. Estaba exaltada, le faltaba el aliento, parecía necesitar esforzarse para pronunciar cada palabra.

—¿Y dices que no escuchabas nada de lo que te decía? ¿Nada de nada? —dijo Ray.

—¡Nada!

—O sea, que te hablaba de sus problemas y no eras capaz de…

—Sí, Ray. No era capaz de centrarme.

—Pero, Pe, ¿y tu profesionalidad? Recuerdas en la facultad, cuando me decías que…

—¡Para ya! Lo sé.

—Muy mal, eh guapa, pero que muy mal.

—Vengo buscando un amigo y me encuentro un puto psicólogo. Si necesitara uno, habría tocado en el despacho de Mario. No sé por qué…

—Porque yo te escucho y Mario te desea. Porque yo te miro a los ojos y Mario no puede dejar de mirarte las tetas. Porque yo soy inteligente y Mario es un imbécil…

—Por el amor de dios ¿Pueden bajar la voz? A mi paciente no le hace ningún bien escuchar a dos psicólogos desequilibrados hablando mal de mi —dijo Mario desde la entrada. Miró hacia las tetas de Pe y cerró la puerta.

—¿Qué te dije? Es que no puede evitarlo.

—Ya está bien, Ray. Hoy no necesito un psicólogo.

—Es que soy psicólogo, Pe. ¿Ya no te acuerdas?

—¡Sí! ¿pero no puedes ser mi amigo un rato?

—Baja la voz, nos van a oír.

—Olvídate de tu psicología, necesito a mi amigo.

—En mi consulta tienes un psicólogo. Parece que a ti se te olvidó con tu último paciente. O debo llamarlo “amiguito”. Espera, no, a los “amiguitos” se les puede escuchar. ¿Podríamos llamarle príncipe?

—Vete a la mierda.

—Igual si me lo presentas… quién sabe… igual descubres que no tienes que preocuparte. ¿Está bueno?

—Hoy estás insoportable. ¿Dónde está Jean? ¿De viaje?

—Sí —dijo Ray levantándose y mirando por la ventana.

—Se nota, te falta su…

—¿Cariño? Es piloto, Pe. Te acostumbras a la ausencia, ¿sabes, guapa?

—¿Qué te pasa?

—¡Déjame!

—Ven aquí, abrázame. Parece que hoy lo necesitamos los dos. Deberíamos ir juntos a otro psicólogo. Creo que Mario no tiene a nadie para hoy —dijo Pe sonriendo.

—Sí, ¿con ese escote? —dijo Ray secándose las lágrimas —. Tengo una idea mejor, vamos a emborracharnos.

—¿A las diez de la mañana?

—Mejor, así tenemos más tiempo.

—Pero si no aguantas ni dos cubatas. ¿No tienes más pacientes para hoy?

—Los llamo y les digo que hoy me toca derrumbarme a mí.

Cerraron los despachos, pusieron unas notas en las puertas y se dirigieron al bar en el que solían desayunar. Primero entró Pe. Como siempre, se sentó en el extremo de la barra y saludó a los camareros que veía cada día.

—¿Café con leche y zumo de naranja? —dijo uno de ellos al verla entrar.

—¿Quieres emborracharte aquí? ¿a las diez y media de la mañana? Entiendo que cupido te haya hecho perder la cabeza, pero… ¿Y la dignidad? —dijo Ray.

Desayunaron lo mismo de todos los días y salieron en busca de otro bar. Un lugar donde emborracharse en el regazo de la intimidad que ofrece el sentirse forastero. Entraron en uno de esos bares amueblados en los años ochenta. Barra de aluminio con borde curvado y sobresaliente, práctico para minimizar daños colaterales de borrachos que tiran copas cuando ya no controlan las distancias. Mesas y sillas de aluminio y plástico. Lámparas colgantes de estilo indefinido. Los ochenta… Ray entró con cara de no creerse estar entrando.

—No se puede caer más bajo, estamos en el infierno. Y no me refiero ésto —Levantó los brazos y movió la cabeza mirando en todas las direcciones —. No, no es el bar, esto es el edén. Comparado con el inframundo al que nos dirigimos, esto es la Capilla Sixtina. ¡Oh Michel Angelo! Perdóname por lo que vamos a hacer.

—Cállate, Ray. Nos van a oír, joder.

—¿Quién? Pero si no hay nadie.

—El camarero.

—¿Con el escándalo de la tele? Este hombre se quedó sordo en el ochenta y dos con el bombo de Manolo.

