Vete a la mierda

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—¿Una puta sobredosis? —dijo Bea mientras entraba en la sala llorando. Venía corriendo por el pasillo. Cuando me vio en la esquina, se acercó con los puños cerrados y me golpeó en el pecho sin fuerza. No tardó en rendirse. Me abrazó y convirtió su rabia en tristeza, sus puños en manos abiertas, extremos de unos brazos pálidos decorados por tatuajes que recordaban momentos. Fue un abrazo estéril que no consolaba, pero que nos unía en la tristeza.—Sí —respondí dejándome caer en una de las sillas de la sala de espera.

—¿Está…?

—El médico no ha salido. Hace unas horas me dijo que estaba muy mal, y que si había novedades, volvería para avisarme.

Sólo hacía unas horas que había hablado con Paula. La encontré en la puerta de la casa de sus padres, llorando y golpeando la pared de la fachada. En el suelo había gotas de sangre de todos los tamaños. Sangre de sus nudillos. Gotas que habían escapado del lienzo improvisado en el que se había convertido aquella pared agrietada, ocre y húmeda. En su rostro no había nada de dolor. Al menos del tipo de dolor que causa unos puños destrozados. Del otro dolor, percibí tanto que me dejó paralizado.

—¡Vete a la mierda, flaco! —Esas habían sido las últimas palabras que escucharía de ella. Las dijo unos instantes antes de secarse las lágrimas y dirigirse a uno de los callejones que daban a la avenida. Caminaba rápido. Paula siempre caminaba rápido. Como si llegara tarde a algún lugar. Cada paso desprendía rabia. Una rabia que había aprendido a contener de forma silenciosa, pero que se percibía en cada uno de sus gestos. Cuando tenía que subir algún escalón, lo hacía con la pierna izquierda, siempre, sin excepción. Se hacía más evidente cuando tenía que cambiar el paso antes de subir las escaleras del metro. Nunca nos atrevimos a preguntarle por qué lo hacía. Sabíamos que se trataba de una especie de manía, a mí me encantaba. Me gustaba todo de Paula, hasta su mala leche. Pero nunca me había atrevido a decir lo que sentía. Ni a ella ni a nadie. Su mirada era tierna y aterradora a la vez. Su sonrisa, hechicera y esquiva. Convencía, nadie se negaba a nada de lo que proponía. Era una especie de líder. Todos la veíamos como una gurú, una maestra espiritual de la tribu que formábamos junto a Rodri, Julián, Bea y Santi. Nos movíamos por parques y estaciones de metro. El punto de encuentro era uno de los bancos del parque. En aquel banco apagamos las colillas de los porros durante más de diez años. En aquel rincón oscuro picamos las primeras rayas de coca y quemamos los primeros boliches de crack. —¡Vete a la mierda, flaco! —esas palabras seguían retumbando en mi cabeza.

—Es raro que no haya nadie de su familia —dijo Bea.

—No tiene familia —dije. Sus padres la habían echado de su casa cuando tenía quince años. Una noche, cuando se sentó a cenar, Paula les dijo que creía que estaba embarazada. Su padre no dudó en decirle que se fuera de casa aquella misma noche. Su madre no se atrevió a decir nada. Paula salió corriendo y llorando. No se llevó nada, salió con lo puesto y lo dejó todo atrás. Su madre se despidió a escondidas. Le dijo que la quería mucho y que tenía que ser feliz en otro lugar, que allí sólo tendría tristeza y odio. Su embarazo resultó ser un retraso y el falso positivo de una tira reactiva que me pidió que comprara en la farmacia. Su padre murió unos meses después. Paula no estuvo en el velatorio ni en el entierro. La mañana que lo enterraban, nosotros surcábamos el universo por primera vez; un tiro de heroína nos llevó a un lugar lejano y desconocido del que volvimos y tocamos fondo, o eso creía yo. Sabía que la sobredosis había sido su forma involuntaria de decir “no puedo más”. La rendición a un sufrimiento que ya no podía soportar.

