Tres nísperos, dos brevas y un palo en las costillas

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Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño.
León Daudí (1905-1985)

Tres nísperos y dos brevas. El precio: un palo en las costillas. La carrera posterior, con extra de adrenalina, podríamos incluirla en la columna del haber. Al fin y al cabo, me gustaba correr. Nos gustaba correr. De hecho, casi no caminábamos. Cuando íbamos a por el tabaco de nuestros padres o el hierbahuerto para la sopa, lo hacíamos corriendo. Corríamos con medio bocadillo de Nocilla en la mano, con un helado de fiesta, con palos y pelotas, y hasta con un manillar de bicicleta descuartizada. Corríamos sin pensar o pensando, muertos de risa o llorando. Corríamos y no nos cansábamos. Nos encantaba.

—Eran unos runners —dijo Braulio.

—¿Runners? No, Braulio, siempre corríamos con un fin concreto, y muchas veces porque nos perseguían.

Sentíamos la llamada del peligro y no podíamos negarnos, ni siquiera se nos pasaba por la cabeza. El miedo de la infancia era un aliado. Diferente a los miedos de ahora. Ese miedo de antes nos ayudaba a escapar de un palazo, una pedrada, la mordida de un perro, una ristra de nalgadas, cintarazos, o una combinación de las dos cosas.

Aquel día también corrí, pero con la marca de un palo en las costillas.

—¿En serio? ¿Por nísperos y brevas? Pero podríais haber ido al supermercado a comprarlos.

¿Supermercado? Y es que mi gran amigo Braulio se había criado en las calles del centro de Madrid. Cuando le conté a qué dedicábamos el tiempo en nuestra infancia, me miró como si hubiera pertenecido a una banda de delincuentes. Y en cierta medida lo éramos, porque, entre otras muchas cosas, robábamos nísperos y brevas en primavera, higos en verano y piñas en San Juan. El daño que hicimos al reino animal se quedará para siempre en la caja de los recuerdos olvidados.

Ahora que lo pienso, éramos como Robin Hood, pero a la inversa y a medias. A la inversa porque robábamos a los agricultores, que igual que ahora, en ese entonces eran los que menos tenían y más trabajaban. A medias porque el botín no lo entregábamos a los ricos, entre otras cosas porque en nuestro barrio no había ricos. De hecho, solo veíamos alguno cuando venían de la capital para visitar a algún familiar.

Y sabíamos que eran ricos por varias razones. La primera era esa forma que tenían de mirar. Te miraban por el encima del hombro, como queriéndote decir que pertenecían a otro mundo, a uno mejor, más limpio y sofisticado. La segunda, y de esa sí que disfrutábamos, era la torpeza con la que se desenvolvían en nuestro mundo. Para empezar, no sabían fabricar ni usar arcos, “tiratrinquillas”, “tiraeras”, “tirachapas” ni ninguna otra arma que permitiera participar en las refriegas interbarriales y también intrabarriales, porque también acontecieron guerras civiles en nuestro barrio.

Otra forma de identificar a los ricos era su indumentaria. A veces venían con la equipación oficial del Barcelona o del Real Madrid. Camiseta, pantalón, medias y hasta botas Adidas, de un negro impecable y con sus tres rayas blancas. En cambio nosotros calzábamos botas del gallo, con cuatro rayas (solo cuando eran nuevas) y al menos que yo recuerde, ningún gallo. Era unas botas de tela y goma negra de muy mal envejecer. La suela manchaba todo lo que rozaba y se erosionaba. Y lo hacía hasta el punto en que la bota no se parecía en nada a la que habíamos estrenado. Las usábamos para todo. Nos las poníamos cuando llegábamos de la escuela y solo nos las quitábamos para dormir. Aquellas botas nos servían para jugar al fútbol, al escondite, para escarranchar amigos saltando sobre sus espaldas y gritando: ¿churro, media manga, manga entera? También servían para correr después de golpear puertas ajenas, para molestar vecinos, siempre de otros barrios. En definitiva y en ambos casos, para tocar las pelotas, una ocupación muy extendida entre los niños de mi generación.

