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Relatos

Más allá de la cortina
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Ella lo odiaba casi todo. Odiaba las visitas de los conocidos, la frialdad de los médicos, la condescendencia de los enfermeros y la compasión de los extraños. El odio y la rabia se repartían su tiempo. Quería estar sola para escuchar el silencio… Y silenciarlo con músicas ensordecedoras cuando el dolor se le hacía insoportable. Solo tenía un deseo: morir para matar su dolor. Un dolor que solo conseguía calmar viajando a otros mundos, siempre a lomos del caballo, cada vez más salvaje, cada vez más intenso, cada vez más peligroso. Seguir leyendo…

El cochinero y la caja de puros
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

Mi abuelo nunca supo explicar su desaparición. Rogelio, el panadero del pueblo, le contó a la Guardia Civil que lo vio bajar por El Ejido, de madrugada, y que llevaba la burra cargada de lechones. Lo acompañé hasta la orilla del barranco, le dijo al sargento, pero del otro lado venía una fila de cuarenta o cincuenta candiles. Yo sabía que eran almas en pena, sargento, así que me di media vuelta. Venga, coño, no seas miedoso, se empeñó Paco, eso será un rancho de ánimas o alguna celebración. Pero mi abuelo, no sé si por valiente, cabezudo o las dos cosas, le dio una nalgada a la burra y siguió su camino ladera abajo. Seguir leyendo…

La riñonera
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

La riñonera de mi cuñado seguía colgada en el balcón. Mi hermana, con el sigilo de un alma en pena, pero aún colgada de un hilo de vida, pasó diez días metiéndose caballo a todas horas. Cada mañana me pedía que le liara un porro, y con cuidado de no acercarse demasiado a la riñonera, salía al balcón, se sentaba en el suelo y perdía la mirada. Así pasaba horas, en una especie de estado meditativo, como si aquel balcón fuera el templo de un dios, y como si él, mi cuñado, reencarnado en su riñonera, escuchara sus plegarias y se paseara por el más allá encendiendo candiles y mostrando el camino que debíamos seguir después de su muerte. Seguir leyendo…

El verdugo
Tiempo aprox. de lectura: 8 min

La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie (Víctor Hugo)

Diego entra en el patíbulo. Uno de los alguaciles le intenta cubrir la cabeza pero el condenado lo aparta con el hombro y le ordena que no lo vuelva a intentar. El alguacil niega con la cabeza y mira al alcaide, que asiente en un gesto de acatamiento extraño en él. Al otro lado de la barandilla del cadalso, la ausencia de Carmen, la mujer del condenado, tiene cara de ser ella la que tiene la correa ajustada al cuello y un tornillo esperando rompérselo, contiene la respiración, sentada, sola, vacía, no existe, no está, pero puedo verla, ahí, en primera fila, ansiosa por la sonrisa que su marido le prometió como despedida. El reo se sienta en la silla de madera. Le ajusto la altura del collarín. El tornillo, algo oxidado por olvido, espera ser girado para romper la vida de Diego y destrozar la de Carmen. Seguir leyendo…

De soledad y lavadoras rotas
Tiempo aprox. de lectura: 17 min

La soledad encontrada es un animal difícil de domar.

La desaparición de Paco Perdomo

Paco Perdomo desapareció sin dejar rastro una mañana de febrero. Quienes le conocían no dudaron en asegurar que él jamás se habría ido de la isla sin avisar, y mucho menos sin organizar con sus hermanas los cuidados de Flora, su madre, un ángel septuagenario de la que su Paquillo cuidaba cada día como si fuera el último. Seguir leyendo…

El retrete del Comandante
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Del inframundo de la política local hasta el infinito. ¡Y más allá!

