Categoría

Relatos

Un mártir para la cripta
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Lucas dejó caer la bicicleta, se sacó los pantalones de los calcetines y sacudió la gravilla de los zapatos. Entró por la puerta lateral. Cuando pasó junto al sagrario, se detuvo un instante para persignarse. Luego miró de reojo la escalera de la cripta y se dirigió al confesionario. En la sacristía, el padre Simón despachaba a un enviado del obispo. Como cada día, tenía que informarle sobre la desaparición del padre Elías.

—Ya son siete días. El obispo quiere cerrar este tema lo antes posible.

—Corre el rumor de que ha huido con una joven —dijo el padre Simón.

—No lo dice muy convencido. ¿Y usted qué cree?

—Me temo algo peor, hijo, mucho peor que eso. Seguir leyendo…

El entierro de Benito – Cogotazo al cura
Tiempo aprox. de lectura: 7 min

Relato no recomendado para menores de 12 años.

Aquel día fue uno de los más tristes de mi vida. Enterrábamos a un amigo, y a pesar de que lo hacíamos entre sonrisas por el recuerdo, teníamos los corazones destrozados por su ausencia.

Todo iba “bien”, todo lo bien que puede ir teniendo en cuenta las circunstancias, hasta que el nuevo cura, un joven pavo real de cola esbelta y sotana ajustada, que atraía “solteronas” de la misma forma que la mierda atrae a las moscas, empezó con su sermón de despedida.

—¿Saben qué?

Comenzó el desgraciado, con una sonrisa angelical que nunca olvidaré. Las “solteronas” de la primera fila, asintieron y sonrieron como palomitas oyendo el arrullo del palomo buchón. Y hasta ellas se encogieron de hombros y se miraron unas a otras cuando el cura dijo:

—Me alegro de que Benito haya muerto. Seguir leyendo…

El niño y el faro
Tiempo aprox. de lectura: 9 min

Toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma (Charles Dickens)

Hasta bien cumplidos los diez años, yo vivía en una aldea sin nombre separada del mar por un cerro al que llamaban “Cerro de la muerte”. Por donde quiera que miraras, la costa era algo parecido a un infierno de aguas cortadas por rocas negras. Fueron tantos los barcos que tocaron aquellos fondos abismales, que los aldeanos, aún sin tener nada para llevarse a la boca, juntaron cuanto tenían y construyeron un faro sobre el peñasco más alto de los que emergían del fondo del mar.

Contaban los viejos que en él vivía el farero, y que una noche en la que la luna lloraba sangre, unos piratas berberiscos se acercaron en busca de agua y víveres. Para evitar que pudieran verlo, el pobre farero, asustado, apagó la linterna del faro y esperó a que el barco se alejara. Pero la tozudez del capitán hizo que se empecinara en seguir navegando en medio de la oscuridad hasta que encalló y hundió su nave. Los mejores nadadores lograron llegar a la peña del faro y decapitaron al farero. Desde entonces, dicen, su cabeza vigila que la linterna no se apague. Esa es la leyenda que cuentan los viejos, pero que yo nunca creí. Seguir leyendo…

El olor de la lluvia
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

El olor de la lluvia me transforma en el niño que fui. Miro por la ventana y me entran ganas de comprarme unas botas de plástico, correr por la calle, saltar por los charcos y embarrar las suelas hasta que pesen casi más que mis piernas.

Abrir el paraguas y sostenerlo durante un minuto, lo justo para que nos pierda de vista nuestras madres, luego esconderlo detrás de las piedras y pisar más charcos. Salpicar a mis amigos y tener cuidado con los mayores (las quejas llegaban a casa antes que tu padre). Y reír, y correr y volver a reír. Seguir leyendo…

Volver de la luna
Tiempo aprox. de lectura: 3 min

Marga explicaba la razón por la que un niño delgado sonreía junto a un grano de arroz inflado y recubierto de chocolate. Los niños no compran cereales, decía, son sus padres quienes deciden coger la caja de la estantería. El empresario se centraba más en el escote de Marga que en la proyección del boceto. Javier, extasiado de admiración hacia su socia, miraba, sonreía y asentía después de cada comentario. Seguir leyendo…