Los partidos de fútbol duraban doce goles, pero a veces ganaba el que marcaba el último. Cuando empezábamos a jugar, los ricos no paraban de quejarse. Eso es falta, lo otro es penalti, que si “corner”, que si fuera de juego… No tardaban en aprender que allí no había árbitro, y que las reglas del barrio eran diferentes a las del fútbol capitalino. Después de dos o tres aterrizajes forzados y/o forzosos en las zonas más pedregosas del campo, y de algunas discusiones que acababan, con empujones en el mejor de los casos, y cogotazos o piñas en el peor, volvían cabizbajos y sollozando con sus padres. Al caer la tarde, cuando nosotros saboreábamos el aire fresco sentados en las aceras, ellos pasaban en el interior del Mercedes y miraban de reojo, con más miedo que orgullo, pero con el mismo aire de superioridad. Nosotros no conocíamos más envidia que la que daba un polo de hielo, un chupa-chups o un paquete de papas.

Y es que nuestro fútbol era muy diferente. Algún día contaré una de las muchas historias que vivimos en nuestro “estadio”. Aquel terreno, a veinte metros de la puerta de nuestras casas, minúsculo, sin nombre, orientado de norte a sur, irregular, inclinado, marcado por piedras de tamaño considerable, sin postes ni largueros. La altura de la portería dependía de la altura del portero. Solo los “paquetes”, aquellos que siempre eran los últimos en ser elegidos por los capitanes (que solían ser los mejores o los más «mandones»), se conformaban con ser porteros. Los infelices se ilusionaban pensando que podrían llegar a ser como Arkonada o Urruti, pero lo que conseguían era llevarse pelotazos cuando paraban y burlas cuando no. Como los de ahora, más o menos.

¿Por dónde iba? Sí, vale. Una llamada. La de una madre amenazando con contarle la fechoría a un padre, esa llamada era definitiva, la última. No habría más. Yo me disponía a tirar unos de los penaltis, pero Benito, sin mediar palabra, le dio una patada a la piedra que hacía de poste, se cagó en todo lo que se le pasó por la cabeza (en el sentido figurado de la palabra) y salió corriendo con el extra de velocidad que te da el miedo a la amenaza que suponía esa última llamada. Luego se paró, nego con la cabeza, volvió y se colocó en la portería.

Sí, Braulio, nuestros padres eran el último recurso de nuestras madres. Los veíamos poco. Le teníamos respeto, y según la gravedad de la fechoría y la paciencia del padre, también había momentos de miedo. Yo tuve mucha suerte con la paciencia del mío, Benito no tanto. ¿Que por qué los veíamos tan poco? Pues porque no hacían otra cosa que trabajar. El ocio no existía para ellos, no tenían tiempo ni dinero.

—Escucha, Braulio. No hay fruta que sepa mejor que la robada. Y si hay peligro de que te pillen, sabe aún mejor.

Esa es una verdad absoluta. Incuestionable. Podían poner una palangana de nísperos en la mesa del comedor, que no cogías ni uno. Ni siquiera los mirabas. Cómete uno, decía tu madre. Los mirabas de reojo, les veías esas manchas negras, y decías «buah, mamá, me voy a la calle». Diez minutos después estabas sentado debajo de un “nisperero” con la camiseta en modo bolsa, repleta de las frutas más dulces y deliciosas de la creación. Las manchas negras las habría colocado el Creador para adornar tanta belleza con algo de imperfección.

Lo sé, recaigo, no avanzo, lo asumo, pero es que cuando escribo sobre mi infancia, me enrollo, me lío, porque mi infancia era así. Salías a la calle con un “tirachapas” y te encontraba a Fulanito con un arco. Lanzaba una flecha. La veías volar. Oías el silbido mientras surcaba el cielo, sobrevolaba un invernadero, caía y se clavaba en tierra húmeda. Sonreías, volvías a casa, dejabas el “tirachapas” y te ibas a buscar una penca de palmera para hacer un arco. Lo más complicado era encontrar una cámara de neumático. Pero siempre la encontrabas, aunque tuvieras que salir de las fronteras del barrio. Luego cortabas una tira fina y la usabas como cuerda.

