Un día gris de octubre

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Hay muchas formas de echar de menos, el silencio de la palabra escrita es mi preferida.

El día había cumplido veinte horas de vida y seguía empeñado en alargar la tarde. Un poco más, susurraba el sol, alentando la gesta de evitar un final crepuscular. Mientras tanto, yo paseaba por uno de los parques de la ciudad. Uno de esos que tienen más gris que verde. Padres e hijos quemaban tiempo antes de la cena. Los hijos peleaban por una pelota o el turno para dejarse caer por el tobogán. Sus padres deslizaban dedos en pantallas de cinco pulgadas (o más). Como suele ser habitual, sin previo aviso sentí la necesidad de escribir. La necesidad no era ninguna novedad, pero sí lo era el hecho de que no tenía ninguna idea que escupir en tinta. Busqué papel y bolígrafo en mis bolsillos, encontré papel y lápiz, y escribí en color gris:

«Un día gris de octubre»

Solo éso, sin signos de puntuación ni garabatos. Luego entré en un estado que no consigo describir y que, con permiso de la RAE, me tomo la libertad de llamar “nostalcolía”. Sí, es una especie de nostalgia melancólica, aunque también podría describirla como melancolía nostálgica y llamarla “melantalgia”, pero no sé por qué, esta última me suena más a calmante que a tristeza.

Me levanté, doblé la hoja, la metí en el bolsillo trasero del pantalón y seguí mi camino. ¿Un día gris de octubre? Pensé mientras buscaba una terraza. Me senté en la esquina más escondida y pedí un café. Saqué el papel e intenté leer entre líneas, pero no las había. Antes del último sorbo, miré el fondo de la taza y, como Claudio, el del gran Benedetti, encontré la respuesta en la borra del café.

Podría haber sido cualquier otro, pero supe que era ése porque no pude seguir escribiendo. Como ahora.

(No hay) FIN (para ese tipo de amor)

GRR_

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