Marcial entró en el Comandante rojo como un tomate para salsa. Teniendo en cuenta el tamaño de la cabeza y el volumen corporal, poca sangre le circularía de cuello para abajo. El hombre venía del edificio de enfrente, el ilustre ayuntamiento, construcción recién reformada, de recias oficinas con ecos rebotados en paredes albeadas, límites de un ecosistema donde los ciudadanos se desesperaban con los funcionarios, los funcionarios desconfiaban de los concejales y estos últimos, agotados y sufridos, acataban cabizbajos los designios de la más alta instancia de aquel microcosmos municipal, el casi siempre ausente, pero a la vez omnipresente, alcalde sideral. El circuito de desesperación, resignación y poder visitaba con cierta frecuencia el despacho de la secretaria. Mujer profesional, foránea, confidente y, según las malas lenguas, coincidente de ciertas ausencias inesperadas y sospechosas del alcalde.

Marcial se dirigió al baño del Comandante sin dar las buenas tardes. Se echó mano al pescuezo y dijo:

—Chacho, chacho, chacho. Seguir leyendo…

El miedo de Josefa
Tiempo aprox. de lectura: 10 min

A los pies de la tristeza, junto a la dedicación en la que algunos solo ven sacrificio, se encuentra el amor verdadero.

El miedo de Josefa nació unos minutos después que su hijo, el pequeño Eduardo. La partera, empapada en sudor y con los brazos cubiertos de sangre hasta los codos, le dijo que algo había ido mal y que necesitaba ir a buscar a un médico. Manuel, el marido de Josefa, estaba tan borracho en aquel momento, que no se enteró de nada hasta el día siguiente. Josefa rezó para que si hubiera un dios, se la llevara a ella y dejara vivir a su hijo. Esperó por el médico con el niño pegado al pecho, azul, hinchado, cubierto de gelatina. Con mucho cuidado, colocó sus dedos sobre el pecho y le susurró que siguiera latiendo, por lo que más quieras, no te pares. Seguir leyendo…

El color del jersey rojo
Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Hay historias de amor de acaban por el principio y empiezan por el final.

Hay historias de amor que duran toda una vida. Una pocas, muy pocas, son capaces de sortear a la mismísima muerte y perduran una vida y pico; a veces, pocas, menos aún, el pico es largo y burlan tristeza de ausencia, añoranza de presencia, barrigas implosionantes de dolor, burlan todo eso y más, y perduran casi dos vidas y mueren con el último latido del último corazón amado. En cambio esta historia, la mía, la de la mujer del jersey, duró un instante, es probable que fuera el más largo de mi vida, duró algo más que una mirada, algo menos que una sonrisa asesinada por la cobardía y la resignación. Seguir leyendo…

Los ojos de Said
Tiempo aprox. de lectura: 1 min

Los jueces no devuelven el tiempo ni las vidas robadas de las otras víctimas, de los acusados injustamente, de los sentenciados a una cadena perpetua social por algo que no han hecho. Con humildad, dedico este relato a todos los que (como Said) han sido envenenados por el prejuicio (racial o de cualquier otro tipo), con el deseo de que el antídoto del amor elimine el veneno de sus venas y de las de sus familias.

El relato breve «Los ojos de Said» lo escribí como relato de fin de curso del Curso de Técnicas Narrativas de Néstor Belda. Gracias, Ness. Gracias también a Txaro Cárdenas, de Moon Magazine.

Enlace al relato: http://bit.ly/2RmNX02

 

El abismo de dos metros
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

—Joder, sí —gritó.

Se subió a la barandilla, levantó los brazos y cerró los ojos. Igual él, cuando negó con la cabeza y dibujó una de esas sonrisas condescendientes, no sabía lo que ella sentía, pero yo sí, y tanto que yo lo sabía. Ella sentía el viento del norte. Lo supe porque remojó los labios y sus ojos brillaron al mirar el abismo que caía allá abajo, a lo lejos, a unos dos metros de sus allstar. Lo hizo hasta que llegó él y convirtió el suspiro de libertad en resignación, la rebeldía, esa que le hacía apretar los dientes, correr, gritar, llorar, esa rebeldía la convirtió también en una resignación que le permitió por fin ser feliz. Seguir leyendo…