En nuestros arcos, al menos en los de mi barrio, la madera no se arqueaba, o lo hacía poco. Era la tira elástica la que se tensaba y disparaba flechas de caña, a las que le poníamos una corona de verga enrollada en el extremo. En casos graves de guerras entre barrios, poníamos una tacha con la punta afilada. Pero eso solo lo hacíamos en casos excepcionales, solo una o dos veces en toda mi vida, al menos que yo recuerde. Pues eso, que salías con la intención de hacer algo, y terminabas haciendo otra cosa.

Aquel día salí a la calle con mi balón. Tenía la esperanza de que hubiera alguien en el campo de fútbol. Tuve suerte y me encontré con los tres de siempre: Amancio, Benito y Marcelo. Me imagino que a los dos primeros los conocerás de la parroquia endemoniada, claro que allí tenían unos años más.

—Esconde el balón —dijo Benito —. Nos vamos a robar nísperos.

—¿Y tu madre? ¿No te está llamando?

—Ya se me acabó el fiado. Cuando llegue mi padre, me llevaré los cintarazos de todas formas.

—Deja el balón detrás de las piedras.

Pero un balón de fútbol era un artículo muy valioso para arriesgar su pérdida, así que se fue con nosotros a robar nísperos y brevas. Quién me iba a decir a mí, que ese balón Tango, pesado como un rinoceronte, que dejaba marca en porteros, y dolor de empeine y pantorrillas en jugadores de campo, ese balón que tan feliz me hizo el día de reyes, fuera el responsable, al menos en parte, de que me llevara el primer palo en las costillas de mi vida. Y es que correr con un balón bajo el brazo ralentiza la huida. Sobre todo cuando está a dos metros y tienes que ir a recogerlo antes de salir corriendo en dirección contraria. Porque un palo en las costillas, aunque ahora parezca ridículo, era más asumible que la pérdida de un balón de fútbol, y sobre todo, las consecuencias de llegar a casa sin él.

—Éste está verde —decía uno apretando un níspero —Como te los comas, te va a dar cagalera.

—¡Qué va! Pero si están grandísimos, y maduritos.

Marcelo tenía razón. Aquel “nisperero” era para nosotros como el árbol de la creación. Había otros muchos, pero ninguno paría frutos de igual tamaño y dulzura. Nos habíamos sentado en sus ramas y hablábamos en voz baja, casi susurrando. Como buenos bandidos, conocíamos los horarios de “El hombre”, que es como llamábamos a cualquier dueño de árbol con fruta susceptible de ser robada. De “El hombre” también conocíamos la velocidad de crucero y máxima, así como el armamento del que disponía y al que nos exponíamos. Para largas distancias usaba piedras. Auténticos proyectiles que trazaban una trayectoria elíptica, casi circular y con un porcentaje de acierto considerable. La forma que tenía “El hombre”, el de ese día, de lanzar piedras se lo debía a una juventud pastoril. Su padre le enseñó cómo asustar cabras lanzando piedras a su lado. ¿Cuántas cabras sufrirían el daño colateral de su aprendizaje? ¿Cuántos perros pastores? Solo él lo sabría. Él y los pobres animales apedreados, claro.

Aquel “Hombre”, ahora sin cabras, dedicado en cuerpo y alma a las labores de la labranza, usaba la puntería adquirida en su infancia, para impactar en cabezas y hombros de niños ladrones (o presuntos ladrones) de fruta. En cambio, para las cortas distancias tenía una vara de madera con las características necesarias para cumplir con su función de fustigadora de niños y animales. Calculo que mediría un metro y medio, quizás algo menos.

—¿Dónde vamos ahora? —dijo Benito.

—A la higuera. Ahora hay brevas —dije.

—Sí, ya están maduras —dijo Amancio.

—Venga, andando. Vamos, flaco.

En la higuera repetimos operación. Subimos a sus ramas y recolectamos las brevas más maduras. Benito era el único que se comía las que estaban picadas por pájaros. Si le gustó al mirlo, decía, es que está buena. Eso le decía su abuelo y luego su padre. ¿Cuántos gusanos serían masticados por la teoría de esas tres generaciones? ¿Quién sabe? Me atrevería a estimar que varios cientos.

—Cállense —susurró Benito.

