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Microrrelatos

El niño de la foto
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Hay un niño con unos ojos enormes. ¿Dónde? Aquí, en una foto, me imagino que para el colegio. Y también aquí. Está en el regazo de su padre, a lomos de un camello. ¿Y qué me dices de ésta? Ahí, junto a un Peugeot 204, jugando con una raqueta de madera. Busco una sonrisa pero siempre encuentro la misma mirada. Como en ésta, acaba de soplar una vela.

—Estoy triste —dijo hace más de cuarenta años—, sí, jodidamente triste. Seguir leyendo…

El robo del siglo
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El nombre de mi hermana no lo sabía nadie, ni siquiera ella, por eso fue el mío el que ficharon el día que robamos los guantes. El jefe de seguridad nos miró desde arriba, negó con la cabeza y sonrió al ver a dos mocosas fingiendo tener miedo. Seguir leyendo…

Mi primer día de clase
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Nunca he visto a nadie especial. Todos somos diferentes, solo eso, diferentes.

El día que empezaban las clases, mientras todos lloraban por tener que volver, yo le suplicaba a mis padres que me dejaran ir. Seguir leyendo…

El primer gran amor
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El día que volvíamos de las vacaciones en París, le oí decir a mi padre que habíamos llegado demasiado temprano al aeropuerto.

—Quédate con la niña —dijo mi madre —, tengo que ir a buscar algo para la abuela. Seguir leyendo…

Amor III – Desamor
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¿Recuerdas el balcón donde tomábamos el té? Seguir leyendo…

El humo del romero
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Gabriel se miró en el espejo y vio su pecho abierto por una herida en forma de aspa. Detrás, a su izquierda, un desconocido con alzacuellos y sin cara le ponía sus manos sobre los hombros desnudos. Gabriel miró hacia abajo y vio que sostenía un corazón con incrustaciones de hielo y acero. Seguir leyendo…

Un día gris de octubre
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Hay muchas formas de echar de menos, el silencio de la palabra escrita es mi preferida.

El día había cumplido veinte horas de vida y seguía empeñado en alargar la tarde. Un poco más, susurraba el sol, alentando la gesta de evitar un final crepuscular. Mientras tanto, yo paseaba por uno de los parques de la ciudad. Uno de esos que tienen más gris que verde. Padres e hijos quemaban tiempo antes de la cena. Los hijos peleaban por una pelota o el turno para dejarse caer por el tobogán. Sus padres deslizaban dedos en pantallas de cinco pulgadas (o más). Como suele ser habitual, sin previo aviso sentí la necesidad de escribir. La necesidad no era ninguna novedad, pero sí lo era el hecho de que no tenía ninguna idea que escupir en tinta. Busqué papel y bolígrafo en mis bolsillos, encontré papel y lápiz, y escribí en color gris: Seguir leyendo…

Amor II – Un café con la felicidad
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Aquel día de octubre, el amor y la felicidad disfrutaban de un sol inesperado en un café de París. El romanticismo, siempre esquivo y fugaz, se revelaba esta vez en forma de dos tazas que esperaban en silencio. Como no podía ser de otra forma, el tiempo había servido un cortado para el amor y un expreso para la felicidad. Un cenicero de porcelana y un vaso de agua estorbaban sin esperanza de ser de utilidad y de ser bebida, respectivamente. El amor reía con las bromas de la felicidad, y ésta, imprevisible y también risueña, le agradecía su invitación de última hora. Y todo eran risas, besos, caricias y mariposas en el estómago, hasta que la felicidad se levantó y dijo:

—Necesito ir al servicio. Seguir leyendo…

El Superflyman sin alas
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Si eres Supermán, no tiene mérito volar.

Esas alas servían para volar —dijo Javier activando propulsores. El Superflyman estaba a punto de despegar sin ellas. Seguir leyendo…

En un mundo sin barreras
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[…] ¿Y si nos dedicamos a demoler barreras, en lugar de aplanar y doblar teléfonos móviles?

Las alas que le habíamos regalado servían para volar, pero él insistió en devolverlas. El día de su cumpleaños las acoplamos a su silla y salió disparado por la ventana. Seguir leyendo…