Un trozo de Pablo para cada una

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Una historia con poco amor y mucha generosidad.

Si te digo que quería a Pablo con locura, me dirías: Ah, sí, qué bonito, una historia de amor. ¿Y si te digo que Pablo me engañó? Lo de siempre, responderías, una historia de infidelidad, otra más. Pero si te digo que lo descuarticé y le ofrecí un trozo a cada amante, ¿qué me dirías? Sí, lo sé, que debo haber perdido el juicio por hacer una cosa así. Pues no, te equivocas, porque en el fondo fue una cuestión de generosidad.

Cuando conocí a Pablo, aún estaba recuperándose de mi última ruptura. Aquella tampoco fue una historia de infidelidad, fue más bien una de aburrimiento. Román se aburrió de mí y buscó la diversión en una amiga. Los descubrí divirtiéndose acurrucados en la casa de campo de su abuela. Ahora siguen divirtiéndose y acurrucados, pero en una bolsa, en el fondo de un pozo.

Mi relación con Pablo fue diferente desde el principio. Fue verlo en una cafetería y enamorarme. Es que es el hombre de mi vida, le decía a mi Dory. Pensarás que es mentira, pero me veía reflejada en sus ojos de yorkshire (entre los pelos), y veía estrellas en los míos. Un millón de mariposas revoloteaban en libertad por mi estómago. No es de fiar, Sandra, te engañará, lo hizo con Patri y lo hará contigo. Por favor, hazme caso, no quiero verte sufriendo otra vez, me decía una amiga, pero no la creí.

—¿Es que no piensas abrir? —dijo Pablo desde el sofá.

Abrí la puerta y se encontré con cinco mujeres. A juzgar por lo que tenía delante, quién quiera que las hubiera enviado a mi casa, habría seguido un patrón de selección basado en la diversidad. Me encontré con mujeres de varias razas y complexiones. A pesar de no conocerlas, por los gestos y la actitud, me atrevería a decir que también había variedad en lo que respecta al carácter. No me extrañó porque Pablo siempre afrontaba los retos de su vida reflexionando, planificando y ejecutando con precisión cada fase. Lo que tenía ante mí debía ser fruto de uno de sus retos vitales, como los llamaba él.

—Habla tú —dijo una señalando a otra.

—No. Habíamos quedado que hablaría Marian —dijo otra.

—Está bien. Pónganse de acuerdo y vuelvan a tocar —dije. Entré, cerré la puerta y volví al salón. Pablo ya no estaba en el sofá.

—¿Quiénes son? —dijo desde la cocina.

Al ver el gesto de Pablo, tardé unos dos segundos en deducir quiénes eran las mujeres que esperaban en el portal. Ahora tocaban el timbre. Una, dos, tres veces.

—¿Y bien? —dije abriendo la puerta.

—Tenemos que decirte una cosa. Tu marido nos ha estado engañando a todas.

—¡Es mentira! —dijo Pablo desde el cuarto de baño —¡No hagas caso de lo que te digan! ¡Son unas locas! ¡Están obsesionadas conmigo!

Marian, la de los martes, me contó que Pablo tenía una amante para cada día. Con Lourdes iba los lunes al gimnasio. Cuando terminaban, se duchaban juntos y hacían el amor en su casa. Los martes, esos martes agotadores de Pablo, con cenas de trabajo interminables, y que tan tarde llegaba a casa, cenaba y se acostaba con Marian en su apartamento. Los miércoles, paseo con Michaela, una amante del senderismo y del sexo al aire libre. Los jueves y viernes, almuerzo y sexo con Julia y Victoria, respectivamente. Los sábados, más sexo, pero conmigo y de calidad cuestionable. Y los domingos, tal y como había aprendido de su familia, día de descanso.

—Hemos pensado que debías saberlo —dijo Lourdes.

—Se me ocurre una idea —dije —. ¡Lo compartiremos!

Las cinco se miraron entre ellas y se encogieron de hombros.

—Vuelvo en cinco minutos. No se vayan.

Cerré la puerta y cogí uno de los bastones de senderismo de Pablo. El mismo que usaba los miércoles con Michaela. Le quité el taco de goma de la punta. De paso por la cocina, cogí un cuchillo y me dirigí al cuarto de baño. Pablo se estaba afeitando, siempre lo hacía cuando necesitaba relajarse. Cuando se giró, le clavé la punta del bastón en un ojo. Le di la vuelta y le golpeé en la sien con el mango. Cayó y se quedó tumbado boca abajo. Le hundí el cuchillo en la nuca hasta que tropezó con el suelo (el cuchillo). Antes de que pusiera todo perdido de sangre, lo metí en la bañera. Fui al garaje a buscar una sierra de calar. Volví, corté sus piernas y luego sus brazos. Metí los trozos en bolsas de plástico. Los brazos para el lunes y martes, piernas para miércoles y jueves, el tronco para el viernes. Yo me quedé con la peor parte.

—Aquí tienen. Un trozo para cada una —dije.

Todas salieron corriendo. Ninguna quiso saber nada de Pablo.

FIN

GRR_

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