Un desastre

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Solo hay algo mejor que la soledad, la buena compañía.

Un desastre. Eso es lo que soy: un puto desastre. Cuando estoy con alguien, y me refiero a estar de verdad, estar-estar, no estar por estar, sino estar-estar, pues eso, que cuando estoy-estoy, hay algo dentro de mi cabeza, algo así como un pepito grillo, o no, espera… Es más como una mosca cojonera, eso, eso, una mosca que zumba un susurro de deseo de soledad: quieeerooo eaastaaaar soooloooooo, dice una y otra vez… Cuando la oigo me hablo a mí mismo y me digo: “Coño, Ra, ¿y por qué no? Y de repente quiero estar solo, pero no solo de soledad triste y deprimente, no es un solo-solo, es más bien un solo de libertad y alegría, solo de pasear solo, solo de sentarme solo en un banco solitario de un parque abandonado, sentarme y contar estrellas hasta que me salga de los cojones, solo de sonreírme a mí mismo cuando anochece porque nadie me espera, solo de resoplar de aburrimiento porque no tengo nada que hacer. Un paraíso de soledad de la buena. El mundo pasa de mí y me gusta, y yo paso del mundo, y me siento debajo de un pino, en la montaña, solo, y me tomo una cerveza o dos, o tres, o me fumo un porro, o las dos cosas, y nadie me espera porque el mundo pasa de mí y yo paso del mundo, es un pasotismo no ilustrado, me encanta, un pasotismo cargado de una estupidez feliz y liberadora, des-estresante, espacios vacíos de pensamiento y reflexión, tiempo muerto. Y así, solo, pasando de todo, pasa un día, y luego otro, y otro más… Hasta que me olvido de la mochila, me refiero a una mochila figurada, una que pesa cien kilos, o mil, o diez mil. Un macuto incómodo lleno de responsabilidades, trabajos, personas, moscas cojoneras, pepitos grillos, miedos, frustraciones, materia solida y mundo material. Todo ahí, dentro, en un macuto cosmológico, apretado con un cordón de asteroides de doble nudo, sí, el macuto, ahí, colgando del hombro, y lo que pesa, y lo que molesta, y lo que duele el cabrón macuto de mierda éste. Luego, más tarde, no mucho, después de unos cuantos bancos y parques, luego-más-tarde en soledad, la libertad se vuelve gris y la soledad me aburre, y alterno ratos de sentirme tristemente libre y libremente triste, que parece lo mismo pero no lo es. Y es entonces cuando me aburro de tanta alegría y libertad, y bostezo dos millones de veces en una hora (me refiero a bostezos de alma), y me recupero del último echándome un agüita por encima y pienso en si me vendría bien acaso un encuentro que me ilumine el día (como el de Sabina), compañía, no compañía de esa, sino de la otra, compañía-compañía, la de la canción de Sabina, la que te saca de la calle Melancolía. Me lo pienso dos o tres veces y me digo: “Coño, Ra, ¿y por qué no?”. Luego me lo pienso una última vez y me lo digo dos o tres veces, y me lo creo… Y vuelta a empezar, y así llevo años, siglos figurados, ciclos eternos de soledad y compañía. ¿Soy o no soy un desastre? ¿A que sí? Lo que digo yo: un puto desastre. Y loco también. Sí, eso también.

—Eh, chaval, ¿qué haces ahí? ¿Qué es lo que estás fumando?

—Nada, agente, ya me iba.

FIN

GRR_

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