El oído de Benito era un prodigio para detectar a los “Hombres”. Aunque su padre lo intentó comprándole un timple, nunca quiso darle otro uso a su oído, más que el de centinela de la pandilla. Estoy seguro de que habría sido un gran timplista, de la altura de Totoyo, con el debido respeto al señor Millares.

—¡Me cago en la madre que los parió! —dijo “El Hombre”

Todos saltaron de la higuera a la acequia y salieron corriendo. En cambio yo había decidido trepar más arriba para dar con las mejores brevas, las que nadie alcanzaba. Ese detalle fue definitivo en el desenlace de la historia.

—¡El hombre! —dijo Amancio, más por pánico que por intención de informar.

Era obvio que estábamos al alcance de “El hombre”. Ellos aún lo estaban para el arsenal de larga distancia. Sin embargo yo seguía en las ramas de la higuera. Por la altura a la que me encontraba, deduje que necesitaría bajar un poco antes de dar el salto definitivo, pero no había tiempo. Intenté un descenso rápido y arriesgado. Y rápido fue, pero sin control. El lado derecho de mi cuerpo, desde el hombro hasta el tobillo, quedó marcado durante unos días. Tu hijo parece un Cristo, dijo mi tía al verme entrar en casa.

A pesar de la altura y la velocidad del descenso, no me rompí ningún hueso. Cuando me levanté, “El hombre” estaba a unos cuatro metros, distancia más que suficiente para evitar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Más que un enfrentamiento, sería un asentimiento del castigo, porque nunca nos atrevimos enfrentarnos a ningún “Hombre”.

—¡Rápido, flaco! —dijo Amancio, ya fuera de peligro.

No creo que me alejara más de dos metros cuando me di cuenta de que el balón se había quedado atrás. En ese instante tuve que tomar una decisión vital. Y lo tuve que hacer de forma rápida. La pregunta era sencilla: ¿Quieres el balón? La decisión fue más rápida que la pregunta. Como ya he dicho, un balón de fútbol era un artículo de lujo. Tendría que esperar casi un año para que sus majestades vinieran con otro. Y después de tener el costado y la pierna llena de magulladuras, arañazos y otras heridas indefinibles, un palazo más, tampoco era gran cosa. Eso pensé en ese momento, claro, con la ignorancia de no haber recibido ninguno antes.

Era tal la cara de susto que debía tener, que “el hombre”, ahora a un metro de distancia, cruzó la mirada y vi piedad, misericordia en sus gestos. Creo que mi mirada pedía clemencia. Estuve a punto de creer que me dejaría ir sin penitencia, pero cuando miró hacia mi camiseta y la vio amarrada y cargada con nísperos y brevas, recordó el pecado. Volvió la ira a su cara y el pánico a la mía. Cogí el balón, agarré la camiseta para no perder el botín y sentí un latigazo. Primero fue calor, luego más calor y al final fuego y un dolor que no puedo describir, pero que aún recuerdo. En ese momento, me sentí como Kunta Kinte en la serie que me hizo odiar a todos los blancos.

Corrí con el balón, los nísperos, las brevas y el dolor bien agarrados. Y lo hice tan rápido, que Benito me dijo jamás había visto a nadie correr de esa forma. Mientras corría, pensé en el alcance de las piedras y en la puntería de la que todos hablaban. A unos veinte o treinta metros de distancia me giré para ver si me seguía y volvimos a cruzar la mirada. Me sorprendí al ver que también habíamos cruzado los sentimientos. Ahora era él quien mostraba el miedo, y yo la ira (o rabia). Pero me duró poco, lo justo para gritar:

—¡Cabrón!

Y la ira desapareció porque volvía a ser feliz.

—¿Feliz? ¿Por qué? —dijo Braulio.

—Aún tenía el balón —dije —. Y en la camiseta llevaba tres nísperos y dos brevas.

Estábamos en el centro de Madrid. Cuando nos despedimos y me senté en el metro, pensé en su pregunta y también en mi respuesta. Ya en la cama, antes de apagar el teléfono móvil, escribí:

—Ser un niño, Braulio, esa era la razón de mi felicidad, pero aún no lo sabía.

Pero no lo envié. Y ahora me arrepiento.

FIN

GRR_

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