Psicología con Pe – Capítulo IV

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La princesa de Éboli.

Una mirada. Solo una mirada. Pe solo necesitó eso, una mirada para volver a oír las cadenas de uno de sus fantasmas. A ella no le afectaba el rechazo, de eso ya se había curado con el tiempo y la ayuda una larga lista de amores no correspondidos. Lo que no había podido superar era la lástima. Sentir que daba pena era algo que la destrozaba. La rompía en pedazos tan pequeños que tardaba semanas (o meses) en buscarlos y volver a colocarlos en su sitio. Incluso había veces en las que se perdían piezas, y el rompecabezas de su vida se quedaba con huecos que no podía rellenar. Y la mirada de Jon después de leer la nota que Ray había colado en el libro, transmitía exactamente eso, lástima.

—Eres un capullo —dijo Ray.

Jon se levantó y dijo:

—Tengo que disculparme. Ahora vuelvo.

Ray lo cogió del brazo y dijo:

—Ni se te ocurra.

De un empujón lo volvió a sentar, y con la mirada lo clavó en su silla. Se dio la vuelta y salió en busca de su amiga. Estaba en la acera. Esperaba por un taxi que la sacara de allí cuanto antes. Ray había vivido situaciones parecidas y sabía lo que vendría a continuación.

—Déjame, Ray, quiero estar sola.

—Ese capullo no se merece que te sientas así.

—Él no ha hecho nada. Soy yo, ¿es que no lo entiendes? ¡Soy yo, joder!

Por fin paró un taxi. Pe entró a la parte trasera y agarró la puerta con fuerza para que Ray no pudiera entrar con ella. Ray soltó la puerta y levantó los brazos. Corrió hacia la puerta del lado contrario, pero Pe conocía sus trucos. El taxista empezó a impacientarse. Casi con el coche en marcha, Ray entró y se sentó en el lado del acompañante.

—No quiero peleas de parejitas. ¿Está claro? —dijo el taxista.

—Cállese y llévenos al bar más siniestro que conozca.

—¿Seguro? —dijo el taxista sonriendo.

—Sí, sorpréndanos. Si conoce alguno en el que se puedan comprar drogas, mejor.

El taxista miró por el retrovisor. Pe miraba por la ventanilla, Ray la miraba por el retrovisor exterior.

—Ni se te ocurra, Pe. ¿Podría poner el seguro de niños?

—No —dijo el taxista.

—Es capaz de saltar del taxi.

El taxista puso el seguro de niños y desactivó los elevalunas. El cristal de Pe se quedó entreabierto.

—¿Está bien, señorita?

Pe asintió. El taxi se paró en un semáforo y alguien tocó en la ventanilla del lado de Pe.

—¡El libro! —dijo Alejandro.

—Hay que joderse, ¿quién es ese? —refunfuñó el taxista.

—No se preocupe, es el otro —dijo Ray.

Alejandro les había seguido corriendo hasta aquel semáforo. Coló el libro por la ranura que quedaba en la ventanilla y sonrió cruzando la mirada con Pe. Ella también sonrió. Aquella mirada no tenía nada que ver con la de Jon. No había lástima, ni siquiera condescendencia. Lo que había era una mezcla de curiosidad y deseo. Un deseo infantil en el que había ingenuidad, inocencia y sencillez. Pe notó que sus pedazos empezaron a re-colocarse.

En el libro que cayó entre la puerta y el asiento, había dos notas. Ninguna era la que Ray había escrito y firmado como Penélope. La primera de las notas decía:

“Lo siento”

Estaba firmada por Jon. La otra decía:

“Si eres la princesa de Éboli, por favor, llámame. Si no, discúlpame”

Estaba firmada por Alejandro y tenía su número de teléfono en el dorso. Cuando leyó esas palabras, a Pe casi le explota el pecho. Su corazón no solo se aceleró, también se expandió y bombeó más sangre de la que necesitaba. Le temblaron manos y piernas. Sus ojos brillaron de la misma forma que cuando recibió su primera carta de amor.

Tenía trece años. Unos días antes de su cumpleaños, empezó a notar que le picaba el ojo derecho. Al ver que empeoraba, dos días después su madre la llevó a urgencias. Una conjuntivitis se había complicado y tuvieron que taparle el ojo durante unos días. Cuando entró en clase al día siguiente, todos la miraban y cuchicheaban. Es horrible, seguro que se queda bizca, dijo uno. Penélope la tuerta, dijo otro. Todos reían menos el nuevo. Aunque no decía nada, agachaba la cabeza y arrugaba la frente. La miraba de esa forma que ahora tanto odia Pe.

—Abran el libro por la página cincuenta y ocho —dijo el maestro.

—¡La tuerta! —dijo uno de los niños.

—¡De la Cerda! —dijo otro riendo.

—La tuerta de la cerda —susurró una de sus amigas conteniendo la risa.

Toda la clase empezó a reírse mirando hacia Penélope.

Quiso el azar, vestido de gala para la crueldad, que aquel día, aquel horrible día en la vida de la pequeña Pe, en el que derramaba lágrimas solo por uno de sus ojos, sus compañeros abrieran el libro por la página en la que se había impreso un retrato de Ana de Mendoza de la Cerda, la princesa de Éboli. A ninguno de los niños de aquella clase, le importó que Ana de Mendoza fuera considerada una de las mujeres de más talento de su época (siglo XVI). Todos, excepto el nuevo, rieron al ver que, como la pequeña Pe, su ojo derecho estaba tapado por un parche. Rieron aun más al leer que le llamaban “la tuerta”. Si en aquel momento le hubieran ofrecido a Penélope desaparecer para siempre, lo habría aceptado sin dudarlo.

