Volver de la luna

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Marga explicaba la razón por la que un niño delgado sonreía junto a un grano de arroz inflado y recubierto de chocolate. Los niños no compran cereales, decía, son sus padres quienes deciden coger la caja de la estantería. El empresario se centraba más en el escote de Marga que en la proyección del boceto. Javier, extasiado de admiración hacia su socia, miraba, sonreía y asentía después de cada comentario.

Mi madre, susurró Marga al oír el teléfono móvil. Lo sacó del bolso, miró la pantalla y salió de la sala de juntas. Javier la siguió hasta la entrada.

—Joder, Marga, ¿estás loca? Es la reunión más importante de tu vida.

—Es trabajo, Javier, solo es eso, un trabajo. Me han llamado de la residencia de mi madre, y no llaman por gilipolleces.

—Tu mejor diseño, Marga, es lo mejor que has hecho, una puta obra de arte por la que quieren pagar un pastón que solucionará nuestras vidas.

—Es una caja de cereales, Javier, que engaña padres y engorda niños.

—Solo te pido veinte minutos. Es menos de lo que te has tomado para el desayuno y los “cigarritos”.

—Vete a la mierda. Termina la presentación y discúlpate de mi parte.

Marga salió del despacho y devolvió la llamada a la residencia. Paula, una de las enfermeras, le dijo que fuera lo antes posible, que había ocurrido algo increíble y que no podía dar más información por teléfono. Diez minutos después, Marga llegó al colegio de su hija y entró en el despacho de la directora. Le dijo que tenía que llevársela por un asunto urgente. La directora le respondió que debía rellenar un formulario por lo del régimen de custodia compartida. Pero si su padre está muerto, joder, dijo Marga. Sin rellenar ningún formulario, se dirigió a la clase de su hija. María se levantó y fue corriendo hacia su madre.

—¿Dónde vamos, mami? —dijo María.

—A ver a la abuela.

—¿Y después podemos ir al parque? Porfi, porfi, porfi, mami…

—No sé, cariño, si la abuela está bien, sí.

Al llegar a la residencia, Marga escachó el malboro en la papelera de la entrada y recorrió el pasillo en dirección a la sala de estar. Cogió la mano de su hija y se dirigió hacia la habitación de su madre. Entró y se agachó para recoger un periódico que había en el suelo. Lo dejó sobre la cama y estiró la colcha. Cuando vio que su madre estaba sentada junto a la ventana, arrugó la frente y se acercó despacio. Como en cada visita de los últimos diez años, dijo:

—Hola, soy tu hija, me llamo Marga.

Consuelo se giró. Estaba llorando.

—Acércate, Margarita. Esta es…

María se puso las manos en la boca, abrió los ojos de forma exagerada y dijo:

—Mira, mami, la abuela ya sabe hablar.

—Esta es tu nieta, mamá —dijo Marga.

Consuelo acarició la cara de la niña y la miró durante unos segundos. Luego le dio un beso en la cabeza y dijo:

—Hola, mi niña, tenía muchas ganas de conocerte.

Marga se dejó caer sobre la cama. Le costaba respirar. Paula, la enfermera de su madre, entró en la habitación. También tenía los ojos rojos y temblaba.

—Marga, tengo que hablar contigo —dijo desde la puerta—, vamos fuera un momento.

—Mira, abuela, este caramelo sabe a fresa, ¿lo quieres? A mí no me gusta.

—¿Cómo es posible? —dijo Marga en el pasillo—. La doctora había dicho que…

—Que no conocía ningún caso —dijo Paula—. Ella tampoco se lo explica.

Paula le contó que, como cada día, le había llevado el periódico a su madre para leerle alguna de las noticias. Marga sabía que era una parte de la terapia, pero nunca creyó en ella. Paula se sentaba cada día para buscar noticias que pudieran interesarle a Consuelo y leerle los titulares. Después de cada pausa, buscaba un cambio en la expresión de la cara de Consuelo. Nunca lo hubo hasta ese día.

—Cuando leí el titular, sonrió y me dijo que ese día estaba escarranchada pariéndote. Me contó que tu padre esperaba fuera y que ella le preguntó por él a una tal Paquita “la partera”. Para tranquilizarla, Paquita salió al patio y al verle la cara a tu padre, le dijo que acababa de llegar a la luna con los americanos. Justo en el momento en que empezó reírse, asomaste la cabeza.

—No lo sabía —dijo Marga.

—Cuando me habló, pensé que me había vuelto loca. Estuve más de diez minutos llorando en el baño. Luego volví y me dijo que me tranquilizara, que todo estaba bien, que te llamara, que quería hablarle a su nieta.

—Pero entonces… todo este tiempo, ¿estaba consciente?

—Ni idea. No estaba desorientada, Marga, ni asustada, ni nada de eso.

Marga volvió a la habitación. Su hija estaba sentada en el regazo de su abuela. Estaban mirando la foto de la página cuarenta y dos del periódico.

—¿Así es en la luna, abuela? —dijo María—. ¿Crees que el abuelo estará allí?

—No, mi niña, el abuelo está aún más arriba.

—¿Más arriba?

María se quedó pensando unos instantes. Se metió el “chupachups” en la boca y giró el palo varias veces. Luego lo sacó y dijo:

—Más arriba solo está el cielo.

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