A quien madruga…
Tiempo aprox. de lectura: 6 min

Las personas que viven solas siempre tienen algo en su mente que estarían dispuestos a compartir.
Antón Chéjov (1860-1904)

¿Dios le ayuda? ¡Y una mierda! Sí, una mierda de paloma, esa fue la ayuda que cayó del cielo. No tengo ni idea de lo que comen las colúmbidas, pero aquella enviada divina, a juzgar por la textura, el volumen y la diversidad cromática del tocado con el que me bendijo, debía tener una dieta generosa y variada. Eran las siete menos cuarto de la mañana.

—¡Buenos días, cabrón! —dijo mi vecino.

Lo miré de reojo y corrió hacia el coche, entró y cerró la puerta. Puso el seguro, y solo cuando vio que el motor estaba en marcha, abrió la ventanilla y me dedicó una sonrisa y un corte de manga. Por supuesto, yo le devolví el saludo, vocalizando de forma exagerada, para que calara el mensaje de forma sonora y visual.

—Buenos días, hi-jo-de-la-gran-pu-ta. Seguir leyendo…

Tres nísperos, dos brevas y un palo en las costillas
Tiempo aprox. de lectura: 10 min

Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño.
León Daudí (1905-1985)

Tres nísperos y dos brevas. El precio: un palo en las costillas. La carrera posterior, con extra de adrenalina, podríamos incluirla en la columna del haber. Al fin y al cabo, me gustaba correr. Nos gustaba correr. De hecho, casi no caminábamos. Cuando íbamos a por el tabaco de nuestros padres o el hierbahuerto para la sopa, lo hacíamos corriendo. Corríamos con medio bocadillo de Nocilla en la mano, con un helado de fiesta, con palos y pelotas, y hasta con un manillar de bicicleta descuartizada. Corríamos sin pensar o pensando, muertos de risa o llorando. Corríamos y no nos cansábamos. Nos encantaba.

—Eran unos runners —dijo Braulio.

—¿Runners? No, Braulio, siempre corríamos con un fin concreto, y muchas veces porque nos perseguían. Seguir leyendo…

El poder de la hipnosis
Tiempo aprox. de lectura: 2 min

Martes de Carnaval. Alfredo despierta esperando encontrar el calor del cuerpo de una mujer, pero encuentra el cuerpo de un hombre. En un solo movimiento, se incorpora, se gira hacia la mesita de noche y se sienta en el borde de la cama. Se frota los ojos y ve dos preservativos junto al envoltorio de uno de ellos, el otro está en el suelo, junto a sus pantalones de arlequín. Seguir leyendo…

Un tío en Venezuela
Tiempo aprox. de lectura: 4 min

Para los que se tienen que ir, los que se fueron y los que se irán. De todos los pueblos del mundo.

Aquella noche, Anselmo nos recordó que tenía un tío en Venezuela. Todos sabíamos que lo quería con locura, y que hacía una fiesta cuando volvía para ver a la familia. Nos contó que en el cuarenta y nueve se embarcó en uno de esos veleros fantasma. Sí, uno de esos barcos de la flota pesquera canaria que desaparecían de las islas y no siempre llegaban a puerto. Quizás fuera por las plegarias de su madre, o simplemente por el azar, el barco del tío de Anselmo tuvo la suerte de atracar en Puerto de Carúpano, Venezuela. Fueron treinta y seis largos días con sus treinta y seis interminables noches. En un macuto remendado llevaba una muda, un retrato de la familia y un reloj que había heredado de su padre. Seguir leyendo…

El juego de las verdades
Tiempo aprox. de lectura: 5 min

El miedo es el camino hacia el lado oscuro, el miedo lleva a la ira,
la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro.

(Yoda a Luke Skywalker)

Mientras esperaba el salto de las tostadas, Julia le dijo a su marido que quería que se acostase con Vanessa, su mejor amiga.

—¿Este viernes?

—Sí, o antes, si puedes. Seguir leyendo…