Uno de la guerra

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Dedicado a los caídos y sus familias. De todos los bandos y guerras.

Por fin se acercaba el final de uno de los inviernos más fríos que se recordaban en Madrid. Los clientes entraban en el bar intentando calentar las manos con el aliento. Hacían el gesto de quitarse el abrigo pero quedaba en eso, un gesto. Para soportar el frío se servía un tinto que nos llegaba de Valladolid. Un vino con cuerpo que calentaba ánimos y entrañas al mismo tiempo, desde el primer trago.

Aquella mañana no era diferente. El perchero levitaba inútil junto a la entrada. El humo de puros y cigarrillos se mezclaba con el olor rancio de las barricas de roble. El bullicio acompañaba a los solitarios. Alternaban el apoyo de codos y se entretenían descubriendo formas en la textura del mármol de la barra. Ese día me tocaba estar solo. Servía copas, las recogía, las fregaba, las llenaba de vino y las volvía a servir. Cobraba y escuchaba conversaciones en silencio. Un señor de sombrero ladeado me miró de reojo para pedir otra copa. Una mirada directa y retadora conjuntaba con una voz de tono grave y volumen alto. Hablaba poco. No era un cliente habitual. Escuchaba con atención a un joven de envergadura destacable. Una ligera cojera realzaba la elegancia con la que había entrado. Le acompañaba una mujer de mirada perdida y postura erguida. Se mantenía ajena a la conversación, parecía aburrida.

–¿En la batalla del Ebro? Aquello fue una masacre. Mi hijo cayó en noviembre del 38.

–Lo siento.

–No lo sientas, joven. Tuvo el honor de morir por la patria. Me hubiera gustado estar a su lado, pero la guerra no es lugar para viejos.

–La guerra no sirvió para nada, señor. Matábamos a hermanos. A veces estábamos tan cerca de la línea enemiga, que podíamos mirarnos a los ojos.

–No es necesario, cariño –dijo la joven cogiéndole el brazo.

Un cliente me llamó desde el otro lado de la barra para pedir la cuenta. Cuando volví, el joven contaba que a veces desviaba el fusil para fallar el tiro. El señor mayor negaba con la cabeza, en claro gesto de desaprobación.

–En una ocasión –dijo el joven –, lo bajé con la intención de darle a unos sacos de arena. Aún tengo su mirada en mi cabeza.

–¿Le diste? No pongas esa cara, joven. Hiciste lo que debías.

–No lo entiende, señor. Aquel chico era su hijo. Yo maté a su hijo.

–Hiciste lo que debías, joven –dijo el señor mayor dando un paso atrás. Se giró sin decir nada y se dirigió a la salida con la mirada perdida. Al llegar a la puerta, se tambaleó y se agarró de una banqueta. Dos clientes le ayudaron a incorporarse. Salió del bar sin llevarse su abrigo.

–No sé cómo podré vivir con esto –dijo el joven con la mano en la frente.

–Saldremos adelante, cariño.

GRR_

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