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Encuentro en Berlín

Encuentro en Berlín – Capítulo III
Tiempo aprox. de lectura: 12 min

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Bienvenidos al paraíso.

Las ruedas traseras del avión golpearon con fuerza la pista. Salka sonreía con los ojos cerrados. Ya no rezaba. Yo la miraba y rogaba poder estar a su lado más tiempo. De esos momentos recuerdo sus ojos cerrados. Unos ojos sobre los que se balanceaban unas cejas negras, pobladas y libres. Los focos de la policía se colaban por la ventanilla parpadeando, y salpicaban de brillo los rizos de su melena. Como si de un ritual previo a la desgracia se tratara, se la había soltado instantes antes de aterrizar. El pelo era del mismo negro azabache que cejas y pestañas. Caía hasta la mitad de su espalda, lo hacía sin orden pero en armonía. Estaba a punto de morir y solo sentí no poder estar más tiempo con ella. Lo hubiera dado todo por ver sus ojos cada amanecer de mi vida. Ver sus ojos y escuchar su voz. Nunca había sentido nada así. Aprendí que estar a punto de morir, a veces, solo a veces, cuando no hay miedo, permite soñar con libertad. Con la inocencia de un niño y la ilusión de un adolescente, soñé con estar a su lado para siempre. Con la crudeza del pensamiento de un adulto, desperté sabiendo que no sería posible. Seguir leyendo…

Encuentro en Berlín – Capítulo II
Tiempo aprox. de lectura: 8 min

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Cuatro horas, una eternidad.

—[…] Señores pasajeros, les informamos de que aterrizaremos en unos cincuenta minutos. La temperatura en Gran Canaria es de veinticuatro grados, luce un sol estupendo y no hay rastro de nubes. Le agradecemos su confianza y le deseamos una feliz estancia. Bienvenidos al paraíso. Seguir leyendo…

Encuentro en Berlín – Capítulo I
Tiempo aprox. de lectura: 7 min

Encuentro en Berlín.

Berlín. Los Planetas orbitaban en mi cabeza con dosis extra de frecuencias bajas. Su música enmudecía un rebaño de turistas japoneses en dirección al Museo de Pérgamo. Un desfile de olmos rociaba las aceras con las últimas hojas del otoño. Inhalaba frío y exhalaba vapor. Caminaba rápido, sólo veía edificios sin vida y calles mojadas. Sin darme cuenta, me había contagiado de melancolía, un virus sin antídoto, típico de zonas frías y carentes de luz. Por fin encontré algo abierto que parecía un bar. Todas las mesas estaban ocupadas. Me acerqué a la barra y pedí un whisky. Todos miraban hacia un televisor que colgaba de la pared. Rostros desconocidos mostraban un instante de sorpresa y se helaban de terror. El pánico se manifestaba con gritos contenidos que escapaban entre labios y dedos temblorosos. Seguir leyendo…