—Debemos llamar a su madre, flaco. Si viene o no, será su problema.

—No puedo más, me fumo un peta y voy a buscar el médico.

—Hoy no, Bea. Espera aquí, voy a preguntar si saben algo. —Salí de la sala. Cuando llegué al pasillo vi que venía la madre de Paula.

—¿Dónde está mi niña? No sé cómo pude dejarla sola. ¡Ese desgraciado!

Aún estábamos abrazados en el pasillo cuando vi que alguien se acercaba. Caminaba despacio. Era el médico con el que había hablado unas horas antes.

—Buenas noches, soy el doctor Gálvez. Hemos hecho todo lo que hemos podido. La paciente… —¡Paula! se llama Paula —dijo Bea acercándose —Paula… llegó en estado crítico —continuó el médico.

—¿Qué quiere decir? Por favor, díganos cómo está —dijo Bea.

—Aún es pronto para saber cómo responderá a la medicación, pero podría decirse que está fuera de peligro.

—¡Gracias a Dios! Doctor, ¿puedo ver a mi niña?

—Sí, pero ha dicho que quiere hablar primero con “el flaco”.

—Javier, dale un beso de mi parte —dijo su madre antes de que me fuera con el médico. Miré atrás sonriendo. Bea abrazaba a la madre de Paula y le ayudaba a entrar en la sala.

Entré en la habitación. Paula miraba al techo con las manos en la nuca. Sonreía. La pierna derecha estaba flexionada y levantaba una sábana acartonada que la cubría hasta la cintura. Me miró, no la reconocía. Estaba pálida. Su perfil derecho reflejaba la luz que entraba por uno de los ventanales. El izquierdo exhibía una silueta que me recordó a la niña que fue.

—Hola, flaco —dijo poniéndome la mano en la mejilla. —Reaccioné quitando su mano de mi cara y dando un paso atrás.

—¿Estás bien?  —asintió.

—Un poco cansada. He estado al otro lado —dijo sonriendo.

—¿Al otro lado?

—Sí, he estado muerta, flaco. Se veía todo claro. No volé sobre la camilla, ni estuve andando en un túnel con una luz blanca al fondo, fue más sencillo, más… simple.

—Lo importante es que estás bien. Fuera está Bea y tu madre. Nos has dado un buen susto. Pensé que te perdía…

—Lo siento. Debo hablar con mi madre.

—Espera, la aviso.

—Oye, flaco. ¿Me quieres?

—Sí, —me acerqué y puse mi mano sobre la suya.

—Estás temblando.

—Voy a buscar a tu madre.

Salí de la habitación sin mirar atrás. El pasillo estaba vacío y oscuro. Recuerdo sentir una presión en el pecho y un vacío en el estómago. Me senté en el suelo y contuve el llanto unos segundos. Me levanté y respiré lo más profundo que pude antes de entrar en la sala.

—¿Cómo está? —preguntó Bea levantándose.

—Tranquilas, está bien. Señora, puede pasar.

—¡Gracias a Dios!

La acompañé a la habitación. Temía que terminaran discutiendo. Esperé en la puerta.

—Hola, mamá —dijo Paula.

—¡Mi niña! —dijo su madre. Empezó a llorar y la abrazó —Perdóname Paula, no sabes todo lo que he sufrido.

—Déjalo, mamá, por favor. Estamos bien y estamos juntas, eso es lo que importa ahora.

—Paula, tu padre…

—Lo sé mamá.

—No, escúchame. Me pidió que te contara que…

—Él está bien, mamá.

—Pero…

—Cuando me tuvo por primera vez en sus brazos le temblaron las piernas. Lo miré y le apreté el pulgar con fuerza. Desde ese momento, sólo tuvo miedo a una cosa: perderme.

—Pero… ¿Cómo puedes saberlo?

—Porque estuve allí. Dame un beso, mami. Te quiero.

GRR


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