Un tío en Venezuela

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Para los que se tienen que ir, los que se fueron y los que se irán. De todos los pueblos del mundo.

Aquella noche, Anselmo nos recordó que tenía un tío en Venezuela. Todos sabíamos que lo quería con locura, y que hacía una fiesta cuando volvía para ver a la familia. Nos contó que en el cuarenta y nueve se embarcó en uno de esos veleros fantasma. Sí, uno de esos barcos de la flota pesquera canaria que desaparecían de las islas y no siempre llegaban a puerto. Quizás fuera por las plegarias de su madre, o simplemente por el azar, el barco del tío de Anselmo tuvo la suerte de atracar en Puerto de Carúpano, Venezuela. Fueron treinta y seis largos días con sus treinta y seis interminables noches. En un macuto remendado llevaba una muda, un retrato de la familia y un reloj que había heredado de su padre.

Muchos años después, un noche cualquiera, Amancio sucumbió a la insistencia de Rogelio y puso una tele en el bar El Comandante. Anselmo estaba sentado en la esquina de la barra. Ya se había echado los rones suficientes para soltar la lengua. Y el dichoso cajón negro, como le llamaba Amancio a la tele, de las que tenían más culo que espalda, en su primer día dijo:

“Llega un nuevo cayuco a las costas de Gran Canaria. En la embarcación viajaban ciento cuarenta y dos inmigrantes de diferentes partes de África. Cuando fueron rescatados, navegaban sin agua ni víveres desde hacía ocho días.”

—¡Ciento y pico más! Hay que joderse —dijo Anselmo afilándose el bigote.

Amancio le miraba de reojo y calculaba el número de rones que le había servido. Sabía que había una cantidad con la que empezaba a dar la lata. No le cuadraba la cuenta, aún eran pocos para el tono de voz que estaba alcanzando. Fue a la esquina de la barra, levantó la copa de Anselmo y pasó el trapo.

—¿Es o no es, Amancio? —dijo Anselmo golpeando la barra con el vaso —. ¡Qué se vayan a su tierra, coño!

Amancio lo miró de reojo y no respondió. Sabía que si su respuesta era afirmativa, se vendría arriba y seguiría con la matraca, pero con más pasión. Si por el contrario, decía lo que pensaba y su respuesta era negativa, Anselmo cogería un berrinche que habría que soportar. El silencio tampoco solucionaba nada, pero al menos no lo empeoraba. Fue Leoncio, que no había abierto la boca desde que había llegado, el que le contestó. Él también tenía un tío en Venezuela.

—Si vienen es porque no les queda más cojones. O te crees tú, Anselmito, que esa gente deja la familia así por así. ¡Qué pronto perdemos la memoria, coño!

Amancio miró a Leoncio, levantó los brazos y dijo:

—¿Cómo quedó la Unión Deportiva esta semana?

—¿Cómo dices tú, Leo? —dijo Anselmo levantándose del taburete y encarándose.

—Yah coñoooo —susurró Amancio.

Rogelio colocó sus dos metros de cuerpo en medio de los dos gallos y agarró a Anselmo con cuidado, sabía que con poco lo mandaba al piso. Déjame, coño, dijo revolviéndose. Leoncio se reía con la seguridad que ofrece tener a Rogelio en medio. Aún con los gallitos enfrentados, se oyó una isa majorera en todo el bar. Anselmo detuvo el asedio, se tambaleó y se tocó los bolsillos de los pantalones. Luego dio un paso atrás, se echó mano al bolsillo que no tenía en esa camisa y terminó buscando el teléfono en el suelo.

—En la barra, Anselmo, está en la barra —dijo Amancio.

—¿Sí? —respondió Anselmo —No te oigo. ¡Qué no te oigo, coño!

—Trae para acá —dijo Amancio.

Cogió el teléfono, pulsó el botón de llamada y se lo devolvió con el auricular en la posición correcta.

—¿Sí?

—¿Qué me está llamando mi primo? ¿Qué primo?

—¿Y qué quiere?

—Dile que yo lo llamo después.

Dejó el teléfono sobre la barra y salió del bar sin despedirse. Amancio se subió a un taburete y apagó la televisión. A tomar por culo, susurró.

—¡Llámalo! —dijo Leoncio —, mira que vuelve después, a por el jodido teléfono.

—Déjalo para el coño, Leo. Después vendrá más fresco. Seguro que su hijo lo pone firme y lo manda a la ducha —dijo Rogelio.

Anselmo volvió una media hora después. Alguien lo había “reseteado” porque venía callado y fresco como el rocío. Ay mi madre, listo para empezar, dijo Amancio en voz baja. Anselmo se plantó en la barra. Nadie abrió la boca. Cuando el silencio se hizo incómodo, Leoncio dijo:

—¿Todo bien con tu primo?

—Cabrones —dijo Anselmo casi sin que se le oyera.

—¿Le pasó algo?

—Se ha tenido que ir de Venezuela.

—¿Cómo? ¿Y eso?

—Por lo visto lo han acusado de traición.

—¿Y qué piensa hacer?

—Está en Colombia.

Anselmo se derrumbó. Nadie lo había visto llorar de esa forma desde la despedida de Benito, y de eso hacía mucho tiempo.

—Mi primo —dijo sollozando —Los colombianos lo tienen detenido. Dicen que lo van a devolver a Venezuela. Como lo cojan allí, lo matan. Estoy seguro de que lo matan.

Nadie dijo nada hasta que Leoncio se acercó a Anselmo y lo abrazó. Estate tranquilo, dijo, que uno de mis primos trabaja en la embajada de Colombia. Ahora lo llamamos. Lo va a sacar de allí, no te preocupes.

Aquel día triste en el Comandande, cuando todos se habían ido, Amancio cerró la puerta, puso los taburetes en alto, pasó la fregona recordando a Benito el cojo y se sentó en su esquina. Echó de menos a su amigo y por costumbre, susurró:

—Por el trabajo bien hecho, un cigarrito para el pecho.

Se metió un mecánico amarillo en la boca (sin filtro) y mientras fumaba, miraba la pantalla de la televisión. Estaba apagada. Se puso el cigarro en la comisura de la boca, se subió a una banqueta, desconectó la tele y la puso a coger polvo para siempre. Escachó la colilla en el cenicero, escupió el tabaco y se fue a casa a descansar. Otro día para atrás.

El primo de Anselmo fue acogido en Colombia como exiliado político. Ahora vive con su familia en La Isleta, Gran Canaria.

FIN

GRR_

Notas de autor:

Aunque podrían serlo, el tío de Anselmo no es real, tampoco Anselmo ni ninguno de los personajes. Todo el relato es pura ficción, como (casi) todo lo que escribo.

La imagen destacada sí que muestra canarios reales que emigraron a Venezuela en 1949. Pueden saber más del velero «La Elvira» y los 106 canarios que iban dentro, haciendo clic en el siguiente enlace:

>>106 inmigrantes canarios detenidos en Venezuela (Fuente: elpais.com)

Un pueblo sin memoria no tiene historia.

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