—Vamos a esa esquina, al fondo.

—Si te parece, nos escondemos en el baño —dijo Ray sentándose —. A ver, Pe. ¿Y cuándo vuelves a ver a tu paciente especial?

—No lo volveré a ver.

—¡Bien! ¿Y cuándo lo llamarás para tomar algo?

—No lo volveré a ver. Déjalo ya, Ray.

—¿Cuánto hace que nos conocemos, Pe? Déjame pensar… ¿Veinte años?

—Un poco más.

—En veinte años nunca he visto ese brillo en tus ojos.

—No te pases.

—Sabes que tengo razón. Eso que dicen de las mariposas en el estómago… es una chorrada. El brillo de los ojos, ese es el indicador del amor. Lo tenía Jean el día que nos conocimos en Budapest…

—Dame la mano, Ray. Te quiero y tu francés también te quiere muchísimo.

—Lo sé, pero es que… me siento tan solo.

—Háblalo con él.

—No puedo. Sé que sería capaz de dejar su trabajo, y le encanta. No puedo hacerle una cosa así.

—¿Quieren tomar algo o sólo han venido a sentarse y hablar? —dijo el camarero.

—La cosa se pone buena —dijo Ray mirándole —. Dos Gin tonic’s de Bombay.

—Gordo —dijo el camarero.

—¿Peeerdoooón? —dijo Ray. Agachó la cabeza y se quedó mirando a Pe con la boca abierta y los ojos muy abiertos —No me lo puedo creer —susurró.

—Gordo. Si quieren ginebra, sólo tengo Gordo.

—Dos gin tonic’s de Gordon, por favor —dijo Pe.

—¿Dónde nos quedamos? —dijo Ray —Ya me acuerdo. Tu príncipe azul. No me has respondido, ¿Está bueno?

—No sé.

—Sí que lo estaba. Se te ve en esa sonrisita de princesa. Me alegro mucho por ti.

Aquella mañana, Pe y Ray estuvieron bebiendo  hasta que la mañana fue tarde. Salieron abrazados y riendo. Se habían hecho un selfie con el camarero sirviendo la última copa. La botella de Gordon estaba casi vacía. Abrazados salieron y abrazados caminaron hasta el siguiente bar. Bebieron, rieron y lloraron. La tarde se hizo noche. Pe admitió que creía que estaba enamorada por primera vez en su vida. Ray, que prefería sufrir la ausencia de Jean, que romper sus sueños. Lloraron más de lo que rieron y se despidieron como si no se fueran a ver nunca. La mañana siguiente se encontraron en el portal del gabinete. Llovía. Los dos llevaban gafas de sol y resoplaban ginebra. Ninguno recordaba cómo y cuándo había acabado la noche. No volvieron a hablar de lo que había ocurrido el día anterior hasta cuatro años después. Pe entró en el despacho de Ray y dejó caer un libro sobre su mesa.

—Ábrelo por la página cinco y lee desde el segundo párrafo.

—“Cuando entré en aquella consulta, por una razón que no alcanzaba a entender en ese momento, supe que era la última. Nunca volvería a entrar como…”

¡En voz baja por favor! Ya tengo suficiente por hoy.

—Espera… Me gusta. El ritmo es bueno. Tiene un vocabulario sencillo, natural. —Ray siguió leyendo unos segundos hasta que empezó a abrir los ojos de forma exagerada —¡No!

—Sí —dijo Pe.

—¡No puede ser!

—Sí.

—¡Eres tú!

—Sí. Ayer estuve por la calle real y me encontré un cartel con su foto.

—¿De quién?

—De él.

—¿Tu príncipe?

—Sí, el príncipe. Mañana presenta su primer libro en una librería del centro. Me pasé y lo compré por curiosidad.

—La curiosidad mata, guapa. ¿Nunca te lo han dicho?

—¿Puedo denunciarlo?

—¿Por escribir sobre una psicóloga que se llama Paula?

—Paula, Penélope, no es tan difícil caer en la cuenta ¿No?

—Piensa lo que dices, cariño. Lo que está claro es que tu príncipe te hace perder la cabeza. Sólo puedes ser Pe para verte reflejada en Paula. Bueno, no, Pe o Ray.

—Me podía haber llamado para pedirme permiso.

—Tienes que ir mañana a la presentación. Estámpale el libro en mesa y dile que quieres la mitad de las ganancias.

—No puedo ir.

—Pues iré yo y te lo traeré aquí por la oreja.

—Iré.

—Me aseguraré de que lo hagas.

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