Hay experiencias que recordamos por haber sufrido más de lo que estábamos preparados. En muchos casos, el tiempo va modulando el recuerdo hasta que dejamos de sufrir. Aunque el recuerdo sigue estando ahí, la erosión del tiempo convierte el sufrimiento en tristeza, y luego en melancolía. Ese día de la vida de la pequeña Penélope no fue uno de esos. El sufrimiento por sentirse ridícula delante de un montón de mocosos idiotas, por infantil que pueda parecer, siguió intacto en su corazón durante más de veinte años. Solo las cartas que recibió durante los siguientes días le dieron un respiro. Cada mañana, alguien metía una carta por las rendijas de la puerta de su taquilla. Cuando salía de clase, aún secándose las lágrimas por las burlas, la recogía y la apretaba contra el pecho. Luego se escondía en los servicios para leerla. De vuelta a casa, se tumbaba en el césped de un parque cercano y la leía por segunda vez. Y antes de dormirse, la volvía a leer y la guardaba entre las páginas de su diario. Todas las cartas estaban firmadas por el príncipe de Éboli. La última la recibió el primer día que fue a clase con su ojo derecho destapado. Aún lagrimeaba más de lo normal, haciendo brillar el azul turquesa con mayor intensidad.

El sufrimiento del recuerdo de esos días, guardado durante años en su corazón, se había esfumado en el momento en que leyó la nota de Alejandro. Solo hizo falta el tiempo que tardó en leerla, para que el sufrimiento tornara a melancolía sin pasar por tristeza.

—¡Pero, Pe! ¿Qué diablos te pasa?

—Princesa de Éboli —susurró sin aliento.

El taxista no dejaba de mirarla por el espejo. Luego miraba a Ray buscando una explicación a lo que estaba pasando. Pero Ray tampoco la tenía.

—No puede ser —dijo Pe.

—Nooooo —dio Ray —. Nooooo. ¿Otro príncipe?

En aquella mesa en la que Jon firmaba libros, Alejandro no reconoció a Pe. Tampoco Pe reconoció a Alejandro. No era fácil, habían pasado más de veinte años desde que aquel niño entrara en clase cabizbajo. Todos decían que sus padres se habían separado. Que su madre, profesora de historia del arte, se había fugado con un alumno. También decían que su padre intentó retenerla y que le dio una paliza de muerte al alumno. Solo ellos conocían la verdad, y era aún más dura. Su madre se había suicidado. Una depresión de la que nadie supo nada hasta que fue demasiado tarde acabó con su vida. Se mudaron para dejar de ver el balcón por el que había saltado. Unos años después, su padre murió sin perdonarse. Desde esa época, Alejandro tuvo claro cuál sería su profesión. Siempre que pudiera, ningún niño pasaría por algo así en soledad.

Ahora estaba con Jon en un bar. Solo hacía unos minutos que se habían librado del director de la editorial.

—No lo puedo creer. Nunca la he olvidado —dijo Alejandro.

—Es una historia muy bonita —dijo Jon.

—Lo dices porque no estabas allí. Tenías que ver su cara.

—Los niños son crueles. Son como ratas sedientas de sangre que buscan una herida en los animales débiles —dijo Jon —. Lo sé. Me he pasado un poco. Menos mal que contigo no hay problema. Es una ventaja tener un amigo psiquiatra. Le puedes decir cualquier cosa y no sale corriendo.

—No creas —dijo Alejandro sonriendo.

—¿Cómo supiste que era ella?

—Su mirada y la nota. Al final ponía “Tu princesa”. Tenía que ser ella.

Quien le iba a decir a Pe, que el azar y el sarcasmo romántico de Ray, firmando la nota falsa como “Tu princesa”, le permitiera por fin, veinte años después, conocer al remitente de sus cartas de amor.

—¿Y ahora qué va a hacer el príncipe de Éboli? —dijo Jon levantando el brazo.

—No estoy preparado para esto.

—Otra ronda, por favor. Nadie lo está, Ale, nadie lo está.

En otro bar, aún más siniestro de lo que pensaba el taxista, Ray empezaba a vislumbrar el principio del fin de su noche. Su cuarto gin-tonic y su incapacidad no aceptada para tolerar el alcohol, lo estaba arrastrando al lado oscuro. Empezaba a tener problemas de enfoque y retención de memoria. Acabar una frase sin balbucear ya era una misión imposible, pero no dejaba de intentarlo.

—¡Por fin! —balbuceó

—¿Por fin?

—Sí, por fin un príncipe de verdad. Después de tanto sapo.

—No pienso llamar, Ray. Ya estoy harta de esta mierda.

—¿Mierda? ¿L’amore? —balbuceó Ray con mal acento italiano.

—No, Ray, sufrir por el amor es una mierda. Es mejor estar sola.

Tutto bene, ragazza.

Pe levantó la ceja derecha y miró hacia Ray. Apuró el trago y pidió otra copa. La última y me voy a dormir, ya tengo suficiente por hoy, dijo intentando mantenerse erguida. Ray sacó el móvil, y al tercer intento, marcó el número de la nota que le había robado a Pe.

—Toma. Es para ti —dijo dándole el teléfono a Pe.

—¿Cómo? —dijo Pe.

Se mantuvo en silencio unos segundos y escuchó:

—¿Eres la princesa de Éboli?

(Continuará…)

GRR_

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